En principio todo era silencio, indistinto e insensato, y Haydn supo cómo romperlo. El oratorio La Creación para orquesta, coro y solistas se presta muy bien a una doble lectura que entrelaza el aspecto narrativo de los hechos del Génesis con los desafíos musicales a los que el compositor se enfrenta a la hora de describir un tema tan complejo, desde el punto de vista teológico, como el de la creación del mundo a partir de la nada.

Hay una serie de tensiones conceptuales y musicales en la obra, de cuya adecuada articulación depende el resultado de una lograda ejecución: por un lado, el contraste entre la expresión de lo más abstracto y absoluto, como es el comienzo a partir de la nada y la totalidad de Dios, y la descripción de cada uno de los episodios donde el texto se detiene en los elementos más concretos y sensoriales, como los animales o los fenómenos meteorológicos; también está la tensión entre la oscuridad de un Dios misterioso y sombrío y la luz plena que se despliega a través de la aparición del hombre, respondiendo a la exigencia humanista del ilustrado Haydn. Además, y ya en un plano más musical, está la relación compleja entre la orquesta, los solistas y el coro.

La Orquesta y Coro Nacionales durante la interpretación de <i>La Creación</i> © Rafa Martín
La Orquesta y Coro Nacionales durante la interpretación de La Creación
© Rafa Martín

La magistral obertura orquestal nos introduce en una luz tenue que se vislumbra en medio de las tinieblas del caos: un sobresalto del tutti sobre una única nota, un do, luego unas pocas notas más, manteniendo la ambigüedad cromática, que se resuelve poco a poco, con reiteradas hesitaciones de cada una de las partes de la orquesta y con un dramatismo y un misterio que no cesan completamente ni siquiera cuando el arcángel Rafael anuncia, en el recitativo, el comienzo de la Creación. En cierta medida, es importante comprender que la música no acompaña a las palabras, sino que más bien es lo contrario: las voces solistas representan a los arcángeles que cuentan aquello que Dios está creando, por lo tanto la música precede a las palabras. Por otro lado, el coro exalta el resultado, añadiendo majestuosidad a la partitura. El movimiento hacia la total realización de la labor divina es progresivo y unívoco y los contrastes siempre han de ser entendidos dentro de ese movimiento como fruto de la pluralidad de todo lo que tiene cabida en la Creación: la multiplicidad que se recoge en la unidad. Por ello, hace bien Afkham en mantener un registro no monótono aunque constante, sabiendo aprovechar las sutilezas que la partitura presenta, pero sin perder la conexión estructural de todos sus momentos. Que haya diversos registros no significa que no permanezca una tónica común: el dramatismo descriptivo de la orquesta se conjuga con la solemne dicha de los recitativos (“y Dios vio que resultaba bien”), la delicadeza de las arias, especialmente las del arcángel-soprano Gabriel que se entretejen con la potencia contrapuntística de los coros (donde es muy evidente la admiración de Haydn por Handel).

En tal sentido, la Orquesta Nacional ha de encontrar un sonido potente, pero que no suene demasiado moderno y generalmente Afkham lo consigue con la justa exaltación de las partes singulares que devuelven un brillo y un color no demasiado pastoso. El elemento ulterior de refuerzo llega desde el coro, que se luce con gran intensidad, de forma redonda al final de cada parte (gracias al excelente trabajo de su director, Miguel Ángel García Cañamero), cumpliendo muy bien su función en el enfoque narrativo. En cuanto a los solistas, su nivel se presenta algo desigual: el tenor Maximilian Schmitt, en el rol de Uriel, muestra una voz algo esforzada y no muy plena, que en los momentos de confrontación con la orquesta o el coro, tiene dificultades para emerger; la soprano Genia Kühmeier, el arcángel Gabriel, tiene el privilegio de interpretar las arias más líricas y más virtuosas, pero lo hace sin exagerar y sin perder de vista la interacción con el conjunto; Markus Werba, barítono al que se le asigna el rol de Rafael, destaca notablemente por carácter y presencia escénica en los recitativos y también cumple en las arias donde ciertos pasajes resultan probablemente más cómodos para un bajo que para un barítono. También los dúos de la tercera parte, con barítono y soprano reconvertidos en Adán y Eva, son interpretados con gran sensibilidad y pericia.

En suma, Afkham se enfrenta a una obra más compleja de lo que, de primeras, pueda parecer y sale satisfactoriamente bien parado de ella, uniendo fuerza y delicadeza, implicación y justo distanciamiento, plasmando un sonido reconocible para su ONE, pero no extraño a las pautas del clasicismo, y representando la Creación con ternura para todas y cada una de las cosas del mundo en un alegato a la gloria de Dios, pero sobre todo a la grandeza del hombre.  

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