Tres grandes clásicos, dice el programa de mano, y podríamos ponerle cuatro, pues indudablemente la pianista georgiana se ha convertido desde hace mucho en un clásico, ya no de nuestras salas, sino de nuestra memoria musical. Elisabeth Leonskaja es una de esas intérpretes que ha acompañado a los melómanos y a los estudiantes de piano desde siempre; y por eso conviene no perder la oportunidad de acudir a uno de sus frecuentes recitales. Nosotros hemos tenido la ocasión de escucharla en un programa memorable en el Teatro Fernando de Rojas del Círculo de Bellas Artes, en el marco del ciclo “Círculo de Cámara”.

Elisabeth Leonskaja durante el concierto en el Círculo de Bellas Artes de Madrid © Miguel Balbuena | Círculo de Bellas Artes
Elisabeth Leonskaja durante el concierto en el Círculo de Bellas Artes de Madrid
© Miguel Balbuena | Círculo de Bellas Artes

Abordaba la pianista un programa denso y complicado, no solo por la evidente dificultad de la escritura de sus compositores, sino además por la estructura en forma de variaciones de las obras que conformaban la primera parte. Esta forma musical siempre representa un problema para los intérpretes, porque puede producir una interpretación fraccionada de las obras y hacer que pierdan, por tanto, el carácter unitario que requieren como obras individuales. Además, Mozart y Schumann destacan entre otras cosas por sus bruscos cambios de carácter dentro de segmentos breves, y esto, si no está bien conducido, termina por despistar al oyente y hacerle perder el recorrido formal. Estos problemas están absolutamente dominados en la ejecución de Leonskaja, y por ello puede uno acercarse a un concierto de semejante densidad con la certeza de que el discurso musical es coherente y decidido, aunque, efectivamente, no se encuentre exento de numerosas notas falsas y de alguna perturbadora indecisión.

Tal vez fue la Sonata núm. 6 de Mozart la que más se sintió desnivelada por el elemento meramente mecánico y, en cierto modo, por un enfoque demasiado profundo en cuanto a la estructura y al carácter. La forma quedó inmejorablemente destacada en el contraste de todos sus elementos temáticos, facilitando sin duda la audición y la comprensión de la obra; y la técnica resultó eficaz a la hora de emular las sonoridades orquestales que parecen coexistir con las texturas pianísticas. La forma variada del tercer movimiento se sintió siempre como una unidad estructural, y el sonido –amén de algún pequeño desliz y de algunos ornamentos no del todo claros– resultó muy brillante y equilibrado. Pero echamos en falta un poco de la compostura descuidada que a veces inunda la música de Mozart, y un poco de la chispa bribona que menudea tanto en sus sonatas. Este enfoque, en cambio, resultó más apropiado en los Estudios sinfónicos de Schumann, una obra indudablemente más seria y profunda, que Leonskaja resolvió aplicando una técnica del movimiento más que eficaz para vencer todas las dificultades técnicas; y mostrando un amplísimo espectro rítmico y dinámico para individualizar cada variación. Indudablemente, la obra estaba dominada e interiorizada, pero otra vez nos dio la sensación de echar de menos un poco más de arrebato y de emoción.

Podría afirmarse que la interpretación cumbre del programa fue la Sonata núm. 21, de Schubert, una sonata que no admite un enfoque superficial o un simple despiste en su ejecución, pues se trata de casi tres cuartos de hora de intensidad emocional. No es fácil, pues, sujetar este edificio, y un despiste cualquiera, una frase mal hilada o un rubato exagerado pueden tener consecuencias en la percepción del resultado. La intérprete se mostró implacable nuevamente con la estructura de la obra y perfiló con toda claridad todos los elementos temáticos con los que el compositor se expresa en la obra: las sutilezas de la partitura de Schubert se mostraron en todo momento dominadas hasta en sus últimos rincones, pero tampoco nos pareció que la interpretación estuviera cargada de una expresividad particularmente especial que la convirtiera en memorable.

En todo caso recibió la pianista el merecido reconocimiento por un trabajo intenso, y ofreció, sin hacerse mucho de rogar, dos piezas de Schubert, de entre las cuales destacamos el Impromptu núm. 3, que lidió en todo momento entre una velocidad probablemente inapropiada y un sonido indudablemente inigualable.

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