“Cuando uno se adentra en la jungla, ya no halla caminos”, decía Rudyard Kipling. Podemos jugar a pensar que la historia de la música clásica es una floresta infinita, una jungla dentro de una jungla más extensa, que a su vez contiene y pertenece a otras tantas. Cada estilo, cada autor, cada transformación vendrían a constituir lo que Martin Heidegger denominó Holzwege: sendas de bosque “ocultas por la maleza, que cesan bruscamente en lo no hollado”. Siguiendo la imagen, Gabriel Fauré, Maurice Ravel y Arnold Schoenberg pertenecerían a esa ínclita partida de exploradores que, tomando el testigo de la ruta inaugurada por la revolución wagneriana –no necesariamente a modo de prolongación–, trazaron nuevos senderos en la selva musical de finales del siglo XIX y comienzos del XX. 100 años después, el recorrido continúa deviniendo aventura.

Christian Thielemann al frente de la Saatskepelle Dresden © Matthias Creutziger
Christian Thielemann al frente de la Saatskepelle Dresden
© Matthias Creutziger

Pélleas et Melisande, pieza de teatro simbolista escrita por el Nobel belga Maurice Maeterlinck y estrenada en 1893, sedujo e inspiró a un abultado retablo de nombres insignes: Claude Debussy, Jean Sibelius o los mentados Schoenberg y Fauré. El preludio de la Suite op. 80, firmada por el compositor de Pamiers, fue la obra encargada de abrir la velada. Con densidad luminosa y enhebrada desde la cuerda, Thielemann invitó a descubrir una paleta tímbrica de raigambre romántica, pero donde ya podían intuirse conatos de impresionismo. La madera –principalmente flauta travesera y oboe– y el arpa revistieron la función melódica de violines, elaborando una atmósfera ligera y próxima a la fantasía. Además –y pese al formato de miniatura–, Thielemann expandió y contrajo el tempo con criterio, obteniendo el máximo rendimiento del pentagrama y evitando una elongación desvirtuada.

Sin tiempo para apearse del hechizo, el restallar de la fusta desencadenó attacca el Concierto para piano en sol mayor, de Maurice Ravel. Daniil Trifonov, artista residente de la Staatskapelle Dresden durante la presente temporada 2016/2017, demostró un inmenso talento, justificando con creces el auspicio del conjunto alemán. El Allegramente, florilegio de sonoridades jazzísticas y arabescos cuajado tras la estancia de Ravel en Estados Unidos, fue resuelto por el ruso con un catálogo de articulaciones magistral. Encarnando el tono y la agilidad que corresponden a su juventud –pero también a una preparación física de primer nivel–, Trifonov transitó de la tensión y el martellato al cantabile con la pericia y madurez del virtuoso avezado. El Adagio assai, desplazando la acción a mi mayor, propuso un vuelo nostálgico por paisajes cuasi irreales, donde las voces solistas –mención especial para el corno inglés– intercalaron su canto con el piano, dueño absoluto y foco de irradiación del discurso. Por último, el Presto retornó al frenesí del primer movimiento –de nuevo, sol mayor– y cada cuerda contribuyó al espesor contrapuntístico, que nunca fue óbice para un desarrollo ligero. La apuesta es todo lo acertada que pudiera: dentro del panorama pianístico, Trifonov se ha erigido en una referencia insoslayable.

El pianista Daniil Trifonov © Dario Acosta | DG
El pianista Daniil Trifonov
© Dario Acosta | DG

La segunda parte estuvo dedicada a otra factura –esta vez de gran aliento– inspirada en la pieza de Maeterlinck: el poema sinfónico Pelleas und Melisande, op. 5, de Arnold Schoenberg. Tamaño escenario propició el culmen de la exhibición de la Staatskapelle, que respondió al llamado schoenbergiano de manera inconmensurable. Y no era sencillo: el depurado trabajo de tonalidad extendida sobre re menor supone un reto mayúsculo a la hora de ecualizar el caudal orquestal. Pues bien, la labor de Thielemann en este sentido denotó artes excepcionales, consiguiendo en todo momento el balance adecuado con una construcción exacta y voluptuosa de cada acorde. Pero no se trató únicamente de un preciso equilibrio armónico; la trama de leitmotivs fue urdida con la riqueza exigida por el imaginario del dramaturgo belga. Todas las secciones brillaron en el seno de un tutti homogéneo y límpido, pero es necesario subrayar la intervención de viento metal, que dominó el flujo dinámico y dio testimonio de la rebosante calidad que adorna a la legendaria formación de Dresde.

En remate: gran clausura de la Serie Arriaga en la temporada XLVII de Ibermúsica. ¿Cómo no aguardar impaciente hasta el próximo curso?