Avanza septiembre y las agendas de los amantes de la música se llenan con las inauguraciones de temporada. Todos desean un comienzo con mayúsculas, digno de la atención de los medios y que además llene de emoción y expectativas el corazón de unos abonados bien ataviados para la ocasión. Ibermúsica, en su primer concierto del nuevo curso musical, ha apostado por tres grandes composiciones sinfónicas, atractivas y populares. Una premier de prometedoras dimensiones por programa y por protagonistas: la London Symphony Orchestra y su carismático director principal invitado, Gianandrea Noseda.

La London Symphony Orchestra © Ranald Mackechnie
La London Symphony Orchestra
© Ranald Mackechnie
El evento inaugural comenzó con la obertura de Los maestros cantores de Núremberg, un auténtico festival de vitalidad y entusiasmo. Los primeros acordes ya revelaron cuál iba a ser la lectura de Noseda para esta pieza y, en cierta medida, para toda la velada: una apuesta de máximos. Sin una estrategia evidente en el balance entre las secciones instrumentales, la ejecución recordó inicialmente a una carrera por ver quien suena más alto, un comienzo que situó a la audiencia entre la alerta y el sobresalto. Por si esto fuera poco, el director apostó por un fraseo exuberante, acentuado hasta rozar lo exagerado. El resultado fue un sonido no muy fluido, ni especialmente limpio, una lectura en clave armónica, en la que el devenir melódico quedó definitivamente arrinconado. Según avanzó la obra y una vez superada la sorpresa inicial, se pudo comprobar un trabajo más minucioso del que pudiera pensarse, sutilezas en los reguladores dentro de la sección de cuerdas, detalles de los metales que daban medida a lo aparentemente desmedido, y una interpretación que, en todo caso, consiguió alcanzar muy buenos niveles de empatía y emoción. No fue una buena noche para los wagnerianos que buscaran catalogar las melodías de los motivos conductores de la composición, pero sí para los que quisieran disfrutar de brillantes colores armónicos en una pieza que parece admitir bien nuevas miradas.

Tras esa explosión sonora le llegó el turno una obra situada en las antípodas del panorama sinfónico, La Mer, de Debussy. Composición impresionista, de naturaleza pictórica, eminentemente descriptiva, de carácter sinuoso, en la que el corazón de la música se encuentra en lo periférico, en los sonidos desnudos, en unos detalles evanescentes que se pierden inevitablemente según se van desarrollando. En línea con el resto de la noche, Noseda hizo una interpretación con la testosterona subida, una marina de gran formato más que un retrato del detalle de la espuma de las olas. Hubo aquí más oportunidad de lucimiento para los músicos de la London Symphony Orchestra en solitario y pudimos comprobar la inmensa calidad de cada uno de ellos, hipnóticos y arrebatadores en cada intervención, aunque a la vez nos asaltara la sospecha de que a Noseda los solistas le suenan mejor que los conjuntos, algo que a un director sinfónico debería provocarle algunas reflexiones.

Gianandrea Noseda © Steve J. Sherman
Gianandrea Noseda
© Steve J. Sherman

El plato fuerte de la noche llegó con Shostakovich y su Quinta, su obra de redención. Observamos más pulcritud en la ejecución, más atención a los balances tímbricos de la partitura. En todo caso, el director no cambió de enfoque y, en los primeros movimientos, situó lo épico por encima de cualquier otro aspecto de la obra, en detrimento de lo folclórico y lo grotesco. En el tercer movimiento, ese conmovedor Largo de reminiscencias malherianas jugó con la aparente contradicción de que los pianissimi pueden también rozar lo excesivo. El sonido de las cuerdas se llevó hasta la frontera de lo inaudible sin que por ello se perdiera la necesaria tensión, más bien al contrario, creando uno de esos preciosos momentos en los que en la sala reina un silencio incontestable y el tiempo parece expandirse al infinito.

En el movimiento final, pletórico, volvió la gloria y el exceso. Y entonces llegó la coda, objeto de multitud de discusiones entre los expertos: rápida y triunfal, o retardada y siniestra. Noseda optó por una solución intermedia en cuanto a los tiempos, y por una sección de cuerdas que pasó de acompañante a protagonista, machaconamente omnipresente. Así construyó un final forzadamente feliz, una mezcla de regocijo y desasosiego, subrayando apropiadamente el aspecto opresor de una obra que, inevitablemente, necesita exponer su dimensión política.

"Hiperinterpretado" o "¿No les dolerán los oídos?" eran alguno de los comentarios que se escuchaban entre los más expertos del siempre entendido público de los ciclos de Ibermúsica, tras una noche en la que definitivamente reinaron los decibelios, pero donde hubo algo más: la confirmación de que también en el desenfreno puede haber cierto cuidado y reflexión.

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