Ha de tratarse de un maestro de la talla de Jordi Savall para llenar una sala entera sin determinar un programa por adelantado; así ha ocurrido en este recital propuesto en forma de carta blanca por el Círculo de Bellas Artes de Madrid. No le falta al maestro ni repertorio ni experiencia para proyectar un variado recital que sea del gusto de todo el mundo, especialmente de los amantes de la música antigua, y en concreto de la viola da gamba. El músico catalán lleva décadas siendo un paladín de este instrumento, y no conviene perderse la oportunidad de acudir a sus recitales solistas. De acuerdo con el programa de mano, atesora una actividad concertística de 140 recitales al año y alrededor de 200 grabaciones de música antigua. Así que bienvenido cualquiera que sea su repertorio, que los amantes de esta música acudiremos a la cita, interesados por su demostrado buen hacer en la interpretación de estas partituras.

Cierto es que, amén de un enfoque interpretativo incontestable en la estructura y la articulación, la realidad del resultado musical se dividió en numerosas ocasiones entre unas luces y sombras que no se aprecian en las grabaciones y recitales anteriormente mencionados. En ocasiones nos dio la impresión de que el maestro no terminaba de sentirse cómodo y ágil con el instrumento, por más que destacara por la proyección de un sonido intenso y acogedor, que muchos coincidirían en definir como especial.

Jordi Savall © Fundació CIMA
Jordi Savall
© Fundació CIMA

Sin embargo, y a pesar de estos desajustes, pudimos descubrir nuevos sonidos y nombres que los melómanos pueden añadir a los grandes conocidos de la Historia de la Música, y que sólo son habituales en el terreno de la especialización instrumental. Todas las composiciones se presentaron como extraordinariamente interesantes y expresivas en sí mismas, resultando siempre más conmovedoras aquellas en las que el tempo era más pausado. En estas se mostró una ejecución mucho más intensa, limpia y envolvente, mientras que en las piezas más brillantes se vio ensombrecida por la proliferación de notas inciertas y de errores en la afinación. Este desequilibrio no fue anecdótico, desafortunadamente, de modo que no pudimos valorar una sola pieza como sobresaliente o magistral. Donde había un sonido excelente se infiltraba una afinación ineficaz, y donde la afinación se presentaba impecable había un desajuste en el proceder rítmico. Este desajuste no le afectó particularmente al Preludio de Karl Friedrich Abel, donde podría tal vez pasar por idiomático, o a la Fantasía de Monsieur de Saint Colombe, al inicio del recital; pero tampoco benefició a las piezas en forma de danzas, como la Allemanda de Bach, o la Bourré.

Hubo momentos, también, pedagógicos, para los interesados en la viola da gamba y en aquellos que compusieron para este singular instrumento. Jordi Savall pausó temporalmente el recital para ofrecer una productiva charla acerca del origen y la evolución de la viola da gamba, exponiendo incluso que se trata del instrumento que más se asemeja a la voz humana y a su declamación. Así lo demostró en la insuperable Les Voix humaines de Marin Marais, y en las piezas de Tobias Hume, de quien supimos, además, que impulsó modificaciones y provocó cambios en el instrumento y en sus posibilidades tímbricas.

Se mostró Jordi Savall mucho más eficaz en las obras de este último e interesantísimo compositor que en las anteriores, y aún pareció ir borrando la huella de las tachas precedentes aunque sin terminar de perfilar las piezas en términos de excelencia instrumental. Al concluir el concierto nos ofreció otra brillante pieza de carácter popular, cuya escritura se remontaba a los tiempos en los que los irlandeses emigraban a los Estados Unidos; esta pieza resultó festiva y desenfadada y aportó, siguiendo las palabras del maestro, “paz y energía, para que la vida sea soportable”.

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