En tiempos de pianistas dotados de extraordinaria técnica, de niños prodigio y de concertistas trotamundos, Arcadi Volodos es una salvación. Y no porque el pianista ruso, afincado en España, no posea una gran técnica o no haya recorrido el globo dando intensos recitales, sino porque su forma de tocar el piano es un acto de resistencia contra una tendencia a la homologación del sonido, de los gestos interpretativos e incluso de los clichés que se encuentran en muchos virtuosos hoy en día. Eso sí, no creo que podamos afirmar que la oposición a esta tendencia sea para Volodos algo intencional y construido: al contrario, su concepción de la música marca un canon a partir exclusivamente del diálogo íntimo que él establece con las obras que interpreta y es esto es lo que lo distancia de todo lo demás. Otro rasgo que nos permite comprender la inteligencia de Volodos es la composición de los programas de sus conciertos. Mediante la elección de los autores y las piezas escogidas aúna distintos periodos, juega con la sucesión de las tonalidades (esto se apreció claramente en el bloque dedicado a Rachmaninov), y elabora un discurso propio, de tal modo que el recital adquiere un sentido global.

Arcadi Volodos © Marco Borggreve
Arcadi Volodos
© Marco Borggreve

La primera parte estuvo dedicada a Schubert y comenzó con la Sonata en mi mayor D.157. El primer tiempo de la sonata sirvió para recrear una atmósfera delicada, para acostumbrarnos a un sonido peculiar y ofrecernos un adelanto de lo que seguiría. Sin embargo, es el segundo movimiento el que atrae más la atención del propio Volodos: se trata de un Andante melancólico pero que no renuncia a la ensoñación. La interpretación de Volodos requiere de la complicidad del público, pero no en el sentido de que pretende seducirlo o adoctrinarlo; es una complicidad hecha de comprensión recíproca. Volodos no explica lo qué es la obra, sino que nos acompaña hasta dentro del sonido, casi hasta su extinción, en esos pasajes de un pianissimo lunar, en el que debemos contener incluso la respiración para no romper el gigantesco esfuerzo de poder expresar lo que está en el límite de su manifestación; o bien, llevando nuestra imaginación, a través del sutil énfasis de pequeñas partículas sonoras, a mundos posibles que se esconden más allá de las evidencias textuales de la partitura. Volodos puede sacar también un sonido portentoso, como pudimos observar en el tercer movimiento de la sonata, entre otras cosas por su vigorosa técnica de la mano izquierda que permite añadir una sonoridad ulterior al discurso, devolviendo una riqueza de matices increíble. A continuación, los 6 Momentos musicales dieron una muestra más de esta alternancia entre el extremo refinamiento del sonido y el vigor rítmico con resultados extraordinarios; si bien es cierto que, sobre todo en los momentos más líricos, Volodos tiende a unos tiempos amplios, no por ello deja de marcar las unidades rítmicas de forma incisiva, considerándolas a menudo como puntos de inflexión.  

Tras el descanso, comenzó la parte dedicada a los rusos. Rachmaninov y Scriabin son para Volodos dos autores irreconciliables y, a pesar de ello, contiguos. El primero sonó sin ninguna concesión al virtuosismo. Volodos escogió piezas de distintos periodos y obró el milagro de la transformación: obras habitualmente sometidas a una retórica tardoromántica formaron un discurso nada amanerado, en el cual se rehuía incluso de parecer agradable y acabado; dejó sonoridades abiertas y luminosas como al final Etude-tableau, op. 33/3 que evocaban las campanas de la pascua rusa o momentos de vitalidad casi abrupta como en la Serenade, Op.3 núm. 5. Y finalmente, en el bloque dedicado a Scriabin, Volodos expuso de forma manifiesta todo lo que pulsaba latente en los autores precedentes: de la aún contenida Mazurka Op. 25 núm. 3 al endemoniado Vers la flamme, fueron páginas que desterraron definitivamente la posibilidad de instalarnos en una zona confortable: rápidas impresiones que quiebran la unidad de la forma, abrumadores bancos de sonido que se acumulan como una niebla densa y destellos que nos arrojan notas sin sosiego. Un final que nos hace ver la profundidad del discurso de Volodos y cuánto nos habíamos adentrado en él.

Fueron dos horas de música, con autores diferentes, pero acomunados por ese juego entre el sonido y el silencio, esa capacidad de hacernos apreciar las resonancias de cada nota. Nunca es un sonido que languidece, que se complace y se compadece en el silencio; al contrario, el silencio es el límite del sonido en el sentido de que es el lugar donde éste se constituye. Lo que Volodos nos ofrece es escuchar la música desde el lado del silencio y, en mi opinión, es ahí donde reside la radicalidad de su magistral interpretación.  

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