Zerfließe, mein Herze, in Fluten der Zähren / Dem Höchsten zu Ehren! / Erzähle der Welt und dem Himmel die Not: Dein Jesus ist tot! –¡Disuélvete, corazón mío, en ríos de lágrimas / para honrar al Altísimo! / Cuéntale al mundo y al cielo la desgracia: ¡Tu Jesús ha muerto!–.

Lo solemne precisa dosis exacta. La afectación desmesurada, el gesto teatral o la gravedad rígida encierran siempre la tentación a evitar en el contexto de la presencia ante el sufrimiento ajeno. Hay una dignidad del llanto o, por mejor decir, un llanto digno, despojado de alharacas y artificios; hay condiciones para el condoliente, esa palabra que no existe pero imaginó necesaria Gabriel García Márquez; hay ríos de lágrimas que honran, que son capaces de elevarse dando alcance a lo sublime. Marc Minkowski, Les Musiciens du Louvre Grenoble y elenco coral –Laure Barras, Hanna Husáhr, Owen Willets, Alessandra Visentin, Fabio Trümpy, Valerio Contaldo, Yorck Felix Speer y Callum Thorpe– fraguaron una Pasión flébil, profunda, sencilla: pura emoción desde lo lacónico.

Les Musiciens du Louvre con Marc Minkowki en la dirección © Anthony Cottarel
Les Musiciens du Louvre con Marc Minkowki en la dirección
© Anthony Cottarel

La Pasión según San Juan, BWV 245, representa, sin sombra de duda, una de las más altas cumbres en el género. Se trata concretamente de su tercer tipo histórico, la pasión oratórica, ligeramente diferente de la pasión responsorial, la pasión motética o el oratorio de pasión. Amén de la peculiaridad del texto evangélico –que, conviene señalar, no reluce con su máxima idiosincrasia en los fragmentos musicalizados por Bach–, la Johannes-Passion se contrapone a la Matthäus-Passion –es habitual la referencia recíproca– en una atmósfera dramática elaborada desde la sobriedad. Sin un ejercicio contrapuntístico abigarrado en exceso –pero de tremenda efectividad– y a través de una cuidada instrumentación, la página brinda resultados magistrales e intercala en su desarrollo momentos de absoluto arrobo –verbigracia, el Arioso "Betrachte, meine Seel, mit ängstlichem Vergnügem", el Aria "Erwäge, wie sein blutgefärbter Rücken" o el Coral "Ach Herr, laß dein lieb Engelein"–.

Marc Minkowski © Marco Borggreve
Marc Minkowski
© Marco Borggreve
Minkowski llevó a cabo una exégesis –edición Bärenreiter– híbrida, aunando contención, ligereza y oscuridad tímbrica –mención especial merece el empleo de contrafagot, que, junto con bajos y órgano, imprimió un carácter realmente sobrecogedor en ciertos tramos y cierres–. Entre las no pocas virtudes del conductor francés –que, a la temprana edad de 19 años, fundó la agrupación de Grenoble dando ya precoz muestra del genio latente– hay que destacar su manejo de los tempi –dominio desde una respiración avezada–, transmitido en todo momento de forma orgánica. Archi funcionó dentro del marco propuesto, sin exabruptos y manteniendo la tensión en el ritornelo, para que la madera –con el nivel que adorna a los grandes conjuntos– asumiese la mayor responsabilidad lírica.

Siempre atentos a un visaje anticipado y libre de precipitación, Les Musiciens du Louvre ejecutaron dos actos hilvanados entre sí, pero respetando la lógica interna de cada sección. Por su parte, las intervenciones vocales empastaron con el basamento orquestal en la justa medida: el recitativo transcurrió fluido y sirviendo de engarce a coros y arias, que desplegaron riqueza y protagonismo solista. También brillaron Catherine Puig Vasseur y Thibault Noally en la viola d'amore, consolidando un memorable episodio camerístico. Pero, por encima de todo, ha de ponderarse el impecable trabajo de tutti, que, a las órdenes de un Minkowski inmenso, labró y desgranó el prolijo discurso sonoro encerrado en los 40 números de la Johannes-Passion.

En remate, la formación del sudeste galo cuajó una gran presentación –tanto Les Musicians como Minkowski y apartado coral se estrenan en esta ocasión con Ibermúsica–. Al socaire del talento y criterio exhibidos, solo cabe desear que la coyuntura pueda repetirse en el futuro más próximo. Por lo pronto, tras el magnífico y condigno sepelio, hemos quedado instalados en un sosiego reparador: Ruht wohl, ihr heiligen Gebeine, / Die ich nun weiter nicht beweine, / Ruht wohl und bringt auch mich zur Ruh! –¡Descansad, restos sagrados, / que ya no lloraré más / descansad y dadme también a mí el descanso!–.