El pasado 30 de octubre, dos polos opuestos se juntaron en el concierto de la Orquesta Nacional de España; por un lado, la disolución casi absoluta del sentido melódico en la obra Con sprezzatura de Josep Planells, y por el otro, el máximo lirismo encarnado en la Quinta sinfonía de Tchaikovksy. En este juego de opuestos radicó el desafío –muy bien sorteado– de la orquesta y su directora invitada, Anja Bihlmaier. De entrada, la apuesta de este programa refresca al espectador por dos razones: no todos los días tenemos la oportunidad de escuchar obras nuevas para orquesta, en este caso, el estreno nacional de una pieza encargada por la Orquesta y Coro Nacionales de España; y contadas veces tenemos la fortuna de disfrutar la batuta de una mujer directora.

Orquesta Nacional de España con Anja Bihlmaier
© OCNE

Para la obra de Planells se disponía en el escenario una plantilla orquestal con piano, arpa, acordeón y tres sets de percusión. La pieza transcurre en una constante elisión de la melodía y, por tanto, de la noción del tiempo. En un entramado tímbrico, aparentemente caótico y azaroso, conversan, por un lado, la sección de vientos y, por otro, las cuerdas y la percusión, generando una textura efímera y aleatoria, como quien escucha múltiples voces que hablan en distintos lugares y con distintos acentos. Dos elementos le dieron orden a esa masa sonora: las manos de Bihlmaier que marcaron velocidades, pausas y niveles de intensidad seguidas con precisión por la orquesta; y las pequeñas células rítmicas de la percusión que delimitaron, de cierta forma, ese discurso fragmentado. Tras esta serie de efectos repartidos, es difícil recordar musicalmente lo sucedido y más bien quedan registradas las impresiones generadas. ¿Acaso es posible hilar en la memoria una obra sin melodía? Ese fue el juego de esta pieza: el orden en el caos y la imposibilidad de predecir el discurso.

En contraste, la segunda parte del concierto fue completada por la Sinfonía núm. 5 en mi menor de Tchaikovsky, una obra con una fuerza melódica abrasadora que, por ser imprescindible en el repertorio, se convierte en una especie de vara medidora de orquestas y directores. Hay que decir que el primer movimiento fue sobrecogedor y emocionante. Con la fuerza lúgubre del tema inicial en los clarinetes, la orquesta se impregnó de ese carácter grave y sentido para cantarle al destino. Para empezar, la apuesta de Bihlmaier fue un tempo ligero y fluido, en el que el peso de la introducción fue cedido a la intensidad del carácter y el color de la orquesta. El detalle y la precisión desde el podio hizo de la primera parte de esta sinfonía un momento impactante y precioso en el que resaltaron los diálogos entre secciones y el entramado entre el piso armónico y las melodías cantables. La batuta de Bihlmaier encarnó esa constante dualidad entre tristeza, dulzura y fuerza en la que se mueve la sinfonía.

Anja Bihlmaier
© OCNE
Con una brevísima pausa entre primer y segundo movimiento, que sostuvo la atención de la audiencia y la atmósfera creada, escuchamos uno de los momentos más memorables del concierto: el segundo movimiento con el solo inmejorable del corno francés, seguido de una magnífica sonoridad y una fuerza arrolladora de toda la orquesta. Tercer y cuarto movimiento destacaron por la atención a los detalles que permitieron aflorar el máximo lirismo de la sinfonía y la potencia casi violenta de algunas de sus secciones. A su vez, los contrastes bien conseguidos por la flexibilidad del tempo y la tensión contenida hasta el clímax sació las expectativas de los espectadores sobre esta obra. No obstante, es preciso observar que en la filigrana del ensamble hubo algunas disparidades de unidad y balance entre secciones en instantes del segundo y el cuarto movimiento.

Si hubo un sello en la versión de Bihlmaier con la ONE fue su capacidad de exaltar cada voz y cada línea que construye ese entramado emocional de la obra, cediéndole el poder a cada grupo de instrumentos y dirigiendo el ensamble con sensibilidad y carisma. En una lección de humildad, generosidad y maestría, la directora se despidió del público del Auditorio Nacional recorriendo el escenario para presentar a cada músico y cada fila de instrumentos desde su puesto en la escena, una postura que confirma su intención de otorgarle el poder a cada una de las piezas que hacen posible la música.

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