“Emoción y sorpresa: no hay escalón en la aventura de la música culta que no se haya subido para alcanzar, sobre todo, esos dos sortilegios”. La cita pertenece a El alma de Hegel y las vacas de Wisconsin, el punzante ensayo sobre música culta y modernidad de Alessandro Baricco, y, a pesar de su brevedad (o precisamente por ello), continúa resultando eficaz en el examen del universo musical académico. Sin embargo, la fórmula de Baricco ha de leerse bajo la cláusula de un tercer elemento, una variable fundamental que, a la manera de síntesis, permite que comparezcan los otros dos anteriores: el “dominio”. Se trata, cabe remarcar, de un componente adjetivo, casi ajeno a la partitura o la “esencia” de la obra, pero que, cuando es ejercido con criterio, parece entretejerse, fundirse con aquellas. Es decir: en la música, la sorpresa y la emoción logran su máximo efecto expresivo, aleas al margen, merced a un “ordenamiento subordinado” que las dirige. Y la traducción interpretativa de tal aserto, por ende, se infiere a través de una relación de proporcionalidad directa: a mayor control, mayor sorpresa; a mayor dominio, mayor emoción.

Integrantes de la London Philharmonic Orchestra © Benjamin Ealovega
Integrantes de la London Philharmonic Orchestra
© Benjamin Ealovega

Pues bien, prolongando este razonamiento, habrá de concluirse la suma importancia de las figuras en las que, eminentemente (y en disposición vertical pero interdependiente), reside tamaña responsabilidad, a saber: director, solista y orquesta. Y todo ello siempre al socaire de la propuesta que emana desde el pentagrama. Anoche, de la mano de Vladimir Jurowski, Denis Kozhukhin y la London Philharmonic, pudimos experimentar las consecuencias de un alineamiento perfecto.

Vladimir Jurowski © Drew Kelley
Vladimir Jurowski
© Drew Kelley

La velada comenzó inclinando la balanza en favor de la sorpresa: Cuento de hadas, Op.29, de Nikolai Rimski-Korsakov. Esta obra de programa, inmersa en el imaginario feérico (por lo demás, tan cercano a Kórsakov), funciona en su posición iniciática a la manera de exfoliante sonoro, de requerimiento hipnótico. Su trepidante trama, sostenida en el doble cimiento conformado por la orquestación colorida y una rítmica incombustible, es un llamado a la atención del oyente, convocándole al acto creador. Jurowski, en este sentido, demostró dotes de demiurgo, efectuando en cada momento el gesto adecuado y extrayendo de la London Philharmonic energía y precisión en igual medida.

A continuación, Denis Kozhukhin aparecía en escena (primera presentación en el marco de Ibermúsica) para la exégesis de una página deliciosa: Concierto para piano y orquesta en la menor, Op.16, de Edvard Grieg. El acento, por tanto, se desplazaba al apartado emocional. Y el domino, si cabe, se incrementaba. Kozhukhin interpretó con la fuerza y el lirismo que permite una desenvoltura absoluta, a su vez propiciada por el talento inconmensurable. El Allegro molto moderato fue una exhibición de genio, en sincronía exacta con Jurowski y apuntalada por la reciprocidad del conjunto orquestal, desplegando virtudes en cada llamada de trompa, en cada intervención de chelos, en cada acorde del piano.

El pianista Denis Kozukhin © Marco Borggreve
El pianista Denis Kozukhin
© Marco Borggreve

El Adagio, sencillamente, logró el arrobo. La tímbrica de archi con sordina preparó con suma delicadeza el discurso solista, tan justo como inspirador, y el movimiento devino en una fantasía insoportablemente hermosa. Por último, el Allegro moderato molto e marcato combinó virtuosismo y baile (hallingdansen) en la alternancia de piano y tutti, acreditando a la London Philarmonic, Jurowski y Kozhukhin como una tríada excelsa. Tras el apoteósico final, hubo tiempo para un bello añadido postrero: la sexta de las Piezas líricas, Op.43 confirmó a Kozhukhin no únicamente como un solista en excelente estado de forma, sino también como una sensibilidad rutilante en el panorama actual.

En la segunda parte, el “pathos” se impuso definitivamente. La Sinfonía núm. 6 de Tchaikovsky sonó sublime, redonda, demoledora. Jurowski consiguió implicar a cada atril en un ejercicio desgarrador, pero musicalmente construido de manera extraordinaria. Resultaría vano enumerar los elogios por insuficientes, así como resaltar a una sección por encima de las demás. La London Philharmonic fue un todo vibrante, una fuerza sobrehumana que supo condensar la emoción de una vida en cuatro movimientos. Y ello, es preciso señalarlo, bajo la dirección de una batuta imparable, avezada, humilde. Cada indicación obedeció a la música y cada nota obedeció al crisol de la Patética.

En conclusión, se trató de un concierto inolvidable; arrebatador desde el inicio y copado de emoción. Se debe felicitar a la LPO, Jurowski y Kozhukhin: consiguieron, desde el domino, la sorpresa y la pasión.

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