La velada se anunciaba, desde la lectura misma del programa, como un sinfín de destellos, brillos, alardes de virtuosismo y desborde melódico: un concierto introducido por una breve pieza de Massenet, el Primer concierto para violín de Paganini y una selección de la música de ballet de Tchaikovsky con la Orquesta Filarmónica Nacional de Rusia, su director titular, Vladimir Spivakov, y el debut de la joven violinista María Dueñas. Sin duda, sabíamos que iba a haber sentido del espectáculo, derroche de emociones y gestos de favor para con el público.

La "Danza navarra", extracto de la ópera El Cid, de Massenet nos dio a entender el tono general del concierto así como las principales características de la formación rusa. La pieza, de colorida expresividad rítmica y tímbrica, mostró como, en pocos compases, Spivakov y su formación podían involucrar todo su potencial, luciendo desde una cuerda brillante, unos solistas de viento atinados y una percusión rica y muy controlada en todos sus registros.

El director Vladimir Spivakov y la violinista María Dueñas junto a la Filarmónica Nacional de Rusia © Rafa Martín | Ibermúsica
El director Vladimir Spivakov y la violinista María Dueñas junto a la Filarmónica Nacional de Rusia
© Rafa Martín | Ibermúsica

Tras el ingreso ya triunfal, fue el turno de María Dueñas con el célebre concierto de Paganini. Esta obra ha estado presente en los prestigiosos concursos en los que Dueñas ha participado y ganado, así como en el programa de diversos conciertos que la han presentado al gran público en las más renombradas salas. La constante interpretación de la obra lleva sus ventajas y sus desventajas: por el lado de las ventajas, indudablemente cabe destacar el absoluto dominio sobre el material que fue expuesto por la joven solista sin vacilaciones, con conciencia interpretativa y sabiendo aprovechar las dificultades técnicas para ofrecer una ejecución compacta, de sonido robusto y control impecable. En cuanto a las desventajas, justamente sucede que no se puede reprochar ningún aspecto en particular, pero al mismo tiempo se transmite una cierta sensación de automatismo y trámite que dejan al oyente, a pesar de las indudables cualidades, con una expectativa no plenamente colmada. En todo caso, desde un primer movimiento bien estructurado y con los temas bien combinados a la mayor anchura en el fraseo demostrado en el segundo movimiento hasta llegar al Rondo final, en el que Dueñas sorteó todas las trampas de Paganini, desde los trinos, las notas repetidas o las notas altas, no se pueden desde luego presentar especiales tachas. También la orquesta fue de gran ayuda, sabiendo acompañar certeramente y haciendo gala de un exquisito don de la discreción que permitió lucirse a la solista.

Pero fue solamente con el bis, la Sonata núm. 3 de Ysaÿe, donde se apreciaron mejor las cualidades de la violinista granadina. Aun poniendo atención al lado virtuoso, Dueñas mostró madurez y fondo en los complicados pasajes de dobles notas, componiendo con firmeza el tejido polifónico de la pieza, así como en el errático trazado melódico, bien equilibrado y orientado.

Tras el descanso, la parte inminentemente rusa con la selección de los ballets de Tchaikovsky: El lago de los cisnes (como opción mayoritaria) y el Cascanueces (Danza Rusa y Pas de Deux) resonaron sobre el escenario de manera vibrante y evocativa, ratificando los puntos fuertes ya descritos a propósito de la pieza de Massenet. ¿Cabría imaginar formación mejor para este tipo de repertorio? A pesar de no haber cuerpo de baile ni escenografías, era fácil imaginarse los vaivenes de los bailarines, los juegos de luces y reconocer los episodios de la historia gracias al color orquestal, al ritmo arrebatador y al buen hacer de los varios solistas. Sin embargo, lo que es razonablemente un cierto arrojo en este tipo de repertorio se transformó en algo excesivo, al mantener un constante nivel de potencia que anuló los oportunos matices, y convirtió la sucesión de piezas en una reiterada búsqueda del efecto y el ímpetu. Fue tal vez la propia elección de las piezas lo que llevó a la formación rusa a tocar techo muy pronto en el volumen global, instalándose a un nivel de decibelios complicado de articular y modular. Aun así, no se puede dudar de la calidad de estos músicos, capaces de plasmar un sonido muy reconocible y característico, especialmente con este repertorio.

En suma, el concierto se caracterizó por la amabilidad y ligereza de su programa, una formación experta aunque tal vez demasiado desenfadada y una solista que superó notablemente la prueba, cumpliendo por lo general las expectativas. Pero tal vez esta confección del programa, si bien parece ideal para acercar al público, no permitió apreciar determinadas cualidades de los intérpretes, especialmente en relación a un superior calado reflexivo y un mayor abanico de matices, sumiéndonos en un trajín algo monótono por su incesante frenesí.

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