La Segunda sinfonía de Mahler, no obstante se programe con relativa regularidad, no deja de transmitir una sensación de monstruosa monumentalidad, de evento irrepetible en el que se entremezclan la angustia del largo recorrido y el majestuoso regocijo de su final. No es para menos si además se trata del comienzo de la nueva temporada de la Orquesta y Coro Nacionales de España, con Christoph Eschenbach, su principal director invitado, al frente. La heterogeneidad del origen de los materiales que componen este coloso mahleriano hace que su coherencia formal se vea algo comprometida e impone al intérprete un importante reto: mantener una orientación clara hacia el movimiento final, articulando empero la singularidad de cada momento, así como agotar la entera paleta de recursos expresivos sin traducirse en un vaivén demasiado ecléctico. En tal sentido, el maestro alemán ofrece las garantías para que el resultado sea de buena factura.

Christoph Eschenbach al frente de la ONE en el primer concierto de la temporada © Rafa Martín
Christoph Eschenbach al frente de la ONE en el primer concierto de la temporada
© Rafa Martín

El primero de los cinco movimientos, nacido del poema sinfónico Totenfeier, contiene ecos de la primera sinfonía del compositor austriaco, pero llevados seguramente mucho más al extremo. El trazo de Eschenbach es claro y sobrio, consciente del extenso camino que aguarda y de la necesidad de no derrochar todas las energías desde el principio. La cuerda de la Orquesta Nacional muestra todos sus registros, aun sin perder su cohesión. La sección de madera surge luminosa en los contrastes, presentando los temas más amables; y tanto el metal como la percusión ejecutan la parte que les corresponde, la del héroe que se resiste en su marcha funeraria. Eschenbach enfatizó la circularidad de cada bloque, llevando las frases hasta su límite expresivo para luego resumergirse en el magma sonoro, como si fuese un monstruo marino que aparece y desaparece en la superficie del océano. No obstante este proceder permita conjugar la expresividad de cada momento con la entera marcha del largo movimiento, ciertas transiciones resultaron levemente emborronadas y alguna entrada sonó un poco incierta. Pero en su conjunto la dirección fue eficaz, especialmente en los pentagramas finales, con la gravedad que le corresponde.

El segundo movimiento, más liviano y de inconfundibles reminiscencias beethovianas, es un momento de distensión, un paso de danza que nos obliga a distanciarnos del drama del héroe. Aquí es la sección de cuerda la que asume todo el protagonismo, con un fraseo fluido y unas texturas transparentes. Eschenbach sacó todo el potencial melódico del movimiento, si bien con un tempo bastante sostenido, lo que le dio a la pieza un carácter más bucólico que melancólico. El Scherzo transfigura la gravedad fúnebre del primer movimiento en una danza macabra y sarcástica: Mahler juega constantemente en sus sinfonías con las posibilidades tímbricas más extremas de la orquesta, representando los caprichos del destino como si la propia masa instrumental intentara rebelarse y salir de la rigidez de la forma sinfónica. Es el trazo que nos indica el obsesivo esfuerzo mahleriano de superar al fantasma beethoviano. Es aquí que la conducción de Eschenbach se revela más personal y rica de matices: las respuestas y las réplicas entre las varias secciones se suceden con rapidez y fluidez, el control de las dinámicas es muy fino y permite distinguir las varias capas del discurso. En su conjunto, resulta un juego de encajes rigurosamente elaborado, en el que los varios solistas por lo general se lucieron bien.

Con el cuarto movimiento, llegamos a la parte vocal de la sinfonía. La fascinación que El cuerno mágico de la juventud ejerció sobre Mahler puede entenderse perfectamente escuchando esta Urlicht, en la que el tapiz de la orquesta acompaña una voz que preanuncia la salvación en la eterna vida celestial. La orquesta encontró su estado de gracia en la tímbrica y densidad de sonido, pero a la solista, la mezzosoprano Anna Larson, le faltó más caudal y algo de vocalización, por lo que el momento dejó un cierto margen de mejora. El movimiento final es un microcosmos en el que se condensan todos los motivos presentes en los movimientos precedentes y se hacen explícitas las preocupaciones, musicales y religioso-metafísicas de Mahler. Desde un punto de vista interpretativo, cabe destacar que Eschenbach fue cuidadoso en exponer los vínculos con el material anterior, desarrollando el movimiento sin fisuras, hasta su apoteosis. El Coro Nacional estuvo muy atinado en la entonación y su empaste, al igual que Marisol Montalvo, que brilló en sus intervenciones.

La OCNE se está midiendo con Mahler en las últimas temporadas con resultados notables y este concierto ha sido una muestra más de ello: buen análisis y lectura y una ejecución de riguroso calado y pericia. Se pueda anotar, ya sea como aliciente para el futuro, que para llegar a lo memorable, en este repertorio, habría que cuidar más algunos detalles y alcanzar un sonido de más hechura y fondo. Pero ello no quita que se trató de una interpretación destacable, ahí donde resurgió, ante todo, la música del propio Mahler.

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