Le gusta mucho al público madrileño la presencia de Grigory Sokolov en el Ciclo de Grandes Intérpretes, y el sentimiento es mutuo, a juzgar por la cantidad de veces que el pianista ruso se ha dejado caer por estos lares. Desde 1996 viene ofreciendo recitales en este ciclo prácticamente año tras año y siempre recibe la más calurosa recepción por parte del público y la crítica. Si continúa siendo fiel a sus costumbres el año que viene volveremos a tener la oportunidad de acudir a su recital, y esta vez confiaremos en que no quede en la sala ni una butaca vacía.

Quien conoce su trayectoria sabe que no se trata de un pianista irregular, y que si aborda un programa, por atípico que sea, es porque ha desentrañado la partitura hasta sus últimos rincones. En la Sonata de Mozart nos descubrió nuevos secretos que hasta entonces nos habían pasado desapercibidos, sonoridades que difícilmente podrían haberse imaginado o impulsos rítmicos que contrastan grandemente con el enfoque tradicional. En la Fantasía y Fuga, y en el Rondo, obras menos habituales, consiguió encajar un discurso musical inteligente organizando cuidadosamente una estructura clara e inteligible de ambas composiciones. Este fue también el caso del Schumann que nos presentó en la segunda parte, el Bunte Blätter, una obra híbrida compuesta por varias pequeñas piezas rescatadas de aquí y de allá por el compositor alemán, sin ninguna intención previa de conjunto, de dimensiones heterogéneas, y que en la interpretación de Sokolov sonó, sin embargo, como una obra completa y desfragmentada.

Grigory Sokolov © Mary Slepkova | DG
Grigory Sokolov
© Mary Slepkova | DG

Esta visión unificadora se dio también en cierto modo durante la primera parte, pero esta vez con un sentido menos justificado, ya que se trataba aquí de tres obras del mismo Mozart, pero de estilos e intenciones diferentes. Estas tres obras las resolvió Sokolov, como se dice en estos casos, sin solución de continuidad, apenas esperando unos segundos entre el final de una obra y el principio de la otra. No sabemos si pretendía con ello sofocar aplausos que no casasen con el contenido musical, pero sí que estos aplausos frustrados se manifestaron en forma de toses de todo tipo, viniendo a quebrarse así, de todas formas, la continuidad y la solemnidad del discurso.

En cuanto al contenido de la interpretación musical poco tenemos que añadir a lo que generalmente se ha destacado respecto a un sonido que, siendo envolvente y cálido, resulta asimismo poderoso y omnipresente. Además, mostró una singular maestría a la hora de abordar el problema mozartiano de sonar espontáneo, travieso y desenfadado sin resultar superficial; al tiempo que controlado sin resultar obsesivo. Extraordinario en la enunciación de las entradas de la fuga, y en el carácter más bien improvisado de la fantasía. Sin embargo, fue en la Sonata K331 donde dejó las mayores muestras para el recuerdo, particularmente en la sujeción a un tempo efectivamente Andante Grazioso, que aún sin sufrir grandes modificaciones propició una declamación musical que siempre se dirigía hacia delante. Imposible, pues, despistarse en una música que siempre reclamaba toda la atención. Y para colofón la archiconocida Marcha Turca, interpretada en esta ocasión sin alardes de virtuosismo, con un tempo eficientemente comedido, pero con una intensidad rítmica y sonora inigualables.

No le fue a la zaga la segunda parte en lo tocante a la expresión y a la maestría musical del pianista ruso. De entrada, no es cosa fácil organizar la Bunte Blätter, que no destaca, como dijimos, por gozar de una estructura sólida y fácil de seguir. Pero Sokolov es un maestro de la forma y del sonido, y supo desentrañar todos los entresijos contrapuntísticos que tanto abundan en la obra de Schumann, ofreciendo con ello una claridad y una soltura que no es habitual en otras interpretaciones, y que en cierto modo se basó más en una atención sin cortapisas al sonido, y no tanto a la elección de un tempo ágil. Pareció, no obstante, que la asistencia se resentía de la abundancia del tiempo lento, y jaleó incansablemente al pianista al término del recital, confiando, tal vez, que en las propinas ofreciera algo más de intensidad agógica.

Hasta seis piezas ofreció Sokolov fuera de programa, media hora más de música de lo que marcaba el programa de mano, y en ninguna de ellas se apartó el pianista ruso de su intención de profundizar en el contenido musical por encima del alarde virtuosístico. En ellas dio muestras de una excepcional versatilidad al interpretar con la misma intensidad obras de Brahms, Chopin, Rameau, Rachmaninov y Busoni. Ahí hay donde escoger preferencias, nosotros nos inclinamos por la lírica y conmovedora introspección lograda en el Intermezzo núm. 1 de Brahms, y en el volátil y siniestro paisaje sonoro creado en el Preludio de Rachmaninov.

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