"Segundas partes nunca fueron buenas", eso dijo el gran Cervantes cuando escribió la secuela de Don Quijote… y se equivocó. Todo parece indicar que aquello que involucre al caballero de la triste figura sigue esta tradición. Con la expectación de un reestreno, el Teatro de la Zarzuela vuelve a programar a la Compañía Nacional de Danza y su Don Quijote. La misma coreografía que el año pasado entronaba a José Carlos Martínez, volvió para someterse a los rigores de la crítica y el gran público… puedo adelantar que no defraudó.

La pareja protagonista de <i>Don Quijote</i> Alessandro Riga y Alina Cojocaru © Carlos Quezada
La pareja protagonista de Don Quijote Alessandro Riga y Alina Cojocaru
© Carlos Quezada

Para la ocasión, el coreógrafo y director ha mezclado bailarines "propios" con estrellas invitadas, y la elección no ha desmerecido. En el caso de la función que presenció quien escribe, los protagonistas de la noche cayeron en los hombros de Alessandro Riga y la incombustible Alina Cojocaru quien, desde el English National Ballet, ha venido para emocionar al público madrileño. Su baile es preciso pero su lírica es mejor, logrando transmitir la jovialidad de esa manchega que quiere volar. A su lado, Riga se alza con la talla justa de una técnica depurada y la gallardía natural a la que nos tiene acostumbrados. Ambos ejecutaron un "pas de deux" técnicamente lucido, a pesar de algunos detalles como las "cargadas" que Alessandro Riga debe trabajar más. Sin embargo, algo esencial se vio en escena, la comunicación entre los enamorados. No hablo de sincronía ni detalles en la actuación, sino de ese "algo" que distingue la pasión de la rutina. Ese "ángel" estuvo presente en la Quiteria y su Basilio. "Ángel" que se mostró con demasiadas intermitencias en la otra pareja de la noche, Aída Badía (Mercedes) y Esteban Berlanga (Espada). En el caso de Badía, sorprende que esta bailarina, otras veces perfecta, no haya tenido una noche plenamente brillante. Demasiadas imprecisiones que la gracia innata no lograron solventar. Berlanga, por su parte, tiene algo de camino por recorrer para llegar a ser un primer Espada.

Ya en el segundo acto, cuando los gitanos y Dulcinea se mezclan entre la realidad y la fantasía, Ángel García Molinero (Jefe de gitanos) no escatimó esfuerzos para robar todo el protagonismo con ejecuciones fluidas y de raza que merecieron aplausos sostenidos. Una vez más el público, entendido o neófito, agradece la reinterpretación realizada en este acto del siempre aburrido y tedioso pasaje onírico que en la visión de Martínez se torna ágil y conciso. Para cerrar, el tercer acto volvió a subir la temperatura del teatro. El "pas de deux" definitivo cumplió el cometido de emocionar y, aunque hubo ausencia de peripecias técnicas, la lírica se volvió protagonista. Nuevamente vimos a dos enamorados bailando el triunfo de su amor, algo más difícil de avistar que pirouettes intercalados en los fouettes. Tal y como dije el año pasado, José Carlos Martínez y su CND con esta coreografía que ya camina sola, nos ha dado El Quijote más español.