La pregunta por lo exacto constituye un problema que a veces no cabe en las manos. Enfrentarse a ello requiere elucidar sus vínculos con lo correcto, lo estricto, lo justo. O con la elegancia, que, al socaire del aporte etimológico, consiste en elegir lo adecuado. Pero también, y a este sentido nos atendremos de aquí en adelante, hablar de lo exacto es hablar de Suiza –rebajemos el drama; la exactitud de la crónica no coincide exactamente con la exactitud de lo exacto y habrá que admitir ciertas imprecisiones–. No se trata sólo de relojería. Jonathan Nott y la Orchestre de la Suisse Romande demostraron que la justeza, lo suizo y la música de Schubert y Mahler también pueden caminar abrazados.

Jonathan Nott dirigió un programa con Mahler y Schubert © Thomas Mueller
Jonathan Nott dirigió un programa con Mahler y Schubert
© Thomas Mueller

La obra seleccionada para inaugurar el programa fue la Quinta sinfonía de Schubert. A caballo entre el legado contrapuntístico inmediatamente anterior y la revolución beethoveniana, el compositor austriaco se sitúa en este particular más cerca de un estilo con raigambre clásica. Así, aunque no siempre en la misma medida, Allegro, Andante con moto, Menuetto y Allegro vivace se encuentran entreverados de ecos que remiten explícitamente a Mozart y Haydn. Por tanto, piedra de toque idónea para valorar la concisión del conjunto alpino.

Pues bien, Nott y sus músicos superaron el examen con nota. Impulsado por una energía arrolladora –cuyo epicentro hay que localizar en el podio de dirección–, el discurso schubertiano transcurrió en todo momento ligero, pero evitando la oquedad y caer en tempi demasiado acelerados. Una cuerda diligente y con brillo encarnó el motor rítmico y melódico, que lució más intenso con la colaboración de trompas, oboes, fagotes y flauta. Pero no sólo eso; el buen hacer de Nott también supo generar misterio, extrayendo de graves un sonido con timbre sugerente y amagos fugaces de romanticismo. Fue, en remate, la ejecución correspondiente a tamaño homenaje.

La segunda parte propuso un cambio radical de dinámica: Sinfonía núm. 1, "Titán", de Mahler. A pesar de representar el primer eslabón en el catálogo sinfónico mahleriano, ya comparecen elementos fundamentales que prestarán aliento a trabajos más tardíos: la melodía popular, la marcha fúnebre, el papel decisivo de los roles solistas o una instrumentación de gran recorrido cromático. Y todo ello al servicio de la creatio catártica y desmesurada de universos efímeros. Qué duda cabe: reto mayúsculo para el intérprete.

La Orchestre de la Suisse Romande © Eric Marin
La Orchestre de la Suisse Romande
© Eric Marin

Pero la Orchestre de la Suisse Romande no se arruga ante la exigencia. Con una exuberancia intuida –mas no develada al completo– durante la primera parte, dio comienzo el recital. Los compases iniciales se saldaron de forma ejemplar, logrando una atmósfera onírica, a medio camino entre la intriga y el ensueño, que sirvió de base para la fantasía de metales y madera. El desarrollo puso de manifiesto la versatilidad e imaginación de Nott, que franqueaba con gesto resuelto el acceso a todo el espectro de motivos folclóricos. Las trompas cerraron majestuosamente el episodio, que encontró su prolongación en un Scherzo maravilloso: la cuerda, liderada por una sección de violines en estado de gracia, danzó y vibró derrochando calidad y cuidado por el detalle a partes iguales.

La Trauermarsch se abrió paso y toda la sección de contrabajos tocó el solo, ganando empaque y densidad. El resto fue pura magia. Cada frase se engarzaba perfectamente con la siguiente, tejiendo una urdimbre irreal, indispensable para la exégesis de altos vuelos. Un sepelio que no traicionó la letra mahleriana y dio buena cuenta de las capacidades que adornan a esta OSR y su flamante director titular.

Con todo, el clímax llegó en el cuarto movimiento, Stürmisch bewegt. La fuerza y la potencia del tutti fue salvaje y apabullante; una avalancha dirigida por la electricidad de Nott, que se encargó de consumar cada pasaje en el instante exacto. Los tramos líricos resplandecieron como rayos de sol en mitad de una tormenta, de un vendaval desatado y sublime. Los timbales, el coral de metales o las ráfagas de bajos fueron tan sólo algunas de las muchas delicias tributadas, pero hay que insistir en la masa, en el bloque total que aunó energías provocando el deliquio.

En conclusión, otro gran concierto de la Serie Arriaga, auspiciado por Ibermúsica. Un proyecto consolidado y de fruto exquisito que, por otra parte y según lo escuchado, parece el destino seguro de Nott y la OSR en esta nueva etapa.