Desde el auge de las primeras civilizaciones y a lo largo de toda la historia la alquimia, esa ciencia rodeada siempre de misterio, ha fascinado a los eruditos de todas las culturas del orbe. El hombre soñando que puede llegar a medirse con sus divinidades al transmutar a su gusto aquello que ha sido creado por un ente superior. Es un sueño tan humano que, de manera más o menos consciente, se ha volcado en disciplinas que van más allá de las ciencias químicas y físicas. Dentro del arte es, quizás, en la escultura donde es más fácil apreciar el intento de hacer parecer al duro mármol mullido o transparente como la seda. Pero estas transformaciones se dan también en la música, y el repertorio ofrecido por Ibermúsica en el penúltimo concierto de su ciclo de primavera nos presenta, precisamente, a tres compositores y, necesariamente, a tres músicos con alma de alquimistas.

Joshua Bell y Alessio Bax durante la interpretación de la sonata de Mozart
© Rafa Martín | Ibermúsica

Comenzamos por la Sonata para violín y piano núm. 32, K454 de Mozart, también conocida como Sonata Strinasacchi por ser el apellido de la violinista para la que el genio salzburgués compuso la obra. Resulta una excelente muestra de la madurez estética con la que contaba el compositor con tan solo veintiocho años de edad. Comenzó con un irónico Largo. Y digo irónico porque su sonido nada tiene que ver con las introducciones de los predecesores de Mozart pues, a pesar del aristocrático ritmo de corchea con puntillo y semicorchea y otros recursos que recuerdan a las grandiosas sinfonías de Haydn, la solemnidad habitual de estos inicios es sustituida por una calidez y cercanía más propias de un melancólico recuerdo que de una génesis. Esto mismo consiguieron transmitir Joshua Bell y Alessio Bax, llevando a cabo la primera de las transmutaciones sobre el Largo. Pero no fue la única, Mozart consigue escribir una obra en la que ambos músicos se hayan en un equilibrio absoluto. Joshua Bell y Alessio Bax supieron mantener con sus instrumentos una conversación de caballeros, cordial y precisa, sobresaliendo cuando les tocaba hacerlo y pasando rápidamente a un segundo plano si la obra así lo exigía. Esto nos permitió escuchar una obra tan engranada que parece mentira que en el título lleve el nombre de los dos instrumentos cuando parecía provenir el sonido de un único músico.

Joshua Bell (violín), Alessio Bax (piano) y Steven Isserlis (chelo)
© Rafa Martín | Ibermúsica

Muy diferente de la propuesta de Mozart es la que nos hace Shostakovich con su Sonata para violonchelo y piano en re menor, op. 40. El ruso combina en su obra luz y oscuridad, ritmo y melodía y, sobre todo, caos y orden en un curioso juego en el que uno da paso al otro con una naturalidad que deja perplejo al oyente. Se puede apreciar muy bien en el famoso segundo movimiento en el que los intensos ritmos se descuadran y se amoldan entre los dos instrumentos, dando lugar a curiosas sonoridades en las que el único constante es la fuerza –que no el forte–. Por ello creo que Steven Isserlis se equivocó con su propuesta, mostrando un sonido turbio en el pasaje en el registro agudo, algo inimitable por el piano y extraño en una obra en la que, de nuevo, ha de predominar el equilibrio entre el conjunto y no el lucimiento del individuo. 

Mendelssohn no iba a ser una excepción. Con su Trío para violín, violonchelo y piano núm. 1, op. 49 demuestra el arte de equilibrar los instrumentos de tal modo que el trabajo de uno no sólo sirva para sí mismo sino para el resultado conjunto. En este aspecto creo que el que más destacó fue Alessio Bax. El pianista esgrimió un fraseo claro y excelente, con una variedad absolutamente deslumbrante de matices para lo que es su instrumento. La dirección que dio tanto a sus melodías, como a sus acompañamientos fue muy bien aprovechada por sus compañeros Bell e Isserlis que destacaron más gracias al lirismo del Andante. En los dos últimos movimientos se pudo observar una mayor complicidad, esa transmutación de la que hablábamos en el que el trío se transforma en uno y supieron avanzar con convicción hasta un eléctrico Allegro assai appassionato que no podía acabar de otra manera que en un sonoro y largo aplauso de un público maravillado por estos alquimistas que, mediante la fusión de distintos elementos supieron crear auténtico oro.

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