Un año más el Ballet Nacional de Cuba aterriza en Madrid para su habitual encuentro con el público español. Esta agrupación de merecido prestigio fue fundada en La Habana en el año 1948 por una de las más emblemáticas bailarinas del siglo XX, y hablamos de la aún directora de la compañía cubana, la incombustible Alicia Alonso. Muchas y elogiosas críticas han sido generadas en sus innumerables representaciones allá donde el BNC baila. El celo mostrado por la excelencia dentro del estilo clásico, junto al virtuosismo de los bailarines cubanos ha sido un sello de identidad durante décadas de existencia. Sin embargo, algo ha fallado. Esta temporada, la compañía ha escogido el Cascanueces para abrir fuego. Por una parte, la primavera y los primeros signos del verano madrileño no favorecen el programa seleccionado, más típico de la Navidad por estos lares. Mientras que por otra, esta coreografía nunca ha sido una fuerte carta de presentación del BNC.

<i>El cascanueces</i> en la versión del BNC © Ballet Nacional de Cuba
El cascanueces en la versión del BNC
© Ballet Nacional de Cuba

Personalmente, todas las versiones del Cascanueces suelen aburrirme, pero amén del gusto individual, la coreografía cubana firmada por la Alonso es desabrida en extremo. Un sinnúmero de danzas y situaciones fuera de juicio y línea argumental se suceden en los dos actos en que se divide el espectáculo, sin contar con la aparición de elementos traídos de otras coreografías en una especie de intertextualidad fallida. El argumento cuenta la noche en la que una niña-joven de nombre Clara, sueña o vive una experiencia onírica junto al Cascanueces que cobra vida en el árbol navideño del salón hogareño. La elección de la joven bailarina Chanell Cabrera para este rol es acertado en cuanto a su vitalidad aniñada, pero desaconsejable por su falta de madurez para enfrentar un protagónico. Varios problemas técnicos se evidenciaron en su danza que, a pesar de todo, mostró la frescura exigida por el personaje. Su compañero de batalla, el Cascanueces Daniel Barba, sin embargo, no mostró grandes dotes para el clásico más allá de mantener una línea estilizada en todo momento. Por su parte, los pas de trois y pas de six del primer acto necesitan pulirse con trabajo en barra por parte de los ejecutantes.

© Ballet Nacional de Cuba
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Siguiendo una progresión argumental que ya definí como algo abrupta, para el final se reserva la aparición de un hada, denominada Garapiñada, que en la noche elegida recayó en los hombros de una de las grandes estrellas de la danza cubana, Viengsay Valdés. Esta extraordinaria bailarina, muchas veces seleccionada como una de las 10 mejores del mundo, marcó la diferencia con el resto de intérpretes exagerando el estilo clásico heredado de Alicia Alonso y otras grandes del BNC. Su interpretación cuidadosa no sería clasificable como brillante debido al nivel técnico al que nos ha acostumbrado, pero se agradeció entre tanto desacierto. Destacable fue la interpretación del cuerpo de baile que exhibió sincronía y delicadeza a la par que destreza, cosa que identifica una compañía establecida de quienes inician la andadura en el duro camino del ballet clásico. Para la ocasión, se contó con el acompañamiento, no siempre afortunado, de la Orquesta Sinfónica Verum y el Coro de Niños de la Capilla Real de Madrid.

Es conocido que la danza es un espectáculo que se sienta sobre los cuerpos de los bailarines y esto se traduce en una dependencia enorme de los estados físicos y anímicos. Una función no memorable no evalúa la calidad de una compañía que lleva el clásico en sus genes. Otras serán las veces en el futuro que volvamos a disfrutar del arte supremo que los cubanos muestran al bailar.

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