Conmemoramos el centenario de la muerte de Debussy y se aguarda, por tanto, un año con mucha presencia de su variopinta música en nuestros auditorios. En Madrid ya hemos tenido la oportunidad de escuchar todo un recital dedicado a su obra pianística, interpretado en esta ocasión por Daniel Barenboim, en el marco de los conciertos de Ibermúsica. Estrena disco el maestro argentino, y lo ha presentado en la Sala Sinfónica ofreciendo un concierto irregular, marcado, como ya viene siendo costumbre en sus recitales, con algunos elementos anecdóticos.

El maestro Daniel Barenboim
El maestro Daniel Barenboim

El primero de estos elementos fue la presencia de un actor que declamó unas normas que “por deseo expreso del maestro” debían observarse rigurosamente. Una vez informado el público hizo su entrada Barenboim y se alzó el silencio de la expectación en la Sala Sinfónica. El maestro se sentó al piano y pinceló, dulce y sereno, el inolvidable acorde de si bemol de las Danseuses de Delphes: se diría, a juzgar por la delicadeza de los acordes subsiguientes, que se estaba asistiendo a un acontecimiento auditivo sin precedentes.  

Esta idea persistió en Voiles. El pianista equilibró cuidadosamente los planos sonoros: así, el descenso obstinado de terceras, el sempiterno bajo en si bemol o las melodías de acordes se apreciaron claramente aún dentro de la abigarrada escritura y del constante uso de los pedales. Sin embargo, a partir de Le vent dans la plaine comenzaron a evidenciarse algunos problemas que hasta entonces se habían sentido más soterrados. La atención al sonido, al equilibrio de planos y a la estructura musical comenzó a deteriorarse en los pasajes veloces o en aquellos que demandaban mayor precisión.

Les collines dAnacapri y especialmente Ce qua vu la vent douest, que requieren una agilidad mecánica más acuciante que el resto de los preludios, sufrieron las consecuencias de esta técnica desigual: pasajes emborronados por un exceso de pedal y numerosos acordes errados. No obstante, también hubo muestras de maestría instrumental, como en las últimas notas agudas y acentuadas de Les collines que, a pesar de su registro y su dinámica, emitió sin brusquedad.

También las notas finales de La danse de Puck, esas fusas rápidas y escurridizas que ponen a prueba la destreza de los pianistas, fueron emitidas con un brillo y un humor insuperable. Mucha gracia proyectó Barenboim en La sérénade interrompue haciendo del piano una guitarra española; y luego en Minstrels, interpretado según el criterio del compositor “nervioso y con humor”, y usando una técnica parecida al “stamp”, que consiste en golpear el suelo con el pie, muy usada en el ragtime y en el jazz, y que casó eficientemente con el carácter de la partitura.

En cualquier caso, la primera parte del concierto concentró sus mejores momentos en La cathédrale engloutie, La fille aux cheveux de lin y en el extraordinario Des pas sur la neige. Difícilmente podría encontrarse un mejor ejemplo de cómo se puede sobrecoger a un auditorio con la sola expresividad de una disonancia resuelta, dos simples notas que pintaron la sobrecogedora melancolía de un paisaje nevado con un artificio de genio.

Poco destacable podemos añadir acerca de la segunda parte. La misma presencia más relajada de Daniel Barenboim con respecto a la primera sugería que el verdadero recital ya había terminado. Las sonoridades de Pagodes constituyeron el elemento musical más llamativo, pues La soirée dans Grenade se difuminó en una estructura rítmica incierta y en un discurso constantemente retenido. En algún momento sonó un móvil en la sala, provocando que todo el público sufriera la mirada fulminante del maestro. Parecía evidente que algo iba mal, y esta evidencia se manifestó en notorias notas falsas en los Arabesques y, sobre todo, en el espectacular naufragio de Lisle joyeuse, ininteligible en una velocidad imposible y en un continuo abuso del pedal.

Un concierto irregular, como anunciaba al inicio, con dos partes claramente diferenciadas en su calidad interpretativa, del que sin duda sobresalen en el recuerdo las maravillosas texturas del sonido en los Preludios, y la elegante Des Abends de Schumann que interpretó como propina. Esta sencilla y breve composición nos recondujo al ambiente de sonoridades tenues y delicadas vinculadas a la música de Debussy, y nos reconcilió con el genio artístico de este maestro del piano, cuya labor fue debidamente reconocida por los oyentes.