Veinte años después de su estreno en España vuelve a Madrid The Bassarids de Henze gracias a una arriesgada y exitosa apuesta de la Orquesta y Coro Nacional de España. A dos meses de la esperada nueva producción en el Festival de Salzburgo, la OCNE ha conseguido contar para estas dos únicas funciones con el director Kent Nagano y dos de los solistas que lo interpretarán allí. El resultado ha sido una sólida reivindicación de este gran clásico del siglo XX, dado en Madrid en su versión original en inglés sin Intermezzo.

The Bassarids es una monumental obra de teología política en torno a un dios que exige una entrega total a cambio de una quimérica promesa de conocimiento verdadero. Pero Henze va más allá que Schönberg en Moses und Aron: el abandono devoto en brazos de un dios de rasgos humanos y absurda tiranía sólo conduce a la ceguera trágica y la autodestrucción. The Bassarids llena la Tebas mitológica de Eurípides con el descontento político de los años 60 oponiendo el carisma seductor del dios Dioniso al sueño racionalista del rey Penteo. En un final de agrio pesimismo, Dioniso se revela como un sustituto vacío, un golpista cuya revelación final, sobre una música de irónica claridad tonal, alumbra el caos producido por su venganza.

El director Kent Nagano © Rafa Martín
El director Kent Nagano
© Rafa Martín

La partitura de Henze, estructurada sinfónicamente en cuatro movimientos y basada en constantes variaciones del material temático inicial, está pintada con una derrochadora paleta postimpresionista que juega con una ambigüedad tonal extrema. Nagano ha sabido transmitir esas disonancias de perturbadora belleza con seducción, aunque sin arrebato, controlando con autoridad las densidades, pero sin dejar que su habitual rigor expositivo y agilidad narrativa cortara las alas al lirismo. La cuerda grave sostiene la arquitectura sinfónica de Henze y tanto los chelos (con impresionantes detalles de los dos solistas) como los contrabajos lograron una densidad y una tensión únicas. La percusión, prácticamente doblada para la ocasión, marcó el ritmo apoteósico de la persecución de las Ménades, y las trompetas subrayaron a la perfección y con penetrante intensidad cada recordatorio de la fanfarria de Penteo. Mención especial a la guitarra invitada de Gerardo Arriaga, que punteó perfectamente la seducción sonora de Dioniso.

El Coro Nacional en <i>The Bassarids</i> © Rafa Martín
El Coro Nacional en The Bassarids
© Rafa Martín

Como en el original de Eurípides, el papel narrativo del coro trágico está subvertido por la seducción de Dioniso, que ha convertido a los ciudadanos en Bacantes, seguidores ciegos que con sus constantes intervenciones van dando las coordenadas alucinadas del drama. El Coro Nacional estuvo a la altura del reto en lo musical, con perfecto contraste dinámico y de color, pero se quedó algo corto en lo dramático. En los momentos más violentos, como las risas tétricas con las que acaba la primera parte o en la escena de las Ménades, les faltó agresividad y teatralidad. Sin embargo, regalaron momentos de lúcida belleza como el oratorial “O let my ways be lowly”, en el que el coro parece recuperar la cordura y vuelve a su papel clásico.

El reparto reunido fue verdaderamente excepcional y combinaba a veteranos que la han cantado en París (Pomponi, Montalvo) y en Roma (Doss, Fulgoni) con los debuts de Panikkar y Schukoff, que cantarán este verano en Salzburgo. Sean Panikkar se reveló como el gran triunfador de la noche con una voz bella, de timbre bruñido y sólido, excelentemente proyectada y con agudo seguro y potente. La variedad de matices del personaje fue extraordinaria para un debut, huyendo de una interpretación tópica, desde la áspera seducción de sus primeras intervenciones, que recuerdan al Oberon de Britten ("How fair is wild Cytheron”), a la arrogancia y seguridad propias de un dios joven en su discusión con Penteo, y hasta su magistral giro final que dibujó a un Dioniso autoritario y vengador.

<i>The Bassarids</i> en el Auditorio Nacional © Rafa Martín
The Bassarids en el Auditorio Nacional
© Rafa Martín
 Franco Pomponi estuvo a la altura en la réplica como Penteo, tal vez demasiado enfático pero inteligente en la expresión de las debilidades de un rey que se desmorona. Su voz de barítono lírico se plegó, acompañada de un buen fraseo, a las sutilezas de los primeros movimientos, pero también supo imponer potencia dramática en el durísimo tercer movimiento. Mihoko Fujimura fue una Agave gélida y hierática, algo lastrada por una mala dicción, y que desaprovechó la escalofriante narración del segundo movimiento (“On a forest footpath”). A cambio, en la segunda parte, logró mayor vuelo dramático en el reconocimiento de su culpa, con unos agudos brillantes y un grave por fin liberado y de bello color. Cadmo fue interpretado por Mark S Doss, un bajo-barítono de timbre seco y áspero, que supo dibujar con excelente fraseo al padre doliente y destronado. Nikolai Schukoff hizo un fino Tiresias aunque la voz, algo mate, se perdía en los conjuntos. Sara Fulgoni, de timbre y técnica de raigambre clásica, fue una Beroe intensa y clarividente. Marisol Montalvo navegó bien la escritura extrema de Autónoe y Daniel Belcher fue un Capitán de justa autoridad.

La OCNE se apunta un gran tanto con esta monumental apuesta a la que sólo le faltó la profundidad dramática que da una versión escenificada para convertirse en todo un acontecimiento.

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