La lectura previa al inicio del concierto de las excelentes notas al programa de Luis Gago revelaba algunas de las líneas maestras que constituyen la urdimbre de la obra elegida para conmemorar, un año más, el nacimiento de Johann Sebastian Bach: Pasión según san Juan, BWV245. De entre dichas consideraciones, que brindaban, sobre todo, una aproximación estructural y una contextualización filológica e histórica del proceso de gestación de la(s) partitura(s), destacamos aquella relacionada con el modo en que esta pieza propone una relación de trascendencia con sus oyentes: no únicamente en virtud de la naturaleza religiosa del texto bíblico que pauta la forma de este trabajo, sino también a propósito del devenir que ha condicionado su escucha a lo largo del tiempo transcurrido desde 1724, la primera fecha de composición que los especialistas, mayoritariamente, convienen.

Porque, desde los compases inaugurales del coro inicial, resultó evidente una suerte de anacronismo o sensación de extrañeza frente a aquella enérgica proclama de la gloria de Dios en cualquier época conocida y por conocer. No nos referimos a ninguna dimensión metafísica, cuyo análisis, qué duda cabe, también recompensaría el esfuerzo hermenéutico que exigen las cuestiones de tal índole, sino a la realidad material de lo que, desde los instrumentos barrocos de Les Arts Florissants –incluido el hermoso clave frente al cual William Christie alternaba interpretación y dirección–, se proyectaba hacia los oídos del público: un timbre de incierto carácter, aparentemente ajeno a nuestro entorno sonoro acostumbrado, que interponía un lapso temporal de algunos segundos entre él y la audiencia antes de que esta pudiese asimilar la justeza o disonancia de su tono. No se trata de una mera merma de los decibelios que resuenan con frecuencia en la Sala Sinfónica del Auditorio Nacional de Madrid –aunque, desde luego, y nuevamente al margen de valoraciones relativas a los oficios eclesiásticos, fue patente el grado en que la Pasión según san Juan se desvirtúa cuando su representación acontece extramuros de una construcción similar al tipo de iglesias para las que Bach concibió su creación–, sino más bien un aspecto relacionado con nuestro inventario de expectativas, con las conclusiones exegéticas que vindicamos o desestimamos cuando nos enfrentamos a Bach –y, más concretamente, a sus Pasiones–.

William Christie dirige desde el clave Les Arts Florissants © Rafa Martín
William Christie dirige desde el clave Les Arts Florissants
© Rafa Martín

Apelar a la afinación de los instrumentos y su balance, incluyendo, naturalmente, las voces solistas y los coros, parece una opción mejor encaminada para comprender el fenómeno, pero no debe olvidarse que tampoco consigue aclararlo por completo. En este sentido, puede decirse que los recitativos discurrieron, en general, con fluidez y con dinámicas moderadas, en ocasiones, eso sí, ligeramente estridentes, casi siempre a causa de las notas más agudas –esto fue extensible a las sopranos y los contratenores en diversos números, como el destemplado Eilt, ihr angefochtnen Seelen–, pero, en definitiva, fue patente una factura notable, que hizo encomiable la asignación de Reinoud van Mechelen en el rol de Evangelista. Con una textura similar en cuanto a calidez y contención, cabe aplaudir la actuación de la meritoria Jess Dandy, que fue de menos a más, así como las cuidadas intervenciones de oboes y de Myriam Rignol en los excursos contrapuntísticos de la viola da gamba (su ejecución en la parte final de la Pasión propició algunos de los mejores momentos de la velada). El resto de solistas, Rachel Redmond, Anthony Gregory, Renato Dolcini y Alex Rosen, estuvieron aceptables en sus desempeños, siendo el último quien con mayor ahínco procuró dotar a sus líneas de una coloratura más sugerente. En el apartado orquestal, se echó de menos a violonchelos y contrabajos en un bajo continuo intermitentemente desdibujado, y los violines, especialmente en los pasajes de solo, acusaron la misma irregularidad. Un comentario aparte merece, por lo demás, la exhibición de Thomas Dunford al laúd, cuya presencia y criterio cobraron un relieve tan pujante que sorprendió el hecho de que Christie no le obsequiara con mayores elogios una vez concluida la función.

El director nacionalizado francés, fundador de Les Arts Florissants, seguramente puede extraer resultados más brillantes de su conjunto, pero esta versión de la Pasión según san Juan, el día del nacimiento de su autor, no fue, ni mucho menos, un fracaso. Nos quedamos con aquellos logros que conformaron una inquietante profecía del pasado, y rendimos tributo a una figura que, con probabilidad, e independientemente de los hallazgos filológicos e históricos que desmitifiquen su figura –algo a todas luces deseable–, nunca podremos dejar de celebrar.

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