El hecho a reseñar presenta un riesgo particular en cuanto a las posibilidades de incurrir en un exceso de referencias tangentes a la interpretación de Zubin Mehta y la Israel Philharmonic Orchestra, pero dicho peligro solo preocupará a quienes todavía se sientan demasiado cómodos en una comprensión estrecha del paradigma ideal que Dahlhaus denominó «música absoluta». Las efemérides se multiplican en lo que supone el comienzo de la temporada nº 50 de Ibermúsica, pero baste aquí con señalar que la plétora de aniversarios y coincidencias significativas que confluyeron anoche en la Sala Sinfónica del Auditorio Nacional surtió el efecto previsible, dotando al acto –a pesar del cada vez más acusado viraje de la sensibilidad general hacia la espectacularidad: no deja de incrementar el número de asistentes que se dedican a grabar reiterada e impasiblemente con sus teléfonos móviles durante los conciertos– de un aura especial, propio de los grandes eventos.

Zubin Mehta al frente de la Israel Philharmonic Orchestra en el concierto de apertura de Ibermúsica © Jose Luis Pindado | Ibermúsica
Zubin Mehta al frente de la Israel Philharmonic Orchestra en el concierto de apertura de Ibermúsica
© Jose Luis Pindado | Ibermúsica

Ello siempre es una buena noticia si el fin en cuestión es escuchar un programa cuyo diseño asimismo obedece al patrón del éxito asegurado, compensando en una segunda parte con la Sinfonía Fantástica de Berlioz la eventual incertidumbre que pudiere generar un capítulo previo conformado por dos piezas menos usuales: el estreno del Concertino para cuerdas, de Ödön Partos, y la Sinfonía concertante de Joseph Haydn, con David Radzynski (violín), Emanuele Silvestri (violonchelo), Christopher Bouwman (oboe) y Daniel Mazaki (fagot), los líderes de sus respectivas secciones en la Israel Philharmonic, integrando el elenco solista. Y lo cierto es que los pronósticos no andaban muy desencaminados, porque la actuación de un lúcidamente sobrio Mehta y sus apasionadas huestes (sobre y fuera del escenario) fue notable, de tal suerte que la música logró imponerse y los fastos ejercieron de complemento antes que de distracción o máscara en una velada felizmente memorable.

No era esa la impresión, sin embargo, que afloró tras la destemplada lectura de la obra inaugural: la cuerda del conjunto israelí escatimó energías y precisión en la construcción de la contrapuntística y densa textura armónica demandada por Partos, propiciando un menoscabo –por lo demás, no alarmantemente indiscreto– de la tensión que recorre de principio a conclusión este en cualquier caso interesante trabajo. Pero la espesura inicial pronto se desvaneció cediendo su lugar a la insólita brillantez y virtuosismo melódico que traslucen en los pentagramas de la Sinfonía concertante Hob. I/105. La escritura de Haydn alcanza en estos compases unas cotas de destreza tan elevadas que su exégesis apenas se vio afectada por lo que constituyó el único punto débil de esta última: la disparidad de criterio en las voces protagonistas. Así, sorprendió advertir cómo las líneas enfáticamente líricas de violín y violonchelo no siguieron con mayor empeño el extraordinario ejemplo de la articulación y fraseo exhibidos por fagot y oboe. En un registro aparte hay que situar la esmerada labor de Mehta y el acompañamiento orquestal, convenientemente incidental con respecto a las particelle desgranadas por Radzynski, Silvestri, Bouwman y Mazaki (es justo apostillar ahora: excelentes, pese a la heterogeneidad de su dicción). Destacó el manejo de los tempi, vibrantes en los dos Allegro y equilibradamente dinámicos en el Andante, consolidando la sobresaliente impronta que deparó esta rareza del catálogo haydniano, a medio camino entre el formato camerístico y el sinfónico.

Zubin Mehta saluda al final del concierto © Jose Luis Pindado | Ibermúsica
Zubin Mehta saluda al final del concierto
© Jose Luis Pindado | Ibermúsica

La incógnita análoga, en cambio, ya no resulta razonable si la página sobre la que se proyecta es la Sinfonía fantástica de Berlioz. Acorde con las exigencias monumentales de ésta en lo concerniente a orquestación, la Israel Philharmonic pobló la tarima respetando lo que se demostró como una disposición acertada: violines I y II enfrentados, violonchelos y bajos junto a los primeros. Las sonoridades graves, una de las dimensiones donde se cifra el carácter romántico de la partitura (especialmente en los movimientos cuarto y quinto), obtuvieron notorios rendimientos del sacrificio que en su beneficio tributaron los violines segundos. Pero por encima del encomiable nivel que en esta ocasión mostró sin excepciones la totalidad de archi, merecen ser aplaudidas las excelsas intervenciones de viento madera: el timbre de los solos en la Escena campestre o la fanfarria del Sueño de una noche de aquelarre justificaron sobradamente la enorme ovación del público y el reconocimiento de Mehta tras un final pletórico. En un apartado musicalmente menos honroso quedaron relegadas dos propinas de manual (obertura mozartiana y polka de Strauss), que alimentaron a base de aceleración y estruendos de la percusión (prolongando con ello la falta de balance de los toques de campana en la Fantástica) la efusividad reinante. Huelga decir que se trata de peccata minuta: sendas concesiones no empañaron la grandeza precedente y deben ser contempladas con benevolencia.

Porque, en definitiva, tal es el afecto que despierta Mehta: la austeridad de sus gestos no impide percibir la pericia y sapiencia de su aproximación al texto. Pertenece a un linaje de maestros todavía empeñado en sobrevivir a sus propios mitos. Acaso sea esta saludable obstinación el secreto de una permanencia que, en paralelo, parece acompañar a quienes con igual decisión y firmeza han apostado y siguen apostando por ellos.

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