La afamada y prestigiosa agrupación volvió al Ciclo de Universo Barroco del Auditorio Nacional con un programa dedicado a música instrumental, mayoritariamente italiana, del siglo XVII y XVIII. Un programa que, a pesar de abarcar un marco histórico de cerca de 100 años, tenían en común los continuos cambios de afecto y el virtuosismo que este conlleva. Il Giardino Armonico se presentó esta vez en su formación reducida, con 6 músicos en el escenario. A pesar de lo que pudiese sugerir el programa de mano, Antonini participó en menos de la mitad de la velada, dejando al resto de músicos tocando y dándoles el protagonismo de manera completa; una decisión comprensible: esta música realmente no necesita director.

El director y flautista Giovanni Antonini © David Ellis
El director y flautista Giovanni Antonini
© David Ellis

La primera parte del concierto consistió en un fluir continuo desde la Canzon “la Pedrina” del compositor veneciano Tarquino Merula (contemporáneo de Monteverdi) hasta la Sonata en la menor para flauta, dos violines, y continuo de Alessandro Scarlatti. Sin apenas pausa entre pieza y pieza, los músicos se mostraron eficaces a la hora de cambiar de estilo y carácter. Las canzonas y sonatas  de Merula, Castello o Scarlatti, aparecían intercaladas entre danzas más amenas para la escucha, como las Folías de Falconieri, u obras de estilo más polifónico, como las Variaciones sobre ‘Pulchra es amiga mea’ de Palestrina de Rognoni, hábilmente interpretado por Antonini y por Evangelina Mascardi. La archilaudista ofreció durante todo el concierto maravillosas realizaciones, siempre conservando su carácter polifónico a 3 ó 4 voces. Este nivel de interpretación se pudo observar en el resto de músicos, con Stefano Barnescohi y Marco Bianchi a los violines, sin ningún problema de afinación y siempre realizando las glosas y adornos dentro de su estilo. Paolo Beschi al violoncello proporcionó una enérgica y rítmica línea de bajo; Riccardo Doni complementó la labor de Mascarsdi de manera muy correcta. Sin embargo, uno de los momentos más mágicos de la primera mitad del concierto fue la pieza de Van Eyck, Van Goosen, interpretada a solo por Antonini, en la que mostró que sigue manteniendo, a pesar de dedicarse hoy en día más a la dirección que al repertorio para flauta, sus dotes y su virtuosismo.

La segunda parte del concierto contenía las piezas más complejas y virtuososticas, comenzando por el Concierto para flauta, dos violines y continuo ‘La notte’ de Vivaldi, una de las marcas de identidad también del grupo de Milan que muestra de la maestría de ‘Il Prete Rosso’ a la hora de plasmar en la partitura los cambios de afecto y sensaciones. A esto le siguió una de las joyas más desconocidas del concierto, la Sonata XII de Dario Castello, para dos violines y continuo, un claro ejemplo del stylus phantasticus, el virtuosismo y la improvisación en la primera mitad del siglo XVII. Il Giardino Armonico demostró que, a pesar de especializarse más en el repertorio XVIII, puede adaptarse perfectamente y mostrarse a gusto en el repertorio del primer barroco.

Los instrumentistas mostraron el altísimo nivel que tienen en diferentes aspectos. Afrontaron de manera muy natural el variado y exigente repertorio, cada estilo interpretado de manera correcta y adecuada. El concepto de espectáculo que el grupo milanés siempre tiene en cuenta (especialmente su director, en sus llamativos movimientos escénicos) no intervino en la calidad de la interpretación.