A los compositores les gusta España. En mayor o menor medida muchos de los grandes compositores se han inspirado en nuestro país para producir obras que les permiten explorar nuevos territorios rítmicos y nuevas líneas melódicas. Tal vez sean los franceses Debussy y Ravel los que han sentido una mayor vinculación con nuestra tierra. Ambos llevaron su visión de España al pentagrama y hoy David Afkham nos ha traído al Auditorio Nacional dos de estas obras tan representativas: la Rapsodie espagnole de Ravel, y la Ibéria de Debussy. Aún con todo el énfasis que el director alemán puso en su visión de Ibéria, lo cierto es que se respiró más bien poco de España, pero el viaje mejoró, especialmente allende nuestras fronteras con Stravinsky, presente en el programa con su Concierto de violín y la suite de El pájaro de fuego.

David Afkham y Vilde Frang © Rafa Martín
David Afkham y Vilde Frang
© Rafa Martín

El concierto se presentó con una interpretación un poco tediosa de Ibéria en la que el ritmo, el colorido, e incluso la fiesta (“La mañana de un día de fiesta” se llama el tercer número de esta composición) se percibieron carentes de energía y de entusiasmo. Poco brío mostró la orquesta en un comienzo en que se echó en falta un espíritu más resolutivo por parte del director y un impulso más enérgico en la percusión. Parece que el pasar al Concierto para violín y orquesta de Stravinsky en la interpretación de Vilde Frang resultó un acicate. La orquesta recuperó inmediatamente su calidad en el ejercicio rítmico y su capacidad de diálogo como resultado de una conducción ejemplar por parte del director, y de un dominio técnico excepcional de la solista. Durante los escasos veinte minutos que dura la composición se sucedieron con éxito las innumerables acometidas rítmicas tan propias del compositor ruso, y se enunciaron todos los materiales temáticos con una claridad evidente que hicieron del ejercicio de escuchar una suerte de diversión sin cortapisas. La orquesta disfrutaba la interpretación de esta partitura, y así los solistas que en todo momento dialogan con la violinista se mostraron lúcidos y hábiles, muy comedidos en su papel y sin restarle protagonismo a la solista principal.

El descanso nos trajo de vuelta a España, pero esta vez con la orquestación de Ravel de su propia Rapsodia española. Bien por la enorme factura de esta versión, por las fuerzas recuperadas tras el concierto de Stravinsky, o por una feliz simbiosis de ambos factores, el caso es que en esta ocasión la evocación resultó impecable desde que las cuerdas entonaron el misterioso susurro al unísono, ese ritmo ostinato representativo que preludia a la noche. Magníficas las intervenciones de las trompetas y el oboe en la Malagueña, y excepcional el clima delicado y sugerente delineado por todo el conjunto en la elegante Habanera. La interpretación concluyó con una fulgurante Feria enunciada por las flautas e intensamente alentada, esta vez sí, por una brillantísima percusión.

David Afkham al frente de la ONE © Rafa Martín
David Afkham al frente de la ONE
© Rafa Martín

Y por si acaso todo esto había sabido a poco, aún la orquesta tenía en la reserva una interpretación memorable de la versión de 1919 del Pájaro de fuego. Comenzaron los violonchelos y los contrabajos proponiendo un característico halo de misterio, y en esas pocas notas ya se percibió el universo entero del cuento arquetípico, cuyos elementos serían representados adecuadamente en los siguientes números. En la danza del Pájaro de fuego y sus variaciones se mostraron muy hábiles las flautas, acompañadas por el ritmo frenético de las cuerdas y los comentarios de las trompetas y el piano; y en la "Ronda de las princesas" resultaron memorables los diálogos entre el oboe, el clarinete y el fagot. Hasta aquí, todo sensualidad, y de pronto, el golpe de timbal anunció la presencia del terrible demonio Kashei y sus secuaces, cuyos gestos grotescos quedaron claramente definidos por los efectos de la percusión y los metales. También fueron memorables las intervenciones del fagot en la canción de cuna, y además por el delicado uso que hizo el arpa del movimiento cromático en el acompañamiento de la melodía principal. Y con la llamada de unas trompas en estado de gracia se llegó al final de esta obra maestra cuya interpretación ha vuelto a evidenciar el formidable estado de nuestra Orquesta Nacional, que continúa brillando a las órdenes de David Afkham.

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