El tercer concierto de la temporada 2020/2021 comenzó con la primera obra de estreno de este curso. Una labor importantísima de encargos y estrenos a compositores españoles a la que nos tiene habituados la Orquesta Nacional de España, a pesar de que estas obras suelen suponer un esfuerzo añadido para los músicos.

Obreda, que es como tituló Joan Magrané su obra a estrenar fue muy interesante. Siguiendo el programa que hay tras la pieza, se pudieron escuchar a la perfección las distintas capas de “árboles” que conformaban esa frondosa “arboleda”. En el segundo cuadro, tuvieron más protagonismo los vientos que creaban unas “olas sonoras” que se reproducían por las cuerdas, dando lugar de una forma muy bien lograda a la sensación de las copas de los altos árboles mecidas por el viento.

Y es que éste iba a ser, precisamente, el protagonista de la velada: el viento.

El compositor Joan Magrané saluda a los músicos y a David Afkham tras el estreno de <i>Obreda</i> © Rafa Martín | OCNE
El compositor Joan Magrané saluda a los músicos y a David Afkham tras el estreno de Obreda
© Rafa Martín | OCNE

Después del estreno de Magrané escuchamos Syrinx para flauta sola de Debussy en el que el solista de la ONE, Álvaro Octavio demostró la gran flexibilidad que puede llegar a tener su instrumento, el cual le permite alcanzar los agudos sin brusquedad y jugar con los matices manteniendo una continuidad melódica absoluta. A esa flexibilidad y dominio del instrumento debemos añadir una increíble agilidad que demostró en el elegante, brillante, divertido y, sorprendentemente poco interpretado, Concierto para flauta y orquesta de Jacques Ibert, que continúa esa interesantísima propuesta de obras para vientos solista que lanzase Saint-Saëns al final de su vida y que los profesores de los conservatorios más reputados de Francia abrazaron y se esforzaron por mantener viva. Así pues, Ibert nos ofrece un nuevo virtuosismo en el que impresionismo y neoclasicismo se mezclan para crear una obra de una sonoridad muy hermosa, tan delicada como ágil, con los juegos de timbres tan propios de la orquestación francesa que permiten destacarse no solo al solista de flauta, sino también a cada jefe de sección. En definitiva, una obra difícil pero lucida cuyo final explosivo, causará, en caso de ser bien interpretada, y la ONE supo hacerlo, una gran ovación en el público.

Para la segunda parte (o lo que solía ser la segunda parte, ya que debido a la situación actual los conciertos se han de hacer de corrido), tuvimos la Cuarta de las sinfonías de Beethoven, para mí una de las grandes subestimadas, no ya del repertorio beethoveniano, sino de toda la historia de la música. Se me ocurre que quizás el problema sea la introducción, un Adagio en el que algunos directores tienden a recrearse demasiado. Afkham no cayó en este vicio, es más, su dirección fue en todo momento sumamente enérgica y ágil. Las apariciones del “tema B” que canta el fagot junto con el clarinete fueron deliciosas, se notó la complicidad incluso a metro y medio entre ambos jefes de sección. La cuerda, liderada en esta ocasión por la concertino Lina Tur Bonet estuvo sorprendentemente ligera y precisa. En cuanto a los matices, Afkham supo exprimir bien a sus músicos y lograr unos forti contundentes que jamás hubiera pensado que podrían salir de una orquesta tan reducida.

Álvaro Octavio, David Afkham al frente de la Orquesta Nacional de España © Rafa Martín | OCNE
Álvaro Octavio, David Afkham al frente de la Orquesta Nacional de España
© Rafa Martín | OCNE

El segundo movimiento es sumamente delicado. En ese contrapunto asincopado que enseguida sorprende, encontramos el germen del genio de Beethoven, ya que supone una idea brillante para el acompañamiento de una melodía sumamente patética (en el buen sentido, en cuanto a su recreación en el pathos) con un ritmo que invita al movimiento más dionisíaco, impulsado, especialmente, por la percusión, en la que sobresalió el timbalero de la ONE. El cuarto movimiento es un torrente arrollador que exige una agilidad tremenda que los violines de la ONE demostraron sin duda. Este torrente demanda también un buen director que tome las riendas de la orquesta. Afkham supo galopar con brío la orquesta, en una excelente interpretación de esta gran joya de la música que es la Sinfonía núm. 4 de Beethoven. ¡Bravo!

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