No sé qué tiene el estío que aletarga al ser humano, supongo que el calor, tener la vista puesta en las vacaciones... en fin, esas pequeñas cosas. Uno se llega a preguntar, ¿piensan también los programadores de conciertos en estas cosas? Quiero decir, ¿hay piezas musicales que encajan mejor en invierno o en verano? Por ejemplo, la Sinfonía pastoral de Beethoven, ¿no es más propia de la temporada primavera-verano? O los lieder de Schubert, ¿no suenan mejor cuando en un día frío de invierno los ponemos en un tocadiscos mientras saboreamos una buena taza de chocolate caliente? España quizás sea un tanto peculiar en ese aspecto, porque sí, el calor aletarga, pero, ¿no anima también el verano al movimiento? Las verbenas, las fiestas patronales, las romerías y demás patrimonio inmaterial, ya saben. En ese aspecto, tal vez el concierto de la Orquesta Sinfónica de Madrid tuvo algo de estival, veámoslo.

El violinista Gordan Nikolić y la Orquesta Sinfónica de Madrid © OSM
El violinista Gordan Nikolić y la Orquesta Sinfónica de Madrid
© OSM

Comenzamos con una obra que, si nos fiamos de la narrativa un tanto fantasiosa de la película Copying Beethoven de Agnieszka Holland está basado en el duro trabajo del campesinado, el cual, durante el verano ha de recoger la cosecha cuidada durante todo el año. En fin, seguramente esto sea una licencia poética, pero es cierto que la Gran fuga, Op.133 de Beethoven es una obra llena de crudeza y de violencia, pero que también tiene algo de calma o de resignación ante un mundo que, por mucho que lo intentemos, no lograremos conocer en profundidad. Tal vez de ahí la confusión de este cuarteto que la Orquesta Sinfónica de Madrid interpretó en versión para orquesta de cuerda. Para lograr tal hazaña es cierto que el tempo fue un poco más lento en algunos aspectos, lo que, por otro lado, permitió escuchar con mayor claridad las diferentes melodías que se entretejen, se mezclan y vuelven a emerger. Si bien es cierto que las partes más delicadas, los pianissimi, los solos de violín fueron una auténtica delicia, faltó violencia, la agresividad de los sentimientos desbocados del autor romántico, así como seguridad en las entradas que, en el caso de la fuga, deben ser muy contundentes para poner las cosas fáciles al oyente, que además no tenía programa, y se entere de a qué género pertenece aquello que está escuchando.

También se notó la falta de arrojo especialmente en la sección grave de la orquesta en el Divertimento para orquesta de cuerda de Bartók. La interpretación fue irreprochable, ni una nota fuera de sitio y todo perfectamente afinado, pero faltaron el contraste y la sorpresa que hubieran hecho de una interpretación buena algo excelente. Sin embargo, el tercer movimiento fue de lo mejor de la noche. Es el más divertido de todos pues es una alegre danza muy enérgica, pero es que, además, lo importante, al menos al principio, son los violines, y la sección capitaneada por Gordan Nikolić hizo un gran trabajo. En general hubo más contraste y el equilibrio entre las secciones de la orquesta fue mayor, esta vez sobresalieron un poco menos los violines en favor de los violonchelos, y el cambio se notó.

La peculiar Suite de Le Bourgeois gentilhomme de Strauss supuso un muy adecuado final para este concierto, pues su música sencilla, con muchos motivos de danza, y con esa alegría y despreocupación del barroco francés es un fiel reflejo de la temporada estival. La interpretación fue, además, la adecuada. Nikolić usó el arco a modo de batuta, pues al haberse incorporado los vientos a la formación, la falta de un director comenzaba a hacerse más que patente, de hecho, no hubiera estado de más. Pero he de admitir que fue asombroso ver como esta obra funciona muy bien cuando todos los músicos se escuchan. Se pudo apreciar una gran complicidad entre los miembros de la orquesta, por ejemplo, en los pasajes en los que fagot y clarinete a unísono crean un precioso timbre mixto o cómo las preguntas y respuestas melódicas salían con naturalidad, sin necesidad de que un maestro marcase las diferentes entradas.

Todo con ese “pun-chan-chan” –entiéndase que si digo ritmo ternario no me queda tan poético–, característico del minué y de la música occidental en general. Tal vez por eso funcione tan bien porque tenemos tan interiorizado ese ritmo que, aunque sea Strauss, aunque su música sea intensa, ceremonial, majestuosa o incluso aparezca un grupo de ministriles barroco en mitad de la sala de baile, sigue siendo una danza que invita a bailar, a la despreocupación y, en definitiva, al disfrute.

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