Probablemente ante las "interrupciones" (e incluso algún que otro "susto") que habitualmente sufren las obras interpretadas en el Auditorio Nacional, provocadas, en su mayor parte, por whatsapps o llamadas recibidos en pleno concierto o, su versión más "light" y consentida, las famosas toses del público de este auditorio, para esta ocasión se optó por una breve pero eficaz intervención. Desde el podio, el conocido actor Miguel Rellán instó al público a activar el modo avión en el móvil para así evitar esos ruidos incómodos que, a modo de "plaga", solían inundar las salas de concierto. Fantástica iniciativa en lo que a los móviles se refiere. Lo de las toses… ¡Ay! Lo de las toses, ya es otro "cantar".

El pianista Nelson Goerner © Jean-Baptiste Millot
El pianista Nelson Goerner
© Jean-Baptiste Millot

Inauguró la velada Nelson Goerner, quien interpretó junto a la Orchestre de la Suisse Romande el Concierto para piano núm. 4 de Beethoven con un cuidado exquisito. La obra, que deja entrever el dominio compositivo del maestro de Bonn y la evolución y revolución en lo que a experimentación técnica del instrumento se refiere, exigía, tanto al pianista como a la orquesta, equilibrio y balance sonoro no sólo en su conjunto, sino también en su discurso individual. Este equilibrio en los diálogos establecidos entre ambas partes fue la marca a lo largo de la interpretación. Infinitas escalas, arpegios y trinos del solista que, ya desde el primer movimiento, Allegro moderato, demostraban su dominio técnico; un segundo movimiento, Andante con moto, caracterizado por el contraste entre la dulzura, el intimismo y la poesía del piano y el intimidatorio y acusador carácter de la orquesta perfectamente conseguido; y un Rondo: Vivace que alcanzó la cumbre final siendo recogido con exageradísimas ovaciones. La obra, considerada en la época como "admirable" o "singular", curiosamente sería renegada al olvido hasta que  tras más de veinte años, Mendelssohn la volviese a incluir en su programa de concierto. En esta ocasión, la recepción reconoció su singularidad y la ovación fue tan grande que el pianista se vio "obligado", ante los calurosos aplausos, a ofrecer un bis que, con tanto control técnico, casi nos dejó helados en su interpretación del Nocturno en fa menor Op.55, núm. 1 de Chopin.

La Orchestre de la Suisse Romande © Eric Marin
La Orchestre de la Suisse Romande
© Eric Marin

Como segunda parte del concierto, la Sinfonía núm. 5, de Beethoven. Curiosamente, el conocidísimo motivo de "la llamada" que abre esta composición, evocaba en el oyente aquella agrupación que habíamos distinguido tras el acorde del solo inicial del piano en el cuarto concierto recién escuchado; eso sí, con un carácter totalmente distinto al que ahora se presentaba en la sinfonía. No en vano, no debemos de olvidar que ambas composiciones fueron coetáneas. En cualquier caso, a pesar de que esta sinfonía sea una de las obras más conocidas del compositor alemán en la actualidad, no se cansa uno de escucharla una y otra vez. Un "Allegro con brio" concentrado y sin llegar a la intensidad esperada; un "Andante con moto" sosegado y tranquilo; un "Allegro" que consiguió recuperar la intensidad en todo su esplendor y que finalizó con una auténtica fiesta para los oídos en la que la cuerda se caracterizó por su claridad y exactitud. Lo cierto es que el final de esta segunda parte acabo dejando en el auditorio el mejor recuerdo que pudiera imaginarse.