Siempre reconforta ver el Auditorio Nacional lleno hasta la bandera, y aún más cuando gran parte de este aforo lo compone gente joven que ha venido a disfrutar de la música de sus modelos. Cuando oímos que la música clásica está reservada a un público más bien pudiente y longevo nos alarmamos, pero a veces vemos que determinados solistas atraen a numerosos estudiantes de nuestros conservatorios. Allí estaban muchos de ellos, y algunos, incluso, llevaban sus propias partituras para seguir el devenir de la interpretación. En este caso era Emmanuel Pahud, el notorio flautista, el atractivo principal del público menos habitual, y además venía a interpretar el impactante Concierto para flauta de Khachaturian.

El flautista Emmanuel Pahud junto a la ONE y la directora Simone Young © Rafa Martín
El flautista Emmanuel Pahud junto a la ONE y la directora Simone Young
© Rafa Martín

El concierto se inició con un pequeño preámbulo, en este caso de Mussorgsky, el preludio de Khovanshchina, que ya no sabemos si es de Mussorgsky, de Rimsky-Korsakov, de Stravinsky o de Shostakovich, pues todos ellos decidieron en su momento echarle mano a la partitura inconclusa. No cabe duda de que funciona bien como calentamiento para la interpretación de una obra de mayor aliento, pero además de ello aquí asistimos a un inequívoco interés por cuidar las sonoridades descriptivas del amanecer y por crear el contraste con otras sonoridades más sombrías y sobrecogedoras. Muy atenta pareció mostrarse al sonido la directora Simone Young en un preludio en cierto modo muy bien escogido para poner a tono a la orquesta ante las acometidas de Pahud y Khachaturian.

La presencia de Pahud fue recibida con grandes ovaciones y muestras de entusiasmo; y con no poca expectación por el repertorio, pues las obras del compositor armenio, salvo alguna omnipresente excepción, no suelen formar parte de los ciclos de las orquestas. Hoy se nos ha ofrecido el Concierto de violín, pero en la adaptación para flauta que en su momento realizó el gran flautista Jean Pierre Rampal. Suponemos, con ello, que se pierde gran parte de la esencia de la composición, toda vez que esta fue perfilada con el violín en mente, y además con el violinista, David Oistrackh, de quien nos dice el programa de mano que se involucró en la composición. Es tal vez por esta razón de concepción que el resultado de la interpretación se ha inclinado todo el tiempo entre la sensación de desequilibrio y la de sobrecogimiento. El desequilibrio porque en cierto modo se percibía que el cambio de elemento tímbrico no beneficiaba a la partitura, y el sobrecogimiento porque no puede ser de otra manera cuando el solista es un torbellino como Pahud, que solventa todas las dificultades con una maestría indiscutible. Efectivamente, se trata de un solista irreprochable que domina todos los parámetros de la interpretación instrumental, y en esta ocasión resultó notoria la facilidad para expresar un sonido potente, pero no agresivo a la vez que lidiaba con unas velocidades que sin duda habrían derribado a otros músicos menos avezados. No obstante, se diría que el momento más expresivo y artístico llegó en el segundo movimiento en el devenir de unos compases de sonoridades abrumadoras, melancólicas y en cierto modo sombrías.

Es obligatorio reservar gran parte del mérito de este concierto a la directora Simone Young, que aún necesitó carácter para afrontar una inolvidable versión del Scheherazade de Rimsky-Korsakov. Ya percibimos desde el preludio de Mussorgsky que este iba a ser un concierto de amplias sonoridades, de grandes velocidades y efectos potentes. Así ocurrió. Su concepción orquestal y su carácter efectista y férreo dieron sin duda buenos frutos junto a Pahud, pero también se percibió en ocasiones una cierta irregularidad en la pronunciación del fraseo que dificultó el entendimiento del material temático. Tampoco pareció que algunas indicaciones estuvieran del todo claras, y no siempre resultaba evidente en qué momento exacto debían entrar los instrumentistas, creando con ello una incertidumbre en la unidad del discurso. Como digo, el Scheherazade tuvo también momentos inolvidables, en general en su concepción de magnitud sonora y en el desarrollo de un fraseo siempre adelantado que casaba a la perfección con la intención narrativa de los relatos en que se basa la composición. Una obra para el lucimiento de la orquesta, no cabe duda, pero también para el de unos solistas que demostraron comprender el elemento declamatorio, como es el caso del magnífico fagot, que desarrolló unas líneas muy personales sin necesidad de descuidar la partitura.

Grandes ovaciones, pues, para una interesante y acertada conjunción entre solista, directora, orquesta y repertorio, que confiamos que podamos seguir apreciando con la misma intensidad durante el resto de la temporada.

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