Un recital de Lied siempre se me hace diferente a cualquier otro tipo de recital. Aunque sea el mismo cantante y el mismo pianista, el mismo teatro e incluso, el mismo piano, el repertorio puede cambiarlo todo.

El programa que preparó Anna Lucia Richter fue exquisito. Se trataba de una selección de obras que reflejaban a la perfección las múltiples naturalezas del género alemán por excelencia. En Des Knaben Wunderhorn pudimos ver cómo lo popular, lo macabro y lo cómico pertenecen a un mismo mundo sonoro y la línea que separa la vida y la muerte, al igual que en el realismo mágico hispanoamericano a veces puede ser completamente imperceptible. Bastante diferente a la elegancia del lied de Wolf. Quizás más similar a un Schubert que nos reservaron para el final, una decisión acertada, ya que es éste el más descriptivo, un lied visual, muy acorde con la actitud pizpireta de Richter que no se limitó a cantar, sino que también nos encandiló con sus delicados movimientos y la gesticulación, ofreciendo así un recital mucho más amable y cercano a la idea de Gesamtkunstwerk, eludiendo la crítica nietzscheana a la artificialidad del lied.

La mezzosoprano Anna Lucia Richter durante el recital en el Teatro de la Zarzuela © Centro Nacional de Difusión Musical (CNDM) | Rafa Martín
La mezzosoprano Anna Lucia Richter durante el recital en el Teatro de la Zarzuela
© Centro Nacional de Difusión Musical (CNDM) | Rafa Martín

Un repertorio muy adecuado también para su voz. Richter cuenta con un excelente registro medio bien vibrado, sonoro y cuidado, lo que le permitió tanto exagerar matices, como realizar juegos vocales. La voz de la mezzosoprano fue como el manantial bíblico que vierte constantemente maná y nunca se agota, lo que en términos técnicos se llama tener un buen fiato, pero había más. Cada nota tenía su valor exacto, el grado de intensidad justo para caracterizar la emoción del lied.

Si tuviera que destacar una sola cosa de la voz de Richter sería, sin duda, su flexibilidad. Una flexibilidad que se puede entender en muchos sentidos y en todos sería correcta. Por un lado podemos hablar de su capacidad para adaptarse a las diferentes emociones que las distintas obras del programa exigían transmitir, dominando tanto el dramatismo de Das irdische Leben a la despreocupación de Lob des hohen Verstandes. También sería correcto alabar su capacidad vocal. Aunque por encima de todo destacase su registro medio, por el cual supo descender y ascender con la misma naturalidad del habla, también nos mostró unos adecuados graves en, por ejemplo, Verbogenheit de Wolf. Un poco más forzados sonaron, sin embargo, los agudos de Gretchen am Spinnrade de Schubert.

Para el recital Richter contó con el adecuado acompañamiento de Ammiel Bushakevitz. Este pianista israelí que es conocido por unas ágiles y brillantes interpretaciones del repertorio instrumental de Schubert, precisamente fue en este autor en el que me pareció que menos destacó. Exceptuando el conocido acompañamiento de Gretchen am Spinnrade, que fue soberbio, faltó algo más de iniciativa que, si bien es completamente justificable en Mahler y en Wolf, donde la voz predomina claramente sobre el piano, es ésta conditio sine qua non en los lieder de Schubert, con unos acompañamientos mucho más relevantes para construir la escena del lied.

En cualquier caso este detalle no merma la impresión y el disfrute de la velada. De hecho pianista y cantante se compenetraron bien y supieron mostrar, especialmente en las propinas (Wie lange schon de Wolf y An den Mond de Schubert) una agradable complicidad. Pequeñas cosas, quizás no tan pequeñas, que hacen diferentes estos recitales, o este género.

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