El cañón de las cuatro cuerdas. Con este título marcial ha presentado la OCNE su undécimo concierto de la temporada "Locuras", haciendo referencia a las cualidades indiscutiblemente resolutivas de la violinista invitada, Hilary Hahn. Si uno ha ido siguiendo la trayectoria de la violinista americana (cosa fácil, por cierto, pues se prodiga habitualmente por nuestras latitudes) sabe que el título no podría ser más acertado y que asistirá a una interpretación donde el carácter, la precisión y la fuerza expresiva van a ser las herramientas de una invasión musical en toda regla.

La violinista Hilary Hahn © Patrick O'Leary
La violinista Hilary Hahn
© Patrick O'Leary

En el concierto que nos ocupa hay que resaltar que esta energía desbordante no se dio solamente por ser una seña idiosincrásica de Hilary Hahn, sino como contraste al clima extremadamente lánguido y cauteloso provocado por la interpretación previa de las Gymnopédies de Satie, en orquestación de Debussy. La interpretación se percibió demasiado lenta y pesarosa, y este enfoque terminó por afectar a un fraseo que nunca terminaba de prosperar. Es cierto que la partitura exige Lent et grave, pero conviene recordar que esta es una indicación pensada para el piano y sus recursos, y que trasladada a la orquesta requiere una necesaria adaptación.

La irrupción de Hilary Hahn y la extraordinaria factura del concierto de Mendelssohn modificaron totalmente el devenir de la velada de suerte que solista, director y orquesta se confabularon para ofrecer una versión enérgica y vibrante de esta partitura. La comunicación entre la solista y el director fue en todo momento impecable, quedando así de manifiesto el carácter dialogante del concierto y la intención evidente de crear música de conjunto, sin establecer una jerarquía solista dictatorial. Hahn inició el concierto, efectivamente, como un cañón mostrando una seguridad feroz en el ataque y provocando una expansión del sonido ejemplar, un sonido de los que llegan a todos los rincones del auditorio con una intensidad insólita y eficaz, y sin que el oyente tenga que hacer grandes esfuerzos para percibir el discurso musical. A esta ejemplaridad en el sonido hay que unir también la claridad en la articulación, en la pronunciación de cada nota y en el dibujo del fraseo. Si acaso en el pasado se le ha podido atribuir a la violinista americana una cierta pasividad expresiva, actualmente es necesario resaltar que estamos ante una artista inconmensurable que se encuentra en plena madurez interpretativa y que combina excepcionalmente su presencia comercial con sus intenciones artísticas.

El director Antonio Méndez
El director Antonio Méndez
Por su parte, la orquesta, eficazmente comandada por Antonio Méndez, se mantuvo en todo momento de acuerdo con el carácter de la violinista, tanto en los pasajes de acompañamiento, como en los tutti. También le mantuvo el pulso al velocísimo tempo escogido por Hilary Hahn en el Rondó del tercer tiempo, dando con ello muestras del gran nivel de virtuosismo que ofrece actualmente la Orquesta Nacional.

Contraste, nuevamente, para la segunda parte del concierto, pero en esta ocasión por la excelencia del director y de la orquesta a la hora de desvincularse del carácter "clásico" del concierto de Mendelssohn, y recrear los pintorescos y coloridos paisajes en que se desarrollan los idilios pastoriles y las tribulaciones de Daphnis y Chloé. Antonio Méndez condujo las dos Suites de Ravel atendiendo a los matices de color, equilibrando a los instrumentos para crear esa atmósfera volátil, pero sin caer en la tentación de centrarse en el sonido y desatender el ritmo que le es propio a una obra concebida originalmente como ballet. Un gran trabajo, pues, de este joven director mallorquín y de la Orquesta Nacional en su conjunto. 

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