Hay noches en las que las expectativas se sitúan por las nubes, y con razón. Veladas que prometen grandeza. Ocasiones en las que se juntan la que con frecuencia se ha catalogado como la mejor orquesta del mundo, la Royal Concertgebouw de Ámsterdam, con un director estrella y traen además un programa de máximos: el "Emperador" de los conciertos de Beethoven y ese magnífico ejercicio de narcisismo que es Una vida de héroe, la autobiografía glorificada de Strauss. Y lo mejor es que hay noches, como esta que ha programado Ibermúsica en el Auditorio Nacional, en que estas expectativas, en gran medida, se cumplen.

La Royal Concertgebouw de Ámsterdam © Anne Dokter
La Royal Concertgebouw de Ámsterdam
© Anne Dokter

El pianista originalmente programado para el concierto, Jean-Yves Thibaudet, fue sustituido en el último momento por enfermedad –los que escucharon este mismo programa en Barcelona la noche anterior ya advirtieron su malestar en las dificultades técnicas durante la ejecución. El español Javier Perianes funcionó como sustituto de lujo, y se lanzó al reto con resultados más que meritorios. Ya desde los primeros compases pudimos certificar que la presencia de esta orquesta en los pódiums es totalmente merecida. El sonido del conjunto es rico, denso y magníficamente empastado. Bychkov, a los mandos, dirigió con tiempos estrictos, probablemente por falta de ensayo con el solista, llenando el escenario de pompa, luminosidad y júbilo. Pero sobre todo, destacó una sección de cuerdas con un sonido inconfundible y propio, una caricia para los sentidos, para la que el adjetivo "aterciopelado", tan manido, cobra su sentido pleno. En el piano, Perianes ejecutó de manera precisa, transparente, delicada y con evidente introspección. Así, nos encontramos con dos interpretaciones impecables por separado, pero que no acabaron de encajar por completo entre sí, con la orquesta, enérgica, siempre a punto de engullir al solista.

El pianista Javier Perianes
El pianista Javier Perianes

En la segunda parte del programa no hubo incidentes ni desconexiones. Fue la oportunidad para el lucimiento pleno de las enormes habilidades de la Concertgebouw. Si hay un obra que conocen y les pertenece es esta, ya que Strauss la compuso precisamente para ellos. Bychkov demostró comprender el sentido narrativo de la obra, utilizando como hilo conductor una lectura clara de los leitmotiv y, una vez más, en la excelencia permanente de la sección de cuerdas.

La partitura es un relato a modo de tragedia, contada a través de un mar de efectos expresivos que la orquesta domina perfectamente, todos y cada uno. En los dos primeros capítulos se mostraron enormes contrastes de intensidad, sin que hubiera pérdida de unidad en la interpretación. La ejecución se movió desde la grandeza de la orquesta a plena potencia, manteniendo una claridad ejemplar en los timbres, a unos pianos que resonaron incluso con mayor intensidad emocional. La compañera del héroe, la esposa del compositor, se presentó entonces a través de los delicados solos del concertino. En complicidad y sintonía con la orquesta, fue una interpretación luminosa y sensual, acentuando la complejidad del personaje y resaltando las sombras. Las secciones finales están llenas de melodías endiabladamente recortadas y entrelazadas, algo que en manos de formaciones menos expertas suena a un inmenso desconcierto, pero que en esta ocasión, por la perfección técnica en afinación, tiempos y balance orquestal, se ejecutó con total coherencia y un profundo y creíble sentido trágico.

Una interpretación memorable de una obra compleja y no siempre bien entendida. Y una anécdota como resumen: alguien entre el público cercano que había manifestado de antemano sus dudas ante una obra tan enredada, exclamó: "No sé exactamente cómo, pero aquí han contado una historia". Seguramente, la mejor descripción que puede hacerse de un poema sinfónico.