Quienes aman la música de Bach saben que, si la interpretación promete, lo mismo la pueden proponer a horas corrientes que a extraordinarias, pues siempre se trata de un enorme acontecimiento. El pasado miércoles, a las diez y media de la noche, se detuvo el orbe para muchos aficionados que aguardaban pacientemente a que se abriesen las puertas de la sala sinfónica; muchos de ellos, incluso, sujetaban libros de partituras cuyos signos, sin duda, habrían de seguir por ver, entre otras cosas, hasta qué punto iba Jordi Savall a ser fiel a la notación de Bach. Tampoco se importunó nadie porque el concierto, que ya era tarde, se hiciera esperar veinte minutos por motivos desconocidos. Le tocó al maestro disculparse por ello, pero también aclaró que no era culpa suya.

Anecdótico todo esto, en un concierto encabezado por Jordi Savall, con los hermanos Pierre y Marc Hantaï, Jakob Lehmann y David Plantier; y también Le Concert des Nations, con un monográfico de Bach que incluía obras eternas que cualquier melómano ha escuchado una y otra vez. Una propuesta extraordinaria, como ven, promovida desde la Universidad Autónoma de Madrid por el Centro Superior de Investigación y Promoción de la Música. Correspondió a su directora, Begoña Lolo, la redacción del prólogo al programa de mano, añadiendo en unas pocas líneas algo más de expectación a lo que iba a acontecer. Así, la expectación dio paso al pasmo en cuanto Savall dio la entrada a la Ouverture de la Suite en si menor, y no se disipó hasta que concluyeron las últimas notas de una propina de los Fuegos de Handel. Apuntar qué danza o qué movimiento fue más sobresaliente resultaría superfluo en un concierto que destacó por funcionar como una unidad narrativa, sin individualizar fragmentos, pero sin descuidar a su vez la forma, compuesta por varios elementos a menudo contrastantes. En este asunto de la uniformidad recayó el mérito en el tempo escogido por el director, un tempo estricto con la naturaleza de cada danza, y marcado con una seguridad indiscutible ante la que sus músicos no podrían haberse desorientado. También resultó particularmente hábil en crear en las Ouvertures el afecto solemne y majestuoso que luego impregnaría a las danzas siguientes.

Jordi Savall © David Iganaszweski
Jordi Savall
© David Iganaszweski

Sin embargo, lo más destacable en la dirección de Savall resultó ser la claridad del gesto; si acaso algún melómano se ha preguntado alguna vez qué significan los gestos del director, se respondería observando los del maestro catalán, pues en cada uno se percibía un cambio evidente en la música. Lo mismo un brillante cambio escalonado de dinámica, una sutil pausa en el discurso, o una línea instrumental que de repente llamaba la atención sobresaliendo ligeramente. Atento y cuidadoso, también, con los solistas, supo delegar el rumbo del concierto en los intérpretes, no sin dejar de estar pendiente de la uniformidad del pulso, y sin dejar de reconducirlos cuando en ocasiones se desorientaban en la gran maleza contrapuntística. Alguna vez se perdió Pierre Hantaï en los compases más demandantes del concierto para clave, pero en general se mostró implacable en un estilo severo y en ocasiones voraz; y voraz por el estilo, pero también por la continua acometida de notas que someten al oyente a la audición de una obra que apenas se molesta en el silencio o en el descanso. No es fácil, dada la singular escritura, atravesar estas notas en el aspecto mecánico y, al mismo tiempo, dar claridad al material temático con el uso de una afinadísima articulación. De ahí la altura del clavecinista, y el enorme reconocimiento otorgado por el público.

No le faltó tampoco reconocimiento a los violinistas principales en el conocidísimo concierto para dos violines, si bien aquí nos pareció que el director debía estar mas pendiente de cuidar a Lehmann que a Plantier, que en general proyectó un dominio de los entresijos del diálogo musical más elaborado, y un sonido más presente. También nos faltó algo de sonido en la ejecución de Marc Hantaï en el traverso, y aún diríamos que en ocasiones los violines llegaron incluso a tapar su discurso, no percibiéndose siempre la lógica dialogante del concierto como forma. No obstante, también debemos apuntar que, tratándose de un instrumento antiguo, y estando nosotros en una ubicación poco favorable, esta percepción tal vez no goce de un consenso generalizado. Lo que sí resultó consensuado en todo caso fue el reconocimiento de un público entregado con la formación, al término de un concierto de esos que se postulan como inolvidables debido al compromiso ofrecido con una interpretación idiomática de la música de Bach. Jordi Savall quiso agradecer las muestras de afecto y nos regaló, además de la mencionada Bourrée de Handel, la maravillosa Bourrée d'Avignonez, sobre la cual nos ofreció también una interesantísima lección de historia.

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