Hacía tiempo que no escuchaba hacerse un silencio tan profundo como el que abarcaba todo aquello que no era el violonchelo de Sol Gabetta y su propia voz durante la propina que la artista argentina ofreció al público tras el concierto de Saint-Saëns. Vivimos en un mundo en el que toda la música que queramos se encuentra a una rápida búsqueda en Google y un par de clics del ratón. Sin embargo, el silencio cada vez es más preciado, sobre todo para aquellos que vivimos en grandes urbes como Madrid.

Pero ella lo consiguió. Consiguió que el público callara, que nadie se moviera de su asiento, ni una tos, ni un carraspeo, ni un caramelo... El más absoluto de los silencios y los delicados trinos en un pianissimo radical en el Dolcissimo del compositor letón Pēteris Vasks. La pieza va creciendo poco a poco en intensidad hasta que la voz de Sol Gabetta se une a la melodía del violonchelo con tal naturalidad que algunos se preguntaban si realmente era su voz o era el propio instrumento que había empezado a cantar por obra divina. Después, el retorno al pianissimo y el privilegio de tener unos segundos de silencios en los que se pudo sentir como mantenía aún el vibrato con la mano izquierda a pesar de que el arco ya había dejado de rozar las cuerdas del instrumento. Y el auditorio calló y esperó, como si estuviese presenciando un milagro que no quería que terminase. En fin, solo por esa propina, poco más de tres minutos de música, hubiera valido la pena pagar la entrada del concierto o todo el abono de Ibermúsica, pero la velada ofreció mucho más.

Jakub Hrůša al frente de la Bamberger Symphohiker © Rafa Martín | Ibermúsica
Jakub Hrůša al frente de la Bamberger Symphohiker
© Rafa Martín | Ibermúsica

El Concierto para violonchelo de Saint-Saëns, aunque se empeñan en dividirlo en tres partes, se debe dirigir como si fuese solo una, y así lo hizo Jakub Hrůša. Mediante modulaciones en las que retrocedemos en el círculo de quintas, Saint-Saëns nos lleva de forma magistral al Allegretto con moto en un espléndido si bemol mayor. Se llega tras una cadencia del solista que debe ser lo suficientemente expresiva como para que el público ni respire en el silencio con calderón que precede a la entrada de la cuerda en pianissimo. ¡Ah! ¿A que ahora ya entienden por qué es todo un elogio dedicar esta crítica a los silencios de Sol Gabetta? En este Allegretto con moto, que supone un remanso de paz frente a la energía del resto del concierto, las cuerdas ofrecieron una articulación marcada que no fue tan precisa en las maderas, pero que fue un digno acompañamiento para nuestra solista, a la que pudimos ver seguir el ritmo de los tutti y sonreír con un concierto que espero que disfrutase tanto como lo hicimos nosotros con sus graves repletos de armónicos, su flexibilidad y su delicadeza con una línea melódica que supo guiar a la perfección.

La Sinfonía núm. 7 en re menor de Dvořák se antojó a la altura de la primera parte de la velada. Ya sin Gabetta, pudimos dirigir la mirada a un enérgico Jakub Hrůša que hizo una excelente labor sobre el podio. Permitió a la orquesta expresarse, recogiendo la música y redirigiéndola cuando era preciso. Fue parco en indicaciones técnicas a unos músicos a los que parecía no hacerles falta tal cosa, con lo que se dedicó casi en exclusiva a procurar una interpretación expresiva de estos. Destacó una brillante sección de trompas comandadas por un joven Andreas Kreuzhuber, así como unas cuerdas muy cohesionadas y prolijas en cuanto a elementos de articulación. A estas alturas, nos dimos cuenta de que el Egmont del comienzo, aún con poco que destacar, fue un buen anticipo del trabajo que haría la orquesta durante el resto del concierto: una cuerda bien empastada con un sonido sustentado en un grave profundo y preciso, una de las mejores secciones de trompas que haya escuchado, pero unos vientos-madera con poca personalidad. Al igual que en la obertura, las maderas revelaron poca presencia en la sinfonia y sólo destacaron en el Romance de la Suite checa, Op.39 de Dvořák que, en consecuencia de la gran ovación del público, la Orquesta de Bamberg se vio obligada a ofrecer.

Y otra vez se volvió a hacer el silencio en el Auditorio Nacional, claro que, en este caso, ocurre como el árbol que cae en mitad del solitario bosque, que no queda nadie para escucharlo y, entonces, ¿realmente existe ese silencio?

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