La travesía de anoche nos llevó por las más variadas tierras de la imaginación musical: desde la Italia barroca y clásica de Vivaldi, Händel y Mozart hasta la Finlandia de Sibelius y del director Rouvali, pasando por la Rusia de Julia Lezhneva. Prácticamente dos mini conciertos en una única soirée, con un programa que faltó de cierta cohesión, a pesar de la alta calidad de los intérpretes.

“Agitata da due venti” empezó la joven soprano, confirmando sus dotes técnicas en el aria de la Griselda de Vivaldi entre trinos, agudos y largos pasajes de semicorcheas, y un esfuerzo constante no por llegar a la notas más difíciles, sino por transmitir algo más de expresividad entre tanta exhibición pirotécnica. El concierto siguió con el recitativo y aria “Solitudini amate… Aure, fonti” de Alessandro de Handel, donde la soprano pudo mostrar otro registro diferente, a saber, su voz cristalina, tersa, capaz de mantenerse en los pasajes más largos sin oscilación del tono. Así Julia Lezhneva, desenvueltamente, vuelve a los tonos vivaces y acelerados de “Brilla nell’alma” de la misma ópera handeliana, inundando la sala de notas. A la soprano rusa le sale fácil lo que ciertamente no lo es, pero esto se muestra precisamente como su límite: su voz carece, en parte, de fuerza de dramática y rara vez alcanza a emocionar realmente. Este aspecto mejoró algo en el aria de concierto de Mozart "Ch’io mi scordi di te?" (en la que se añadió el pianista Michael Antonenko) y donde el virtuosismo dejó paso a una medida elegancia, que es enfatizada por el diálogo entre la voz y el piano y una parte orquestal que se sintió más a gusto que con las sonoridades barrocas, regalándonos, seguramente, la mejor pieza de la primera parte de la noche.

Julia Lezhneva © Simon Fowler | Decca
Julia Lezhneva
© Simon Fowler | Decca

Después del intervalo cambiamos completamente de atmósfera, con la única constante del joven director finlandés y con una ONE que asumió su forma más completa para interpretar la Segunda sinfonía de Jean Sibelius, la que es probablemente la más popular del compositor. Ciertamente la Orquesta Nacional se mostró a la altura del virtuosismo instrumental requerido y Santtu-Matias Rouvali aportó una lectura fresca, pero al mismo tiempo potente, produciendo un sonido denso y envolvente. El contraste muy bien marcado entre la parte grave de la cuerda (reforzada con ocho contrabajos) y los vientos de madera nos inmergió desde el primer movimiento en un clima profundo, y al mismo tiempo alejado y distante, trascendente. A pesar de la contingente insistencia de considerar a Sibelius como un compositor patriota, lo cierto es que su música, aun cuando utiliza temas de proveniencia popular, raramente asume ese rol de reivindicación colectiva y nacional. Es algo más, es la búsqueda de un sonido nuevo, de una investigación de las posibilidades orquestales en una forma sinfónica que no es especialmente trastocada. De la gravedad del primer movimiento se pasa al misterio del segundo, con sus rarefactos pasajes de pizzicato, donde todo se juega en el equilibrio y en los motivos destacados por las partes. Pero la potencia de la orquesta aparece con todo su brillo y plenitud en los dos últimos movimientos (ligados entre sí): Rouvali busca el éxtasis a través de un sonido que no tiene que dejar espacios, que nos tiene que dejar sin respiro por su lirismo, intensificando el entramado entre la cuerda y el metal. La atmósfera nos envuelve y sin embargo, ya en la última parte del cuarto movimiento, el conjunto suena tal vez demasiado compacto y carece de algún matiz, para que no corra el riesgo de caer en una coda caracterizada por la pura exhibición sonora.

El director Santtu-Matias Rouvali © Kaapo Kamu
El director Santtu-Matias Rouvali
© Kaapo Kamu

En definitiva, fue un concierto con dos partes tan distanciadas que parecía dos conciertos reducidos en uno, pero eso sí, con una nota interpretativa común tanto de la soprano como del director: técnica y dotes naturales impecables de la soprano, personalidad y control del director y un toque fresco y joven de ambos unido a la exhibición de entusiasta potencia que no escatima en recursos, pero que a veces puede resultar excesiva. Esperemos volver a verlos, juntos o por separado, porque seguramente con el tiempo y la experiencia no pueden sino mejorar.

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