Plasticidad pura y energía arrolladora. Así se podría resumir el concierto con la Orquesta Nacional bajo la dirección de Alondra de la Parra y con la participación del pianista Michel Camilo. Músicas de Bernstein, Gershwin, Márquez y Revueltas, para un mosaico entre Nueva York y México con música y músicos de cine, atmósferas míticas y un clima de fiesta que inundó el Auditorio Nacional.

Bernstein abrió los juegos con sus Danzas sinfónicas de West Side History: página conocida y entretenida, pero también de gran dificultad técnica por el uso completo de una orquesta de nutridas dimensiones y que tiene que brillar en cada sección. Desde el comienzo, la Orquesta Nacional nos devolvió un sonido interesante, muy cercano al de banda jazz de los años treinta y cuarenta, pero con un discurso más complejo. Alondra de la Parra dirigió con gesto claro, enérgico y desenfadado, dando lo mejor de sí en esos momentos urbanos con los chasquidos de los dedos, los “mambo” exclamados por los miembros de la Orquesta y la frenética batería que se abre paso como un tren en la ciudad neoyorquina. El tren de una ciudad que no duerme y que escupe historias en continuación y que la directora mexicana plasmaba en un lienzo de mil colores.

La directora mexicana Alondra de la Parra © Óscar Turco
La directora mexicana Alondra de la Parra
© Óscar Turco

A continuación, se incorporó Michel Camilo para la Rhapsody in Blue de Gershwin, otra gran página de amor hacia la ciudad de los rascacielos, como lo demuestra Woody Allen al inicio de Manhattan. La obra de Gershwin suele ser tocada tanto por pianistas clásicos que como por pianistas jazz y generalmente suelen ser más interesantes las ocasiones protagonizadas por la segunda categoría. El solo de clarinete inicial se enturbió un poco en las notas altas aunque con la entrada de los demás miembros de la orquesta la enunciación del tema quedó bien definida. Acto seguido se posaron las manos de Camilo sobre el teclado: se trata de un pianista jazz, si bien acostumbrado a tocar en todo tipo de auditorios, posee una gran técnica y un sentido del ritmo muy rico. Camilo improvisó con un sonido potente, para nada amanerado, intencionalmente exagerado. La orquesta también hizo su parte, brillando especialmente en la sección de metal. Sin embargo, cuando se unían conjunto y solista, la mezcla no estaba perfectamente lograda. A Camilo no se le escuchaba bien y además se le notaba una actitud distinta, no pudiendo improvisar como en los momentos monológicos. En todo caso, el pianista dominicano propuso una lectura muy vivaz que arrancó ovaciones plenas al público. Él recambió con igual o superior euforia: abrazos y besos a De la Parra, al público, a la orquesta. Y un bis, Caribe, una de sus piezas más conocidas… y más besos y abrazos y aplausos y sonrisas de oreja a oreja.

Tras el descanso, la parte mexicana. El Danzón núm. 2 de Arturo Márquez, obra entre las más conocidas de la música mexicana del siglo XX, entremezcla elementos clásicos con motivos de la música popular, construyendo una página muy amena para el oído y muy bien interpretada por Alondra de la Parra, que la suele ejecutar a menudo con diversas formaciones. Probablemente fue el momento en el que conquistó definitivamente al público, por la elección del repertorio, por su maestría y a la vez por sus ganas de renovar. La última obra necesitó de algunas palabras de la directora, antes de comenzar: nos explicó la trama de la película para la que La noche de los Mayas de Silvestre Revueltas está escrita y que ella se sentía en casa, dirigiendo esta obra que no se ejecutaba en España desde hace decenios. En efecto, la partitura, concebida para la homónima película merece su presencia más a menudo en los programas; al igual que la pieza anterior mezcla elementos de distinta proveniencia, de forma eficaz. De los cuatros movimientos, probablemente el más interesante es el último, con un gran sección de percusión y ritmos tribales y unas caracolas que reproducían un sonido ancestral. La obra es estruendosa, pero de la Parra fue generalmente cuidadosa, conduciendo la orquesta atinadamente y administrando bien el crescendo de materiales que surgen. Al final hubo bis: se retomó una sección del Danzón de Márquez y De la Parra involucró al público, invitándolo a llevar a tiempo las palmas. La cosa funcionó (no siempre es así) y los asistentes se pusieron en pie y del bis se pasó sin solución de continuidad a las generosas ovaciones y celebraciones.

En suma, el concierto presentó un repertorio no muy habitual y sin embargo muy empático y capaz de conectar con el público. Se trata de obras que se basan en un cierto efectismo, de gran dificultad y virtuosismo orquestal, y sus intérpretes expresaron muy bien ese espíritu. Finalmente una mención especial a la Orquesta Nacional por el alto nivel que expresa, sabiendo adaptarse a distintos directores y a repertorios muy variados con resultados siempre encomiables.

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