La naturaleza de lo numinoso ha suscitado –y jamás cesará de hacerlo– no pocos esfuerzos a la busca de dilucidar su misterio. Sin necesidad de sumergirnos en los pormenores de la investigación avezada –verbigracia, el insoslayable aporte de Rudolf Otto–, podemos espigar ciertos tropos, ciertas astucias que logran esbozar, siquiera mediante el pespunte, un retrato provisional de lo secreto. Entre el amplio racimo, una conquista es reiterada con particular insistencia: la musa, el estro combina en su don –no siempre de forma pareja– tragedia y fulgor, sufrimiento y joie de vivre. Daniel Harding, Christian Gerhaher y la Gustav Mahler Jugendorchester nos brindan en esta ocasión –programa B de su Ostertournee 2017– la oportunidad de explorar semejante riqueza: anverso y reverso del numen en un itinerario que arranca con Schoenberg, atraviesa Berlioz y finaliza con Schumann; sin sombra de duda, reto a la altura del talento más joven de Europa.

La Gustav Mahler Jugenorchester © Cossimo Fillippini
La Gustav Mahler Jugenorchester
© Cossimo Fillippini

Las Cinco piezas para orquesta, op. 16, de A. Schoenberg fueron compuestas en 1909 y representan la violencia y el desgarro –en gran medida fruto de la incomprensión coetánea– que atormentaron al compositor austriaco durante los años previos a la I Guerra Mundial. Sin atisbo de indecisión, Harding descerrajó el primer número –Vorgefühle– con un gesto preciso, diseccionando taxativamente el inmenso caudal armónico desplegado en la multiplicidad de voces. Continuaron las piezas restantes –Vergangenes, Farben, Peripetie y Das obligate Rezitativ– en la misma tónica: notable masa sonora y destellos de intervenciones solistas que atestiguan la prometedora pasta –en realidad, los resultados ya están a la vista– que conforma actualmente la criatura del maestro Abbado.

Christian Gerhaher, que se prodiga una vez más con el proyecto de la GMJO –la presente es su tercera colaboración, tras los encuentros de 2010 y 2016–, compareció antes del receso para poner voz a la poesía de Théopile Gautier, musicalizada por Hector Berlioz en su Les nuits d'été, op.7. En claro contraste respecto a la página de Schoenberg –y, siguiendo el orden propuesto, más adelante respecto a la de Schumann–, la serie de canciones nos transportó a un universo alejado de lo tortuoso, embebido en los deliquios y nostalgias de la nocturnidad estival. La tesitura del barítono –el ciclo se presta con frecuencia a los registros de soprano y mezzosoprano– aportó un empaque especial. Gerhaher probó su maestría con gravedad ligera, estableciéndose en el punto intermedio que separa la pesantez de lo frívolo y alcanzando coloraciones de gran hermosura. La orquesta, en sincronía total con el alemán a través de Harding, respondió con delicadeza al llamado, especialmente con motivo de Le spectre de la rose, Sur les lagunes y Au cimetière. L'île inconnue cerró el esplendoroso ejercicio, confirmando la fiabilidad de los jóvenes músicos también en el terreno cuasi camerístico –comentario particular merece la exhibición de violas–.

El director Daniel Harding © Julian Hargreaves
El director Daniel Harding
© Julian Hargreaves
Ya en la segunda parte y para cerrar la velada, llegó el turno de Robert Schumann: Sinfonía núm. 2 en do mayor, op. 61. Iniciada a finales de 1845 y publicada en 1847, la obra fue compuesta entre noches de insomnio y achaques de diversa índole. Una vez más, la cara oscura de los caprichos inspiratorios. Con un Harding espectacular al frente, la GMJO brilló en su máxima intensidad. Primer y segundo movimientos –Sostenuto assai/Allegro ma non troppo y Scherzo/Allegro vivace– fueron resueltos satisfactoriamente, haciendo frente con soltura a las arriesgadas estructuras tonales e imprimiendo carácter y dinamismo desde cuerda y maderas, siempre en diálogo recíproco. El Adagio espressivo cautivó bajo la pauta del director británico, que logró una ejecución de conjunto en todos los aspectos, extrayendo de cada sección el ingrediente requerido para un tutti orgánico y digno del íntimo romanticismo schumanniano. El broche, Allegro molto vivace, encareció la fluidez por encima de todo –mención especial para violines– y culminó sin traicionar la limpieza del acorde. El golpe de arco, la exactitud de metales, el aliento de bajos… nada desentonó en una exégesis con seña de identidad inglesa.

Hay que celebrar, por tanto, la primera visita –de las dos programadas– que Harding, Gerhaher y la GMJO dedican a la capital española en su gira de primavera. Y agradecer a Ibermúsica por hacer posible el evento: no sólo se trata de reconocer el acervo presente, sino también de la promoción para un futuro dichoso.