Celebramos los asiduos de la OCNE la primavera que nos ha traído Beethoven con la Sinfonía "Pastoral", con esa característica floración de sentimientos nacidos de su propio regocijo en el mundo campestre. La obra se estrenó en Viena, en ese monumental concierto del 22 de diciembre de 1808 en que se interpretaron también la Quinta sinfonía y el Cuarto concierto para piano, pero se dice que fue un fracaso debido a la falta de ensayos. Nosotros hemos tenido la suerte de escuchar esta Sinfonía a una orquesta a la que no le faltan ni ensayos ni experiencia de conjunto, y a un director titular que ha sabido conectar su intención musical con la de su formación, consiguiendo una feliz simbiosis que hace de cada concierto un acontecimiento.

El Cuarteto Casals © Josep Molina
El Cuarteto Casals
© Josep Molina

El que nos ocupa tiene otros ingredientes que lo convierten en un evento especial: la presencia de cuatro solistas integrantes de la orquesta, y el estreno absoluto de Invisible Zones, del compositor valenciano Francisco Coll, obra encargada por la OCNE y dedicada al Cuarteto Casals.

La velada se abrió con un cambio en el orden del programa que situó a Coll entre Mozart y Beethoven. La Sinfonía concertante de Mozart es una obra que ha suscitado controversia. Se ha dicho que la formación solista original no era la que hemos presenciado, y se ha dudado incluso de la autoría de Mozart. El caso es que tal vez por no ser Mozart el autor, por no tratarse de la formación original, o simplemente porque en esta ocasión el director y la orquesta no estaban del todo pletóricos, a la interpretación le faltó un halo de esa chispa que es propia de Mozart. Los solistas mostraron corrección en su articulación y en el diálogo con la orquesta, pero los fraseos no terminaron de dibujarse nítidamente y se perdió, en ocasiones, la claridad y la limpieza de las texturas instrumentales.

No se hizo esperar mucho el Cuarteto Casals, que celebra, por cierto, su vigésimo cumpleaños, y además en plena forma, a juzgar por la dificultad de la obra que debía interpretar. Y es que a la ausencia de tonalidad y a la amplitud de efectos tímbricos con que se desenvuelve esta composición, hay que añadir las divagaciones interpretativas a las que se presta por su propia idiosincrasia (sirvan de ejemplo las palabras del autor, definiendo su segundo movimiento como un "pasodoble alucinógeno"). Con todo, el Cuarteto propuso una interpretación técnicamente impecable que supo moverse con eficiencia en los límites de la inquietud y del desasosiego, y que vino a contrastar en carácter e intensidad con el ambiente desenfadado que había dejado la partitura de Mozart.

Pero volvamos a Beethoven, que devolvió la alegría y el color desde los primeros compases en que los violines perfilaron el tema principal de la Pastoral, recogido seguidamente por los oboes (impecables durante toda la Sinfonía). El director marcó adecuadamente el carácter jovial y sugirió, efectivamente, el "despertar de alegres sentimientos con la llegada al campo". La "Escena en el arroyo" estuvo dominada por dos logros fundamentales: la habilidad de las cuerdas al ilustrar el vaivén del agua con una sutil articulación y una dinámica contenida pero maleable; y la perspicacia de la flauta, el clarinete y el oboe representando al ruiseñor, a la codorniz y al cuco, respectivamente. Afkham supo modificar el enfoque pausado del segundo movimiento para dotar al tercero de ese carácter desenvuelto de la "Alegre reunión de campesinos" valiéndose de un control exquisito del ritmo, que en este caso recuerda, si es que hay que poner imágenes a la música de Beethoven, a la famosa Danza de aldeanos de Rubens. Seguidamente irrumpió "la Tormenta", el único momento tremendo de la Sinfonía, anunciado por un majestuoso acorde menor comandado con decisión por los metales y el timbal; y luego volvió la calma de la mano de un clarinete excepcional y de una trompa brillante en su afinación. Y al final, tal como apunta el genio de Bonn, concluyó el concierto con la "Alegría y sentimientos de agradecimiento después de la tormenta", que es como hay que quedarse siempre que una orquesta interpreta así de bien una obra maestra de semejante envergadura. 

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