David Afkham nos tiene mal acostumbrados. Desde su desembarco como director principal de la Orquesta Nacional de España ha llenado el Auditorio Nacional de Madrid de interpretaciones intachables y ha obtenido de nuestra orquesta una calidad sobresaliente, que además aumenta cada día. Es también un buen conocedor de la obra de Mahler, como demostró en su Segunda de la temporada pasada, absolutamente memorable. Así las cosas, no es de extrañar que su Tercera, programada para el pasado fin de semana, colgara el cartel de "No hay entradas" y provocara un expectación nerviosa entre los aficionados. Tuvimos la suerte de asistir a dos sesiones, disfrutando de dos experiencias marcadamente diferentes: al hombre que no falla se le torció el estreno y brilló sin paliativos en su sesión final del domingo. Analizaremos sobre todo esta última función triunfal.

Afkham, Kulman, la ONE, el Coro Nacional y el Coro Juvenil de la ORCAM © Rafa Martín
Afkham, Kulman, la ONE, el Coro Nacional y el Coro Juvenil de la ORCAM
© Rafa Martín

Ya en el primer movimiento Afkham demostró que entiende la narrativa malheriana. No se perdió en la enorme riqueza de la partitura y, sin desatender ningún detalle, no olvidó que aquí hay una historia que contar, como solo la música puede hacerlo. Hubo coherencia interpretativa en los enormes y marcados contrastes de los casi 40 minutos del movimiento, el despliegue triunfal de la marcha de la vida se realizó energético, insolente, casi bailable y perfectamente coordinado. La orquesta demostró su versatilidad, apoyada en una sección de metales en estado de gracia, capaz de vigorosas fanfarrias continuadas de suaves y acogedoras medias intensidades.

La llegada de la vida animal en el tercer movimiento permitió a Afkham y su equipo recrearse en la riqueza tímbrica de la composición. La orquesta tocó con claridad y acierto en este zoológico transcendental en el que todo suena a la vez y todo se escucha por separado. La llamada de la trompa fuera del escenario –sabiamente colocada a afectos de amplificación– resultó convenientemente distante en sonido pero inmediata en emotividad y creó uno de esos preciados momentos, hipnóticos, que solo se dan en las salas de conciertos, en los que el tiempo parece perderse hacia la eternidad.

Elisabeth Kulman fue la encargada de ponerle voz a las palabras de Nietzsche en el cuarto movimiento. El momento requiere de un buen registro grave y no hay la menor duda de que esta austriaca los tiene, sólidos y bien proyectados. El color de su voz es sin embargo claro, casi brillante, no de verdadera contralto. En todo caso, si faltó algo de gravedad en su actuación, la pudo compensar con ceremonia y solemnidad. La calidad vocal de la cantante continuó con la participación del coro femenino e infantil, lirismo inocente y travieso para la ascensión a las alturas.

La Orquesta Nacional y David Afkham durante el concierto © Rafa Martín
La Orquesta Nacional y David Afkham durante el concierto
© Rafa Martín

En el Adagio final, Afkham exprimió al máximo la emotividad del movimiento. Hay cantera, hablamos nada menos que del amor divino. Afkham huyó de los tempi excesivamente lentos –un recurso fácil y peligroso– pero no dudó en flexibilizarlos para agrandar los afectos. La sección de cuerdas pudo entonces mostrar su calidad con un sonido texturado y brillante, llenando de intensidad cada envite de arco y, en complicidad con su director, deleitándose en los tiempos robados de la penúltima nota de cada frase. Para terminar, unos clímax intensos e inmensos, arrebatadores, llenos de pura emoción. Un regalo de gloria, y una de las contadas ocasiones en las que los no creyentes podemos tocar algo de divinidad.

Frente a esta impecable y emocionante narración de la metafísica de la existencia, el día del estreno nada pareció funcionar bien del todo: un inicio sin demasiada coherencia, sonoras pifias en los metales, entradas a destiempo y estridencias no buscadas rompieron la narrativa y mancharon una interpretación llena de buenas ideas, pero en la que fallaron sus medios; todos tenemos días peores. ¿Pueden todas estas diferencias obedecer tan solo a una impresión subjetiva? Podemos aplicar entonces la prueba del nueve: las toses. En el estreno, el público acompañó con sus carrasperas gran parte de la actuación, en la mañana del domingo, el silencio fue reverencial. Y es que, cuando algo extraordinario ocurre en el escenario, hasta los bronquios irritados prestan atención.