“Lo que vive del tema, muere con el tema. Lo que vive en el lenguaje, vive con el lenguaje”. La cita, tan críptica como sugerente, pertenece a La tarea del artista, colección aforística de Karl Kraus, y puede funcionar simultáneamente a modo de advertencia y elogio respecto del programa que nos ocupa: Concierto para piano núm. 2, de Liszt y Sinfonía fantástica, de Berlioz. Para llevar a cabo semejante exégesis, se presentaban la Tonhalle-Orchester Zürich y Lionel Bringuier en la serie Barbieri de Ibermúsica, y regresaba el gran solista macedonio Simon Trpčeski, a quien el público madrileño ya tuvo la oportunidad de escuchar por primera vez durante la temporada del año 2016.

Los integrantes de la Tonhalle-Orchester Zürich © Paolo Dutto
Los integrantes de la Tonhalle-Orchester Zürich
© Paolo Dutto

La apertura del Concierto núm. 2 asentó las bases para una interpretación más preocupada del desarrollo fluido y la naturaleza orgánica de las transiciones, que de la grandilocuencia lírica -tentación que atraviesa, en virtud de su feracidad temática, la página de Liszt-. Así, la Tonhalle Orchester, guiada por una notable sección de cuerda, enhebró los primeros compases con un sonido intermedio y justo, ni demasiado afectado o misterioso, ni con un color excesivamente brillante. Trpčeski pudo insertar entonces los acordes iniciáticos del Adagio sostenuto assai, con el encomiable cuidado del timbre y una propuesta coherente de tensión dinámica, que encontraba de modo natural su correlato en el apartado orquestal.

Lo condensado en esta sección del pentagrama se extendió a través de los cinco movimientos restantes, conectados entre sí attacca: el Allegro agitato assai, el Allegro moderato y el Allegro deciso conformaron un retablo de variación virtuosística que no se estancó en la complejidad farragosa, sino que avanzó con el gesto firme de Bringuier y una correcta pulsación rítmica; el Marziale un poco meno allegro inundó la lectura de todo el genio lisztiano y permitió contemplar en su amplitud las dotes interpretativas de Trpčeski, que evidenció un control absoluto de las diferentes situaciones, transmitiendo limpieza técnica y coherencia discursiva con las demás partes del ejercicio; el Allegro animato también evitó el exabrupto y coronó una pieza de orfebrería dentro del género solista, cuya exquisita factura da cuenta de la relevancia central del compositor austro-húngaro con respecto al repertorio pianístico. Por último, y compensando el único ‘pero’ que puede ponerse al Concierto núm. 2  -a saber: su brevedad-, Trpčeski y Julia Becker, la excelente concertino de la Tonhalle, regalaron el Capriccio macedonio de Dragan Shuplevski, justificado no únicamente por la denominación de origen, sino también por el empleo del material folclórico, fundamental en Liszt.

En la segunda parte asistimos al milagro de la Sinfonía fantástica, partitura inagotable y de reconocida exigencia por el recurso al matiz, la riqueza de la orquestación y el caudal de sus proporciones. Aquí la Tonhalle-Orchester Zürich pudo desplegar su capacidad más atrayente, bajo la dirección de un Bringuier efectivo y entregado al jaez monumental de la obra. A través de los cinco capítulos programáticos de “la vida de un artista” -“Ensueños y pasiones”, “Un baile”, “Escena campestre”, “Marcha al cadalso” y “Sueño de una noche de aquelarre”; por lo demás, conviene precisar, con Kraus, que lo esplendoroso de esta música reside en el lenguaje que emplea, no quedando restringida o totalmente apresada por la pauta de su tema-, el conjunto suizo tejió atmósferas realmente encomiables. Sobresalieron las intervenciones solistas de la madera, la textura de archi -cimentada, fundamentalmente, en el balance entre bajos y violines logrado por Bringuier- y la aportación cromática de la percusión y el arpa. La fuerza de los tutti fue patente, pero operando mediante un contorno nebuloso y conscientemente difuminado, ciertamente apropiado para el espíritu de la sinfonía.

El tañido amenazante de campanas del tramo postrero desató las fuerzas evocadoras menos contemplativas, traduciéndose en un adecuado inventario de ataques, fortes y golpes de arco enérgicos, que provocaron el éxtasis -o, por mejor decir, lo prolongaron- y condujeron la ensoñación hasta su apogeo sonoro. Ante la buena acogida, y en consonancia con el halo berloziano, la Tonhalle ofreció como bis el Vals del Faust de Gounod, que puso el broche merecido a una segunda parte notable.

En conclusión: la formación de Zúrich brindó muy buenas sensaciones en su presentación. Un dato, sin duda, prometedor de cara al futuro; tanto al más inmediato -su segundo concierto en Madrid- como respecto a lo por venir.

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