Con el título "Muerte entre las flores", la temporada Paroxismos de la Orquesta Nacional de España presenta dos conciertos en los que reúne a Schubert y Britten, los cuales, a pesar de la distancia cronológica y de lenguaje, tienen algo en común en sus intenciones y en la idea de lo dramático. Lo que subyace es que hay una compenetración profunda entre vida y muerte, que necesariamente nos obliga a meditar sobre nuestra finitud, que tiñe de melancolía y distancia nuestra existencia, pero que también nos lleva a reaccionar y pensar ese ciclo natural más allá de una inercia fatalista. Es éste último elemento el que pareció más presente en el concierto de anoche, tanto por las composiciones ejecutadas como por las pautas de los intérpretes.

La Sexta sinfonía de Schubert marca probablemente un punto de inflexión en el recorrido del compositor vienés en torno a la forma sinfónica: Schubert, el compositor de las formas pequeñas y líricas, en realidad estaba buscando un vía personal para hacerse con esa forma musical tan tipificada por Mozart y Haydn y que en esos mismos años, Beethoven sometía a una demoledora transfiguración. Schubert no renuncia a ir más allá del ejemplo más clásico, pero por un camino distinto que el del compositor de Bonn; así, asistimos en esta sinfonía a un camino de formas ambiciosas pero con tonos amables: un protagonismo de la madera que le da un tono cantable y casi pastoral, unos motivos melódicos agradables pero capaces de abrir a sorprendentes modulaciones, un constante recurso a los tiempos de danza. Juanjo Mena captó muy bien este espíritu de la sinfonía, mostrando todo su aliento, incluso sin timidez. No es una sinfonía acomplejada con respecto a su vitalidad; su ternura nunca deja paso a la languidez, algo que bien se apreció en el diálogo entre las partes solistas y el conjunto. Mena estableció un tiempo sostenido, sin llegar a ser acelerado, y una sonoridad que aun no siendo plenamente romántica, supera claramente los gustos del siglo precedente.

Juanjo Mena al frente de la Orquesta Nacional de España © Rafa Martín
Juanjo Mena al frente de la Orquesta Nacional de España
© Rafa Martín

Siguió el Concierto para violín de Britten, que fue estrenado en 1940, y aun teniendo una buena acogida, nunca entró establemente en el repertorio de los violinistas. La composición muestra influencias de los conciertos de Berg y Prokofiev y no escatima en recursos melódicos que recrean un clima de incertidumbre y misterio, alternados con una calma que se nos hace aun más inquietante. Pero lo que probablemente sobrecoge más de este concierto es la constante contraposición entre solista y orquesta. Si la orquesta propone amplios temas melódicos, el violín suena impertinente, reelaborando e interrumpiendo lo que parecía asentado. El violín es nervio y electricidad, revulsivo contra el juego macabro y a la vez seductor de lo que la orquesta propone. James Ehnes, en esta lucha, muestra un sonido robusto, a la altura del desafío, pero además, con suma inteligencia musical, es capaz de aprovechar los entrecortados motivos para devolvernos un todo con sentido, como hizo magistralmente en la cadencia del segundo movimiento. Solamente en el final, la Passacaglia reconduce al solista hacia la reconciliación y le concede unos últimos compases para una expresión más lírica. Este concierto es una prueba notable y Ehnes la superó con creces.

Después del descanso, volvimos a Schubert y a su Novena sinfonía: en este caso, sí que se trata de una página conocida y a menudo interpretada, pero no por ello deja de ofrecer nuevas sugerencias y detalles. La lectura de Mena fue justamente la de destacar las conexiones con la otra sinfonía de la noche, haciendo hincapié en cómo lo que en la obra más juvenil era potencial, aquí se hace efectivo, al mismo tiempo que pierde parte de esa frescura e ingenuidad. La “Grande” es una obra que no pierde vitalidad, pero que hay que tomar en serio: Mena mantiene unas tendencias similares a la anterior (tempi sostenidos, vigor interpretativo y rotundo) pero pone en primer plano la solemnidad de la partitura: es un ímpeto de vida, pero también un alegato al desencanto que sabe de la muerte que se esconde entre los pliegues de la vida.

En definitiva, fue un concierto muy interesante, bien construido e interpretado, con una contribución coherente y meditada de Ehnes, al igual que una batuta, la de Mena, que transporta e hipnotiza, pero que nunca deja de vigilar con atención las sonoridades, el fraseo y la incidencia rítmica de una orquesta que parece congeniar espléndidamente con el maestro.

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