Regresa al Auditorio Nacional el Ciclo de Grandes Autores e Intérpretes de la Universidad Autónoma de Madrid, y lo hace ofreciendo ya desde su primer concierto el plato fuerte, a saber, las Sinfonías tercera y quinta de Beethoven, ambas dirigidas por el maestro Jordi Savall. Vuelve el director con su sempiterna orquesta Les Concert des Nations, pero esta vez reforzada por la formación Academia Beethoven 250, integrada por músicos brillantes, “los mejores jóvenes músicos profesionales actuales”, según la Directora del Centro Superior de Investigación y Promoción de la Música, Begoña Lolo, coautora, además, del programa de mano. Estamos de suerte los amantes de la música del genio de Bonn, pues celebramos en breve los 250 años de su nacimiento, y esto significa que lo tendremos muy presente en nuestras salas.

De entrada, ya nos hemos encontrado con estas dos obras maestras, y además desde una perspectiva tal vez poco habitual, la de la interpretación fundada en las fuentes históricas que pretende, entre otras cosas, ofrecer al oyente una versión de las partituras lo más próxima posible a las circunstancias originales de su concepción. Esto requiere, por tanto, una reducción significativa de los músicos en la orquesta y el uso de instrumentos originales, aquellos cuyas sonoridades no se han visto afectadas por los avances técnicos de los instrumentos posteriores a la época que nos interesa. Todo esto modifica el sonido al que estamos más o menos acostumbrados, y con ello también se modifica el impacto que estas grandes obras nos han producido a lo largo de la vida. Las comparaciones, pues, se antojan tan inevitables como las enconadas disputas que estas dos corrientes de interpretación de la música han suscitado, y siguen suscitando.

Jordi Savall © David Ignaszewski
Jordi Savall
© David Ignaszewski

Toda esta teoría, que el propio Jordi Savall ha explicado magistralmente en las notas al programa, ha tenido en su aplicación unas consecuencias asimismo magistrales, pues nos han permitido acercarnos a la concepción instrumental independiente que Beethoven debía sentir sobre cada instrumento. Las texturas instrumentales en la versión de Savall se perfilan claras y sobresalientes, de suerte que cada línea melódica, cada motivo o cada efecto puede ser percibido y destacado fuera de la masa sinfónica; de ahí que la limpieza haya resultado un elemento definitorio de la ejecución, pues, en general, no se han percibido los borrones que en otras versiones se producen al enmascarar todos los instrumentos en un único grueso sonoro. Por otro lado, también hay que apuntarlo, esta concepción no está exenta de riesgos, por ejemplo, que un desajuste en la marca de una entrada, una pérdida de referencia en la partitura, o una errata instrumental se perciba también con mucha más claridad que en un ataque sinfónico convencional. De todo esto hubo ocasionalmente en la tercera, más luces que sombras, desde luego, pero con demasiada presencia de errores en unas trompas que no terminaron de encontrar ni la afinación ni el equilibrio dinámico.

El asunto del tempo también merece ser tratado en este campo, pues también se ve influenciado por distintos factores que siempre deben ser revisados en las fuentes. No se trata aquí de enjuiciar las motivaciones de la elección de los tempi de este concierto, pero sí los efectos de estos, y en esta ocasión los Allegro con brio de ambas sinfonías se vieron menoscabados por un tempo más bien comedido, y por una presencia más bien anecdótica que omnipresente del necesario brío. Por su parte, la arquitectura de la Marcia fúnebre se sintió tambalearse por la elección de un tempo demasiado lento y poco majestuoso. Las dinámicas, y sus modificaciones graduadas y escalonadas, en cambio resultaron magistrales durante todo el concierto, pero particularmente brillantes en los dos últimos movimientos de la Quinta sinfonía. Quedaba ahí la sensación de que el concierto se había ido construyendo cuidadosamente, dirigiéndose hacia una exaltación afectiva que zarandeó a los oyentes durante todo el movimiento final. Así que al final pudimos apreciar no solo las estructuras instrumentales individuales ya mencionadas, sino además la tumultuosa personalidad del genial compositor.

Un concierto, como ven, muy completo, arriesgado y, en cierto modo, inolvidable, que vino a inaugurar de la mejor manera posible la edición número cuarenta y siete de este necesario Ciclo de Grandes Autores e Intérpretes.

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