Hasta la bandera, o poco menos, se veía el Auditorio Nacional en el último concierto de la temporada de la OCNE. Y con razón. A estas alturas la presencia de David Afkham a la cabeza de la Orquesta Nacional ha trascendido al nivel de acontecimiento, y si además el solista invitado es Jean Yves-Thibaudet, bien se puede afirmar que, a priori, se trata de un concierto prometedor. Y es que hablamos de dos personalidades para las que la minuciosidad y la atención al detalle son, por así decirlo, marcas de la casa. Pero en esta ocasión el maestro alemán se había retirado por enfermedad, y fue sustituido por Ludovic Morlot, director francés, tal vez menos conocido en nuestras lindes, pero no por ello menos interesante.

El director Ludovic Morlot © Lisa Marie Mazzucco
El director Ludovic Morlot
© Lisa Marie Mazzucco
El problema, si cabe, es que con el cambio de director también se modificó el programa, y donde esperábamos un Mozart y un Shostakovich se nos ofreció un Ravel y un Prokofiev. El caso es que esta adaptación del programa a las nuevas circunstancias, si bien no tiene por qué suponer un problema para el oyente, bien lo puede suponer para la orquesta, y es aquí donde se pueden percibir desequilibrios en la interpretación, propiciados probablemente por la urgencia.

Vaya lo antedicho solamente por la interpretación de una Alborada del gracioso, que se percibió más como una suerte de calentamiento que como un discurso musical en toda regla. Poco partido le sacó el conjunto a una obra que destaca por la brillantez de su orquestación, por su laborioso perfeccionismo y por la enérgica presencia de los ritmos españoles. No obstante, hay que destacar, por impecables, al arpa emulando el inconfundible tañido de la guitarra, y al fagot representando al "gracioso" o al "bufón". En este caso, la dirección se sintió simplemente correcta, sin mayores logros que los de llevar un pulso claro y evitar que la obra se desplomase.

La salida a escena de Thibaudet modificó drásticamente el devenir de un concierto que amenazaba tedio, y tanto director como orquesta mostraron una faz muy diferente en cuanto el latigazo característico del Concierto en sol mayor dio pie a los vertiginosos ritmos jazzísticos. Ravel compuso esta obra con el objetivo en mente de producir un "divertimento" y sin duda transmitió el solista esta intención con toda solvencia, producto de una técnica sin fisuras que se manifiesta sobre todo en el equilibrio rítmico, en la abundancia de matices sonoros, y en la habilidad para modificar el afecto expresivo para dotar a cada movimiento de su particular personalidad. Especialmente brillante se mostró en un tercer movimiento verdaderamente frenético donde la velocidad medió para transmitir el carácter irónico que domina la mayor parte de este finale.

El pianista Jean-Yves Thibaudet © Harrison Parrot
El pianista Jean-Yves Thibaudet
© Harrison Parrot

La labor de la Orquesta Nacional fue in crescendo durante el Concierto de piano, pero tuvo su mayor lucimiento en los cuatro movimientos que conforman la Sinfonía de Prokofiev. Vaya por delante que aquí se encuentran –así lo afirma su biógrafo Netyev– sus mayores logros como orquestador, con lo que se necesita una orquesta bien estructurada para interpretarla adecuadamente. Es una obra que, además, requiere la alternancia de un refinado sentido del humor con una profunda concepción del sentimiento dramático.

Pues bien, este refinamiento ya se prefiguró en cuanto la flauta y el oboe expusieron el pegadizo tema principal, y se reforzó cuando las cuerdas tomaron el testigo. En todo momento destacaron la percusión y los metales por su capacidad para el contraste y la tensión. El segundo movimiento, Allegro marcatto, se sintió como un ejercicio impecable de virtuosismo, resolviendo la orquesta con perspicacia esos ritmos sarcásticos y juguetones que tanto se encuentran en la música de Prokofiev. Seguidamente decayó un punto la interpretación en el tiempo lento, si bien Morlot supo extraer de la orquesta una atmósfera contenida y lírica, contrastada por momentos de mayor exaltación dramática. No obstante, recuperó la dinámica vertiginosa del concierto en el Allegro giocoso final, mediante el cual condujo a toda la formación hacia un paroxismo de exuberancia orquestal.

Así que, dadas las circunstancias, no podemos lamentarnos por la ausencia repentina del maestro titular, sino más bien valorar la oportunidad de conocer el trabajo de este director francés, y reconocer las habilidades de nuestra orquesta para afrontar correctamente los cambios de última hora, sin menoscabar por ello la calidad de la interpretación.  

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