Creo relevante apuntar, ya que es algo que raramente suele ocurrir, que esta vez no podría estar más de acuerdo con el título del programa de este séptimo concierto del ciclo sinfónico de la Orquesta Nacional de España (ONE): "Cruzar los límites".

La primera de las obras fue Las Hébridas, de Mendelssohn. Pieza plenamente romántica y absolutamente diferenciada del resto del programa, de melodías largas y líricas y contrastes entre expresividad y furia enérgica. Además, André de Ridder optó por una versión flexible en la que el tempo se pausó ligeramente en las partes más expresivas. A pesar de que con ello los vientos tenían la oportunidad de lucirse en los delicados soli, no la aprovecharon, y destacaron mucho más las cuerdas que mostraron una gran flexibilidad a la hora de interpretar matices.

El plato fuerte de la noche fue el Concerto For Two Pianos de Bryce Dessner: una muestra del formidable talento de la escuela estadounidense en la que predomina el minimalismo y el diatonismo. El concierto, que se estrenaba en España, resulta excepcionalmente hermoso. Dessner propone pequeños motivos rítmico-melódicos –algunos de ellos muy complejos– que se repiten, fusionan y superponen para resultar en una obra de arte completa. Nos encontramos con una inmensidad de detalles minúsculos que, sin embargo, fueron interpretados con gran destreza por los músicos de la ONE, entre los que destacaron los percusionistas encargados de las marimbas y vibráfonos. La orquesta se convirtió en una delicada maquinaria –imaginemos, por ejemplo, el mecanismo de un reloj suizo– y el director, André de Ridder, fue el encargado de que cada engranaje se accionara en el momento justo para que la sensación de movimiento no se rompiese en ningún momento. En este aspecto, la dirección fue toda una proeza.

Las hermanas Labèque, De Ridder y la ONE durante el concierto de Dessner © Rafa Martín
Las hermanas Labèque, De Ridder y la ONE durante el concierto de Dessner
© Rafa Martín

Sobre todos los instrumentos, convertidos en engranajes por el imaginario del abajo firmante, sobresalieron, Katia y Marielle Labèque con una gran interpretación. Su conexión era tal, que al oído le resultaba prácticamente imposible saber cuándo acababa de tocar una y empezaba la otra: los dos pianos se fusionaron en uno solo. Ambas proponían delicados temas que la orquesta recogía y unas veces repetía y otras desfiguraba hasta volverlos irreconocibles. En otras ocasiones mientras una realizaba una lírica melodía, la otra tocaba diferentes acordes o complejos contrapuntos repletos de notas, a velocidades increíbles y con gran precisión. Aunque la obra de Dessner no les permitió lucirse como otros conciertos –por ejemplo, los del periodo romántico–, las hermanas Labèque sí demostraron con esta pieza ser unas artistas versátiles que pueden tanto encajar como un engranaje más, como destacar por encima de una inmensa orquesta mostrando una cuidada técnica gracias a la cual son capaces de abordar los más complicados motivos.

En la segunda parte se interpretó el ballet Petrushka de Stravinsky. La obra es toda una oportunidad de lucimiento para los buenos solistas de viento, y la ONE, que los tiene, hizo gala de ello. Si bien la música pierde parte de su efecto sin la representación del ballet, aquellos que conocemos ya la obra no tuvimos que esforzarnos en exceso para imaginar la escena a la que acompañaba cada momento. Los ritmos populares, pero no por ello menos complejos, que introduce Stravinsky al principio, trasladaron al espectador a la plaza del Almirantazgo de San Petersburgo y la escena de las bailarinas callejeras apareció ante el público cuando la sección de viento madera se convirtió súbitamente en un organillo. Escuchamos el despertar de las marionetas y la danza de estas, repleta de polirritmos en los que la orquesta no vaciló y sonó siempre en conjunto; o los torpes movimientos de Petrushka caracterizados por el timbre del fagot. Si bien en este aspecto se pudo escuchar algún fallo (en la escena de las bailarinas callejeras, las flautas deberían haber sonado menos, ya que su voz es un efecto sonoro que recrea el girar de la manivela del organillo) fueron puntuales y de carácter menor.

De entre todos los solistas de viento, que hicieron un trabajo magnífico, el más vitoreado fue el primer trompeta Manuel Blanco, y no sólo porque el auditorio estuviera repleto de jóvenes trompetistas que actuaban justo después con la banda del conservatorio superior. El solo que marca la entrada de la Bailarina dentro de la habitación del Moro –escena tercera–, normalmente es interpretado de forma plana, ya que se supone que es la propia Bailarina la que toca la trompeta. En esta ocasión, sin embargo, Manuel Blanco supo darle un color único con una interpretación llena de matices.

De cualquier forma, cruzar los límites, musicalmente hablando, suele ser siempre interesante; ya se deba al enfoque que un director quiera darle a una obra, al compositor que abraza sin miedo un estilo como el minimalismo o a un trompetista que sabe sacarle más partido que nadie al pequeño solo de una obra sinfónica. Puede que dependa del crítico, pero generalmente, las nuevas aportaciones a la música son y serán siempre bien recibidas.

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