Este fin de semana los asiduos de la OCNE nos hemos visto sorprendidos por el fallecimiento de Víctor Martín, concertino jubilado de la formación. La sesión del sábado se inició con el anuncio de esta noticia y el obligado minuto de silencio. Además, la Orquesta y el Coro dedicaron el concierto a su compañero violinista. Casualidades del destino, o cosas de la vida, si se prefiere, el caso es que el concierto incluía un réquiem en su programa, tributo sin duda inigualable para un músico fallecido.

La Orquesta y Coro Nacionales, junto a los solistas y Afkham durante el <i>Requiem</i> de Fauré © Rafa Martín
La Orquesta y Coro Nacionales, junto a los solistas y Afkham durante el Requiem de Fauré
© Rafa Martín

Y mejor el de Fauré, porque de alguna manera rechaza el drama que le atribuyen otros compositores a esta forma litúrgica. No hallamos aquí el menor rastro de oscuridad, de temor o de tragedia -ni siquiera contiene la partitura un Dies irae que pueda soliviantar al oyente con la amenaza del Juicio Final. Este es un réquiem contemplativo y pausado, que se percibe más bien como una suerte de tránsito hacia un lugar más luminoso y espiritual que el terrenal que nos ha tocado. Afkham y su formación supieron conectar con el carácter particular de esta composición, y propusieron una interpretación liberada de las crudezas típicas de la Misa de Difuntos.

El Réquiem comenzó con un impetuoso acorde en re menor enunciado por las cuerdas, las trompas y los fagotes, seguido por la inmediata intervención del coro, implorando el descanso eterno. Fauré exige un fortísimo a este acorde, un pianísimo a las voces que lo siguen, y un tempo excesivamente lento que puede provocar un cierto regodeo en la expresión y un discurso pesaroso. Pero Afkham es un maestro del tempo y de la dinámica, y condujo a sus músicos ofreciendo un camino meticulosamente trazado, pero dejándoles espacio para su expresión individual. Un comienzo, sin duda, estremecedor, que se perpetuó en lo redentor desde que el coro pidió la “luz eterna” hasta que alcanzó el tránsito hacia el paraíso.

Comprometidos sobremanera con la circunstancia y con la obra, la Orquesta y el Coro ofrecieron una visión memorable de esta partitura. También resultaron memorables las intervenciones de la soprano Christiane Karg en el "Pie Jesu", admirablemente acompañada por las cuerdas y el órgano; y las de la orquesta y el coro en el Agnus Dei, mostrando un dominio sin fisuras en la dirección de los amplios fraseos. En cambio, no estuvo del todo acertado el barítono Bondarenko con una emisión de la voz falta de fuerzas y con una expresión algo insegura. Quepa apuntar, más bien por el carácter expresivo y religioso de sus escasas intervenciones, que hubiera sido deseable que prescindiera de la partitura, leer el texto y las notas de un papel, sin duda afecta al resultado artístico.

No se mostró inseguro el violinista alemán Frank Peter Zimmermann con su interpretación del concierto de Beethoven. Indiscutible en la afinación y en la capacidad para proyectar un sonido envolvente y cálido, al tiempo que resolutivo, presentó una versión del concierto que se caracterizó sobre todo por su interés en dialogar con la orquesta en términos de igualdad. Se ha sugerido que Beethoven introduce en esta obra la intención de que el solista acompañe también a la orquesta, y este parámetro se presentó con toda claridad sin que en ningún momento se percibiera una predominancia de jerarquías, más allá de las que propone el compositor.

David Afkahm y Frank Peter Zimmermann © Rafa Martín
David Afkahm y Frank Peter Zimmermann
© Rafa Martín

Se ha señalado muchas veces que Zimmermann es un violinista mecánico, un intérprete que centra su interpretación en la pulcritud de todas las notas. Es cierto. Pero en esta ocasión esta habilidad es absolutamente necesaria, y musicalmente útil. La estructura del concierto para violín de Beethoven, a diferencia de la de sus conciertos para piano, no se presta a una audición cómoda. Tanto la duración del primer tiempo como su material temático y su desarrollo requieren del oyente un esfuerzo más constante. Por ello, violinistas menos avezados dificultan la comprensión de esta gran obra cuando no han terminado de dominar sus notas. Zimmermann, en cambio, dominó la partitura en todos los aspectos técnicos de suerte que pudo enfocarse en la música misma y en la forma, para ofrecer un concierto “nuevo” y comprensible. Por su parte, la orquesta contribuyó con un acertado equilibrio sonoro y un ritmo impecable a que este concierto terminara siendo una experiencia inaudita.

Un concierto completo, pues, que sigue testimoniando el buen estado de forma de la Orquesta y que nos ha permitido también presenciar a un excelente Coro Nacional que, ausente en el concierto de inauguración, ya ha ofrecido una buena muestra del alto nivel que nos depara para el resto de la temporada.

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