Esta época del año es tiempo de Pasiones, especialmente bachianas, y después de la visita de William Christie hace un par de semanas, ahora ha sido la vez de Higginbottom con la misma obra: la Pasión según san Juan, la primera de la dos que compuso Bach, la basada en el Evangelio más filosófico y conceptual. Antes de empezar, Higginbottom, además de encomendarnos apagar nuestros móviles y toser con moderación, nos avisó de que la versión de esta noche sería tal y como el propio Bach la concibió. Probablemente con esto quiso decir que se seguirían las pautas interpretativas de aquel tiempo, a saber, orgánicos reducidos, solistas entremezclados con el coro (a excepción del Evangelista) y atención a la dimensión narrativa y litúrgica. Esta voluntad de ser lo más fidedignos posible es más que encomiable, pero no ha de ser usada como un argumento de autoridad.

Es necesaria esta premisa para poder entender algunos aspectos de la velada, adelantando que en conjunto resultó una ejecución más que aceptable, con algunos momentos de gran belleza y una narración coherente con el espíritu de la obra. El comienzo, tan conocido como dramático, sonó algo destemplado: serio y grave, sí, pero algo carente de fuerza, también a causa del orgánico reducido. Más bien un surgir de las tinieblas que una irrupción brusca. Muy interesante la tímbrica de los vientos, afinados al límite, para mostrar su carácter disonante mientras que acompañaban al coro. Después de este número inicial, comenzó el trabajo para Nicholas Pritchard, el Evangelista. Es un papel delicado, por la cantidad de intervenciones y por el registro más bien constante que exigen los recitativos. Pritchard supo dramatizar bien y concibió correctamente su rol, central en el aparato litúrgico, aunque su vocalización en alemán pudo haber sido más clara.

El tenor Nicholas Pritchard hizo el papel de Evangelista © Nick James
El tenor Nicholas Pritchard hizo el papel de Evangelista
© Nick James

En los recitativos se entremezclaban los coristas, especialmente en los roles de Cristo (Benjamin Bevan) y Pilato (James Geidt), imprimiendo un buen ritmo al proceder narrativo. Las arias tuvieron un nivel de realización desigual: el contratenor Alexander Chance tuvo algunas dificultades en la primera intervención (Von den Stricken meiner Sünden) aunque lo hizo mucho mejor en la segunda (Es ist vollbracht), siendo ahí más expresivo y convincente. La soprano Gwendolen Martin se encargó de Ich folge dir gleichfalls, mientras que Zoë Brookshaw cantó Zerfliesse, mein Herze. Correcta pero algo plana la primera, cristalina y magníficamente acompañada por el conjunto instrumental la segunda. Nicholas Mulroy se ocupó de las dos arias de tenor de la primera parte (Ach, mein Sinn y Erwäge) con resultados algo escasos en términos de volumen, así como un fraseo poco fluido. Mejor el otro tenor, Toby Ward, en Mein Herz. Igualmente los otros bajos, Dawes y Thompson, actuaron convincentemente.

A nivel instrumental, se propuso un sonido siempre presente, sin llegar a ser excesivo: Higginbottom nunca abandonó una dimensión íntima, de cámara. Puede que se echara de menos algo más de potencia, pero el sonido fue acertado, enfatizando adecuadamente la acción narrada. El coro, menos en un par de ocasiones en las que las transiciones fueron algo abruptas, cumplió su papel y fue central en el sentido de toda la obra. Se apreció bien el distinto carácter entre los coros y los corales, explicitando la lectura del director británico: descripción y distancia por parte del Evangelista, acción y desasosiego por los coros, contemplación y emotividad en los corales y en las arias.

El receso no se colocó, curiosamente, entre ambas partes de la Pasión, sino ya en la segunda. Pero al finalizar la primera, tuvo lugar una especie de interludio en el que, mientras la concertino comprobaba la afinación del conjunto instrumental, Higginbottom se acercó a los coristas y conversó brevemente con cada uno de ellos. Fue algo interesante a nivel performativo, aunque entre el público sembró confusión e incomprensión. Tras el receso efectivo, la narración se tornó hacia la parte más dramática para el Cristo humano, pero la más gloriosa para el Cristo divino. Esta tensión que hace parte del misterio de la Pasión, se plasmó eficazmente: tristeza y regocijo a la vez, recapitulación de los tiempos y apertura a un nueva era.

Higginbottom mostró gran maestría en la comprensión de los materiales, equilibrio en la introducción de algunos elementos a los que estamos menos acostumbrados y seriedad en poner al centro la función litúrgica de la obra. La Pasión es ante todo una narración, que en su arcana lejanía, desciende sobre los receptores y se hace presente para ellos. Se trata de una emotividad alejada del entusiasmo que a veces buscamos en las salas de concierto; bienvenidas sean entonces las interpretaciones, como esta, que nos obligan a repensar nuestra predisposición frente a un legado tan complejo como esta obra de Bach.

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