Un programa doble para una noche de calidad. Una conjunto sinfónico compuesto mayoritariamente por músicos de cámara, acostumbrados a brillar como individuos y reunidos en la Orquesta del Festival de Lucerna. Una reunión de camaradas que bien podría parecerse a ese sueño –o seguramente a esa pesadilla– de una orquesta de solistas. Una formación que en manos de su joven director, Andris Nelsons, produjo una nueva mirada, memorable, sobre una obra que algunos, inocentemente, considerábamos como ya explorada.

Andris Nelsons al frente de la Orquesta de Lucerna
Andris Nelsons al frente de la Orquesta de Lucerna

Los movimientos iniciales del plato fuerte de la velada, la Quinta de Mahler, ya mostraron las líneas maestras de la lectura de Nelsons: intensa y energética –por momentos casi excesiva– pero cimentada en unos tiempos lentos y dolorosamente retardados que sin embargo no quitaron ni un ápice de fuerza ni sentido a la interpretación. Una potencia que, una vez desencadenada, el director controló físicamente, como una danza en éxtasis y contorsiones sobre el podio. Si hay directores que dirigen con todo el cuerpo, es inspirador comprobar cómo el letón, con modos de bailarín, lo hace en gran medida con las piernas.

Mahler, con sus composiciones tímbricas, necesita claridad en la ejecución. Nelsons sin duda entiende este aspecto, pero fue un paso más allá, separando las secciones, prestando una atención esmerada y prolongada a cada nota y en definitiva haciendo una deconstrucción precisa de las texturas orquestales.

El trompetista Reinhold Friedrich © Rosa Frank
El trompetista Reinhold Friedrich
© Rosa Frank
En esta descomposición, los metales destacaron a costa de cuerdas. Ya desde la primera fanfarria, severa precisa e imponente, quedó claro que la estrella de la representación –con perdón del propio Nelsons–, iba a ser el trompeta solista, Reinhold Friedrich. Este profesor de Karlsruhe es ya una leyenda malheriana, y conserva un merecido magnetismo que el director supo aprovechar durante toda la sinfonía; el primer movimiento, por ejemplo, se convirtió por momentos en algo así como un concierto para orquesta y trompeta. Estuvo impecable en todos los registros técnicos y conmovedor en los emocionales. Asombra comprobar la versatilidad y resistencia de unos labios que, tras protagonizar repetidos anuncios atronadores, son capaces de fluir hacia pianos delicadísimos llenos de matices. Él sabe lo que vale y lo muestra hasta en su indumentaria: fue el único de la orquesta sin corbata y con camisa oscura. A los artistas geniales se les agradecen estas pequeñas extrentricidades.

El tercer movimiento, el corazón de la sinfonía, supone un viaje emocional que navega entre la oscuridad de los dos primeros y la luz y el júbilo de los dos últimos. Nelsons recorrió con coherencia las contradicciones del Scherzo, esa música compleja, nacida del inconsciente que navega entre lo gozoso y lo lírico, entre lo maníaco y lo grotesco. Fue este el movimiento de la transparencia en los detalles, el momento de las trompas a pleno pulmón pero precisas –otra mención necesaria, al solista Alessio Allegrini–, de las burlas en la percusión y de unas maderas ágiles que tuvieron su venganza tras unas pifias insignificantes en la parte anterior. Un movimiento en el que las emociones brincan por la orquesta, mientras la mirada y el oído se entremezclan.

Existen dos escuelas para la interpretación del cuarto movimiento, el famoso Adagietto. La más contemporánea pretende rescatar la intención original del autor: lo entiende como una carta de amor a Alma Mahler y apuesta por tiempos rápidos; y la más clásica, que lo entiende como un hermoso lamento y los ralentiza. Nelsons se decantó por la segunda vía, mantuvo los tiempos robados y, separando el arpa y cada sección de cuerda, creó una tensión llena de desasosiego, muy satisfactoria para los que creemos que el Adagietto es mucho más que una exhibición de melancolía. En el rondó final, el conjunto recapituló las habilidades exhibidas durante la noche. Con el ritornello el escenario se llenó de sol y, tras dos intentos fallidos, se alcanzó el clímax final, pero de modo incompleto, dejando cierta sensación de insatisfacción, sin duda por la deliberada falta de empaste con la que Nelsons firmó su memorable actuación.

Pero esto no fue todo en la noche. Antes de este universo de contrastes emocionales, la mitad de la orquesta había ofrecido una notable interpretación de la Sinfonía "Linz" de Mozart, también energética, densa y bravía, con unos aires que por momentos sonaron demasiado a Romanticismo.

En definitiva, un evento de calidad de la mano de Ibermúsica, con una sección de metales de referencia y solistas estrella. Una velada de alto voltaje, como suele ser habitual si Mahler está presente, pero con una aproximación original y en la que se demostró que, en contra de lo que se suele decir, el todo es, al menos en esta ocasión, la suma de cada una de partes.

*****