Sabemos que los compositores escribían en italiano las indicaciones relacionadas con la velocidad y con el carácter. Normalmente, estas indicaciones proveen al intérprete de una orientación de carácter general que éste debe concretar atendiendo a diversos parámetros. Sin embargo, con la irrupción de Beethoven en el panorama musical y, sobre todo, con el advenimiento del Romanticismo, los compositores sintieron una mayor inclinación por establecer criterios de interpretación más concretos, según los cuales el intérprete debía seguir las indicaciones propuestas por el compositor. No nos extraña, pues, que en el programa que nos ocupa encontremos un buen número de indicaciones en alemán, características de la intención de un compositor para quien definir claramente el afecto de la obra es esencial para la expresión y el contenido. 

El pianista Christian Zacharias © Felvegi Andrea
El pianista Christian Zacharias
© Felvegi Andrea

Por esta razón resulta sorprendente que Christian Zacharias no haya tenido en cuenta estas indicaciones tan concretas respecto a la esencia de la música y que, bien al contrario, haya ofrecido una interpretación más orientada a presentar un extraordinario dominio de las dificultades mecánicas del instrumento y de su potencial sonoro. Y nos extraña, además, porque Zacharias es un reconocido intérprete de autores como Mozart y Scarlatti, donde la claridad y la sutileza son elementos idiosincrásicos.

La Sonata, Op.90, que Beethoven encabeza con la indicación “con vivacidad, pero siempre con sentimiento y expresión” se vio afectada por este enfoque en el que la vivacidad se confundió con lo infatigable y el exceso de velocidad. Ya desde los primeros compases en que el severo acorde de mi menor da paso a una serena respuesta en “piano”, se percibió que la interpretación de Beethoven iba a carecer de uno de sus elementos más representativos: la retórica. En la estética de Beethoven las frases musicales adquieren significación no sólo por su contenido, sino por su relación con lo que ya se ha dicho y con lo que se va a decir. Pero Zacharias acometió la Sonata de manera lineal y sin profundidad, pasando por las distintas secciones sin detenerse a extraer la esencia del discurso musical. Igualmente ocurrió en el segundo movimiento, en el que la forma Rondó pasó desapercibida debido a este enfoque donde la velocidad fue el elemento predominante.

En el caso del Op. 109, el criterio de partida resultó más adecuado a las exigencias de la partitura. En efecto, las primeras páginas se vieron favorecidas por una interpretación acelerada, de la que posteriormente se benefició también el Prestissimo. No obstante, en el último movimiento, “muy cantable, con el más íntimo sentimiento, a media voz” no se percibió una adecuada conexión entre las intenciones estéticas del compositor y las del intérprete, dado que presentó un enfoque muy veloz y poco declamatorio.

Por supuesto, hubo momentos álgidos y de excelencia artística. El recital se inició con la Sonata núm. 4 de Schubert. Zacharias propuso una interpretación donde la claridad de las texturas melódicas fue predominante, pero sus mayores logros se mostraron en el Allegreto, en el que representó con una precisión extraordinaria el diálogo entre las octavas contenidas, brillantes y sutiles de la mano derecha, y el insidioso contrapunto de las notas dobles en la izquierda.

La segunda parte estuvo dedicada a las Davidsbündlertänze, Op.6, de Schumann. Se trata de unas piezas de carácter, representativas de esas dos personalidades que se atribuía a sí mismo, adalides de lo apolíneo y lo dionisíaco, Eusebio y Florestán. La primera de ellas hace referencia a su esposa Clara; una cita que no se pudo apreciar porque Zacharias no aguardó a que el público tomara asiento y empezó a tocar entre el barullo y la confusión. Una vez más mostró una tendencia general a apresurar el tempo y, sobre todo, a ignorar unas pausas mínimas entre las distintas piezas, que también son necesarias para asimilar y distinguir un carácter de otro.

Tras las propinas (Schumann y Soler) finalizó un concierto sombrío, y en cierto modo desequilibrado; un recital atípico del que, en cualquier caso, cabe destacar la enorme maestría del intérprete sobre el sonido, y su capacidad para proyectarlo con igual intensidad hacia cualquier rincón del Auditorio. 

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