Prisca Sapientia, antigua sabiduría, es un concepto que asumió centralidad durante la revolución científica, en plena efervescencia tecnológica, para designar ese saber ancestral transmitido a lo largo de los siglos, de forma más o menos latente, y que implicaba a la vez un retorno al origen, como la leva para el progreso del conocimiento. Escuchar a Maurizio Pollini tiene algo que ver con esta noción y con el doble movimiento que genera.

El veterano pianista milanés siempre se ha regido en sus interpretaciones por el extremo rigor y respeto al texto, como origen del que emana toda posible lectura, y al mismo tiempo, como pocos, ha sido capaz de conjugar un repertorio que va desde Bach hasta Nono o Stockhausen, pasando obviamente por los autores de esta noche, entre sus preferidos, Chopin y Debussy. La grandeza de Pollini es la de tener un pianismo reconocible y muy personal, sin tener que excederse en algún aspecto o enfatizar ciertos detalles. Simplemente, el rigor y un extraordinario sentido musical hacen que sus interpretaciones y grabaciones se consideren legendarias.

El pianista Maurizio Pollini © Cosimo Filippini
El pianista Maurizio Pollini
© Cosimo Filippini

En la primera parte dedicada a Chopin, Pollini casi pareció dejar de ser él mismo y esa aura de virtuoso que lo ha caracterizado desde joven, quedó de lado. Los dos Nocturnos, Op.62 sonaron oscuros y sombríos, alejados de otras interpretaciones suyas, mucho más luminosas y abiertas. Fue un comienzo muy introspectivo en el que Pollini abusó del pedal, dando lugar a pasajes algo engorrosos e imprecisos. Resultó muy interesante la forma de repensar estas páginas, aunque faltó algo en la realización. El pianista parecía, por cierto, algo incómodo en la banqueta, intentando ajustar su altura entre pieza y pieza (algo que resolvieron definitivamente durante el descanso).

La Polonesa, Op.44 prosiguió en la línea antiheroica, con un tempo más lento de lo habitual, si bien con un perfil más definido que en las piezas anteriores. Leer Chopin de esa manera es muy radical, sobre todo cuando el propio Pollini nos ha acostumbrado a lo contrario. Pero progresivamente pudimos entender la dirección que tomaba el discurso: un Chopin algo forzado para conectar mejor con Debussy, un Chopin que renunciaba a cierto esmalte para enfatizar la densidad armónica. Con la Berceuse, Op.57 todo se mostró más claro y elegante. La sonoridad era diáfana, el toque suave y suspendido y una mano izquierda puntual y discreta, pero decisiva. Y llegaron las primeras ovaciones de un público que, a partir de ese momento, se iba a entregar completamente. En el Scherzo, Op.39, Pollini mostró su visión más contemporánea del compositor polaco: siempre lejos del virtuosismo como fin en sí mismo, pero con una digitación plenamente rodada, las texturas se fueron desgranando sin temer los contrastes, recorriendo el camino que deforma el molde clásico del scherzo, llevándolo al paroxismo y a aquello que, a los oídos contemporáneos de Chopin, debió sonar como exabrupto, el final.

Si en la primera parte, la consagración fue progresiva, la fracción dedicada a Debussy fue exquisita en su plenitud. Mientras Chopin transfigura formas clásicas e intenta inventar las suyas propias, Debussy las ignora completamente, o mejor, escoge una de las más indeterminadas, el preludio, para crear una serie de cuadros, unidos únicamente por la capacidad de evocarse recíprocamente en la mente del oyente. Las piezas admiten ciertamente diversidad y contrastes, pero están movidas por esa exigencia utópica del autor de concebir un piano sin macillos, una sonoridad que no sea percutiva pero que no pierda en definición. Pollini fue de una pulcritud asombrosa, con un uso del pedal mucho más equilibrado que en la primera parte, unos tiempos rigurosos, pero no rígidos y una cantabilidad de todas las voces que mostró como las páginas de Debussy son mucho más que efecto sonoro sin estructura. No se perdieron matices ni hubo pasajes desdibujados: cada pieza sonó como un mundo arcaico dispuesto a renacer. Es difícil detallar cada una de las piezas, pero el décimo de los preludios, La Cathédrale engloutie, fue tal vez el punto más alto. Pollini expresó simplicidad y rotundidad a través de una tensión que se concentraba en los acordes, dejándonos sumergidos, tal como la catedral, en un sinfin de resonancias.

Intensidad, magnetismo, carisma, serían algunas de las palabras que podrían servir para definir el concierto. Pollini es transmisor de esa antigua sabiduría y su testigo privilegiado. Una sabiduría que es intemporal y que vive de la reiteración y recreación a través de ministros de la música tal como él, figura icónica del pianismo.

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