Se aproxima el final de las “Redenciones” de la OCNE, y continúan encadenándose conciertos donde los requerimientos musicales son cada vez más exigentes. Si en los próximos días asistiremos al concierto de clausura, con una Novena de Beethoven que ha colgado ya el cartel de entradas agotadas, el concierto de hoy no le va a la zaga, pues propone una obra de gran dificultad orquestal, la Sinfonía alpina de Richard Strauss. Se trata de una obra atractiva para los amantes del espectáculo auditivo, pero también, como sugiere acertadamente Javier Albo en el programa de mano, para el regocijo de lo visual. Siempre es llamativo enfrentarse a una plantilla de un centenar de músicos, y aún más si quien los comanda es David Afkham, que a estas alturas ya no requiere presentación.

Tampoco la requiere la solista invitada, la violinista Isabelle Faust. Se trata de una figura indiscutible cuya presencia basta para llenar las butacas del Auditorio, y que tiene el mérito de atraer siempre a un público joven, violinistas, en gran parte, que acuden a examinar su técnica y a dejarse sobrecoger por su presencia resolutiva y por su sonido enérgico: Isabelle Faust toca el Stradivarius “Bella durmiente”.

David Afkham e Isabelle Faust durante el concierto en el Auditorio Nacional © Rafa Martín
David Afkham e Isabelle Faust durante el concierto en el Auditorio Nacional
© Rafa Martín

Sin embargo, no lo tenía fácil, pues interpretaba el concierto de Dvořák que, como saben, no se cuenta ni entre los grandes conciertos del repertorio de violín, ni entre las obras más representativas del compositor checo. Pero Faust demostró en todo momento que se trata de un problema que se disipa con una interpretación equilibrada por un virtuosismo técnico impecable y una atención exquisita al elemento melódico. Efectivamente, el material temático fue enunciado con un fraseo bien perfilado en el que se evidenciaba la dirección del discurso como si se tratara de una declamación. También propuso una interpretación vigorosa en cuanto al carácter y a la amplitud dinámica, de manera que resultaba imposible sustraerse a lo que estaba aconteciendo en el escenario. Y si acaso no bastaba con el elemento estructural para fijar la atención, también habría que añadir la percepción visual de una gestualidad sin excesos, bastante para lidiar con los pasajes más escurridizos.

Cierto que, en algunas ocasiones, durante el Allegro non troppo, no pudimos disfrutar de una afinación impecable, pero detrás de esos momentos de incertidumbre siempre se sintió a la Orquesta Nacional reelaborando el tono, y reconduciendo el carácter dinámico y enérgico en los momentos en que la interpretación parecía perder algo de fuelle.

David Afkham y la ONE ofrecieron una magnífica interpretación de la <i>Sinfonía alpina</i> © Rafa Martín
David Afkham y la ONE ofrecieron una magnífica interpretación de la Sinfonía alpina
© Rafa Martín

Estas intervenciones sobrecogedoras de la Orquesta vinieron de alguna manera a prefigurar lo que iba a acontecer en la segunda parte, pues anunciaron que en el nivel orquestal la interpretación de la Sinfonía alpina iba a resultar memorable. Y así fue, aunque no sólo por la calidad técnica del conjunto orquestal y de sus solistas. También por la habilidad de David Afkham para mantener siempre fluida la interpretación de una obra que se acerca a los cincuenta minutos de duración, y que está compuesta por veintidós episodios descriptivos, cada uno de ellos con unas características temáticas y ambientales diferentes. Sin duda, en manos de un director inhábil, la obra podría sonar entrecortada, errática y probablemente tediosa, pero en manos de Afkham la música fluyó de principio a fin creando una sensación de unicidad y proyección. Ciertamente, los movimientos gozaron de su merecida individualidad y contraste, pero en todo momento se mantuvo la sensación de que era un único personaje quien avanzaba a través de los diferentes estadios, transformándose a medida que éstos se iban sucediendo o, mejor dicho, que era el propio oyente quien iba siendo conducido a través de todos estos cuadros de la pintoresca naturaleza alpina.

Un concierto redondo, como ven, y muy completo, que confirma, una vez más, el extraordinario resultado que produce la feliz simbiosis de unos músicos entregados a las grandes partituras, y el enorme estado de forma en que se encuentra la Orquesta Nacional a las órdenes de David Afkham, cuyos seguidores, sin duda, ya estarán a la espera de cómo se va a desarrollar el antedicho concierto de clausura.

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