El XLVIII Ciclo de Grandes Autores e Intérpretes de la Universidad Autónoma de Madrid se atreve con una singular combinación de música e imágenes: Bach y la Antártida. La relación entre imagen y sonido se basa en la recíproca sugestión, en la posible analogía que suscita en nuestra imaginación, en la necesidad de completar la experiencia visiva con el sentido del oído y viceversa. Ya Scriabin se adentró en el terreno de la sinestesia con la posibilidad de ofrecer una experiencia sensorial completa, con un intento de fundamentación científica de la relación entre el color y la tonalidad. En este caso, la intención es probablemente más modesta (y sensata), y lo que aquí nos interesa sobre todo destacar es la labor musical de dos intérpretes de gran calidad como Emilio Moreno y Aarón Zapico.

Las imágenes a cargo del profesor Jerónimo López son el testimonio de una importante investigación durante decenios en la Antártida y lo cierto es que su proyección, con los músicos en la penumbra, contribuyó a crear una tonalidad emotiva de concentración y serenidad. Se titulaba el programa del concierto The Dark Bach, y más que oscuro, nos pareció un Bach interior, sosegado, metafísico. Y hay una razón musical para ello: el instrumento protagonista del concierto, a saber, la viola da braccio, empuñada por Moreno. El repertorio específico para instrumento del compositor alemán nunca se ha encontrado y, tal vez, nunca se llegó a escribir como tal. Por lo tanto, lo que escuchamos fueron piezas adaptadas por el proprio Moreno desde otras partituras, concediendo las voces interiores a la viola y el bajo y la línea melódica al clave de Zapico.

Aarón Zapico (clave) y Emilio Moreno (viola da braccio)
© Centro Superior de Investigación y Promoción de la Música

Por ello se decía que se trataba de un Bach metafísico, porque su música trasciende la dimensión material de un instrumento concreto y se adapta a la perfección al nuevo contexto. En cuanto a la selección de las piezas se trató de varios corales, tríos, dos sonatas (“compuestas” a partir de diversos fragmentos) y dos piezas para viola sola, el Trés Vivement (Fantasie BWV572) y un Pedal-Exercitium (BWV598), éste último pensado como un ejercicio para el pedalier del clave. En definitiva, un repertorio orientado hacia la espiritualidad y la meditación en el que el empaste sonoro se presentaba de manera singular al cubrir la viola las voces intermedias.

Moreno y Zapico han colaborado en diversos proyectos, entre ellos la grabación de estas piezas de Bach, por lo que muestran un profundo entendimiento recíproco, devolviendo una sonoridad compacta, un contrapunto riguroso y una afinación cuidada. Así el diálogo entre los dos se basó en los contrastes dinámicos y el recorrido entre las voces de los motivos melódicos en la Sonata en do menor o bien la seriedad melancólica del trío extraído del BWV583. Por otro lado, fue en los corales, como el Helft mir Gottes Güte preisen BWV613, donde se evidenció ese rol fundamental que tienen las voces intermedias en las composiciones bachianas: Moreno recogía ese tejido a veces ignorado y enriquecía la línea principal, con esos motivos que a veces desaparecen y luego reaparecen.

Con el coral Ich ruf zu dir, Herr Jesu Christ (BWV639), se hizo más presente la sugestión visiva de la Antártida, al recordarnos de esta pieza bachiana en la película Solaris, con esa posible similitud entre mundos perdidos, aunque Moreno y Zapico la interpretaron con un tiempo más sostenido que las ejecuciones más conocidas para teclado. Las dos piezas a cargo exclusivamente de Emilio Moreno pusieron de evidencia, además de la capacidad del intérprete de plasmar una sonoridad más plena y robusta, la complejidad polifónica que Bach atribuía incluso a una pieza pensada como un mero ejercicio. Progresivamente nos adentrábamos en el pensamiento musical de Bach, por una vía distinta, sin por ello desentrañar plenamente su misterio.

Escuchar a Bach nos fascina siempre, nos impacta en una tesitura que es emocional y racional a la vez, pero además, en el caso de ayer, tenía un aliciente relacionado con la labor de redescubrir y adaptar las obras del Kapellmeister de Leipzig para ese instrumento tan peculiar que es la viola da braccio. Una labor de investigación que nos conduce a conocer más a fondo las buenas prácticas interpretativas, que nos aleja de la música como mero espectáculo y nos devuelve su complejidad y su intenso trabajo.

La Antártida no será nunca probablemente un lugar muy hospitalario, pero acompañado por la música de Bach se nos quedó impreso como un paraje de la mente en el que reflexionar, acompañados por esa calma que solamente esa irreal lejanía puede conceder. 

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