Nos hablaba el vigesimocuarto y último concierto de esta temporada de la Orquesta Nacional de España de “Volver al hogar”, pero, ¿cuál es ese hogar adonde hemos de volver? “Home is where the hearth is” que dice el viejo dicho inglés, supongo, ¿no? ¿Y llevado a la música? ¿Cuál es nuestra patria musical? ¿Podemos siquiera hablar de algo así?

España, como crisol de culturas que es tiene un folklore inmenso, tal vez esa sea la clave. Las Diez melodías vascas de Guridi beben directamente de esa tradición popular. Para mí, que me sumergí en el mundo de la música a través de un coro de voces blancas en mi barrio de Bilbao, siempre que escucho “Narrativa” la nostalgia me invade, pues veo en ella claramente la melodía de la canción popular Sant Urbanen Bezperan, recopilada por Resurrección María de Azkue, otra figura muy importante para la música vasca de la que espero tener algún día la oportunidad de hablar más.

Juanjo Mena al frente de la Orquesta Nacional de España © Rafa Martín
Juanjo Mena al frente de la Orquesta Nacional de España
© Rafa Martín

Pero es cierto que no solo nos trasladan a un lugar las melodías, podemos hablar también de timbres, como cuando en la “Danza” Guridi utiliza las flautas y la caja para emular el txistu y damboril tan presentes en la cultura popular vasca, igual que hace también en su famoso “Intermedio” de El caserío. Claro que, cuando se juega con imágenes, es decir, con intentar representar algo que no está frente a los oídos del público, la orquesta tiene más trabajo, pues la “intención” se convierte en un factor importante. En este caso la ONE cumplió absolutamente con las expectativas y Juanjo Mena tuvo mucho que ver en el éxito de este concierto. Aunque su dirección no fue tan intensa como lo sería después en la sinfonía de Brahms, sus manos parecían guiar las melodías que saltaban de cuerda en cuerda, se ejecutaron con precisión los distintos efectos que daban carácter juguetón a los movimientos alegres, mientras que el mar de instrumentos necesario para las muy líricas melodías de “Amorosa” resultó uniforme y bien cohesionado.

En las obras previas, el estreno de Daniel Apodaka y la obra Mística de Carmelo Bernaola, también pudimos apreciar la tradición vasca. Entre otras cosas, por la presencia del coro (encarnado en esta ocasión por el Coro Nacional de España), muy importante en la emergente sociedad industrial vasca desde mediados del XIX. Ambos autores le dan un uso poco convencional a las voces, logrando efectos tan curiosos como distintos. En el caso de Apodaka el ambiente que se crea es más intimista, mientras que Bernaola lo usa para crear tensión y aumentar la riqueza de una obra armónicamente intensa, que también provoca una sensación en el oyente similar a la mística de la transubstanciación para los católicos. No debemos olvidar que también la religión cristiana es un factor importante en la tradición vasca “húmeda de lluvia y ahumada de curas” que decía el poeta Blas de Otero para referirse a su Bilbao natal. Guridi, de hecho, trabajó como organista en el actual templo de Santiago de la capital vizcaína, lo que se puede apreciar en su “Religiosa”, en la cual, la entrada de los metales –siempre precisos en el caso de la ONE– resulta un recurso completamente organístico: la explosión de grandiosidad que supone la entrada del registro grave de trompetería.

El Coro y la Orquesta Nacionales de España con Juanjo Mena en la dirección © Rafa Martín
El Coro y la Orquesta Nacionales de España con Juanjo Mena en la dirección
© Rafa Martín

Y así podría extenderme hasta el infinito explicándoles los detalles que se aprecian en la música de Guridi y otros compositores vascos, pero también hemos de hablar de Brahms. Su Sinfonía núm. 1 es muy diferente del resto de obras de este concierto, pues es la música por la música, nadie sale silbando una melodía de esta sinfonía de Brahms y, sin embargo, a todo el mundo le cala de algún modo. La armonía y la absolutamente genial orquestación son los secretos del compositor alemán. En este caso, la exhaustiva dirección de Juanjo Mena resultó vital para realizar una correcta interpretación de esta obra inmensa en la que destacaron los contrastes entre los matices, especialmente en el pianissimo del cuarto movimiento con los pizzicati de las cuerdas. Destacó el oboe solista y la sección de trompas entre los vientos –aunque todos hicieron un excelente trabajo– mientras que en la cuerda me resultaría difícil seleccionar a un solo instrumentista por el magnífico trabajo en grupo que hicieron todos los músicos.

En definitiva, hay muchas formas de hacerle sentir a uno como en su casa, en su hogar, tal vez la clave sea conseguir que el oyente baje la guardia, se relaje para sentir el cosquilleo por la espalda que produce la intensidad sonora de Brahms o Bernaola o la delicadeza de Guridi o Apodaka que, en definitiva nos permiten sentirnos en casa por un momento, aunque nos encontremos en el patio de butacas del Auditorio Nacional.

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