“Esta música viene de otro mundo, esta música viene de la eternidad”. Así se refería Karajan a la Sinfonía núm. 9 en re mayor de Mahler, aludiendo al carácter atemporal y ‘extraterrestre’ de este monumento mahleriano. Consciente de ello, Esa-Pekka Salonen nos propuso una lectura equilibrada y al mismo tiempo revolucionaria de la última sinfonía completa del compositor austriaco. Salonen, él mismo compositor destacado, ofreció una interpretación impecable, pero de claro sesgo contemporáneo. Propuso un Mahler que deja huella no solamente en la generación inmediatamente sucesiva, sino en un periodo mucho más cercano a nosotros.

Esa-Pekka Salonen al frente de la Philharmonia Orchestra © Rafa Martín
Esa-Pekka Salonen al frente de la Philharmonia Orchestra
© Rafa Martín

Salonen comenzó de manera gentil, con una cuerda sólida, bien templada, exponiendo el material sin prisas; las incorporaciones de los demás instrumentos fueron progresivas, con un sonido que se iba empastando paulatinamente. La vía hacia la comprensión se nos abre poco a poco, nos exige paciencia. Y Salonen la toma y articula en un enorme fraseo en el que prima un retorno a lo originario; todo sobresalto es medido, no hay brusquedades ni transiciones abruptas. Pero no por ello es una lectura plana. Todo lo contrario, el fraseo es elegante y bien encadenado y la suavidad de los contrastes nos permite apreciar muchos más matices: no se desperdicia una sola nota; no se descuida ningún detalle.

El segundo movimiento es un momento arquetípico en las sinfonías de Mahler: un movimiento de danza que es sometido al vértigo transfigurador del compositor. Pero en esta obra, el gesto de Mahler es llevado al extremo, no solamente en el carácter grotesco, frecuente en estas piezas, sino también en el uso de recursos musicales puestos a la obra. Y es sobre este elemento que insiste Esa-Pekka Salonen: con un gesto más desenfadado que en el movimiento anterior, su batuta se balancea en el entramado de motivos rítmicos, de fracciones melódicas que rebotan entre las partes y un fraseo magistral que nos devuelve una pieza que no se reconoce en ese espejo que la denomina irónicamente como un Im Tempo eienes gemächlichen Ländlers (A tiempo de un sosegado Länder). Si esta sinfonía es la despedida de Mahler, su adiós al ambiente bucólico parece ser nada más que una burla.

El Rondo-Burleske prosigue por el camino del movimiento anterior, alternando los temas más líricos con un uso riguroso del contrapunto que recogen todos los materiales precedentes y abren al tramo final de la obra. Y aquí Salonen lleva a cabo un trabajo minucioso, poniendo en evidencia todos los nexos que hacen que la estructura de la obra sea particularmente compacta. Además que la escritura contrapuntística de este movimiento permitió intervenciones solistas de excelente nivel. La Philharmonia Orchestra resulta extraordinaria tanto en el sonido global, con una amalgama bien compenetrada y al mismo flexible, como en cada una de sus secciones.

Esa-Pekka Salonen y la Philharmonia Orchestra en el Auditorio Nacional © Rafa Martín
Esa-Pekka Salonen y la Philharmonia Orchestra en el Auditorio Nacional
© Rafa Martín

Todo lo anterior llevó a aumentar la expectativa con respecto al Adagio final: la pieza retoma el discurso del primer movimiento, pero si, al comienzo, Salonen nos fue preparando con parsimonia, ahora ya estamos listos para sumergirnos en el abismo mahleriano. Lejos de las exasperaciones y del excesivo dramatismo, Salonen fue riguroso pero también mostró una clara orientación. Para el director finlandés, es la puerta de acceso a la contemporaneidad, pero no (o no solamente) para la que tradicionalmente se pone en continuidad con el propio Mahler, esto es, la Escuela de Viena, sino que alude a una dimensión estética incluso más reciente. Más allá de la preparación a la quiebra de la armonía clásica, hay en este Mahler un giro estético hacia un resultado minimalista (no obstante la abundancia de medios), hacia una imagen ataráxica que se aleja de las minucias de este mundo. En esta interpretación, el Salonen director y el Salonen compositor comparten un mismo lugar. Es un Adagio límpido, desencantado en la medida en que ha dado el paso decisivo para convertirse en música de otro mundo, o de otro tiempo. Así, en los últimos compases, el compositor expira y se convierte en misterio.

No cabe duda de que fue una interpretación magistral, aunque poco canónica, justamente por el sesgo que Salonen le dio. Por un lado, las cualidades de la orquesta son indiscutibles; funcionan todo los engranajes y el control es absoluto, sin fisuras. Por otro lado, vimos que, cancelada toda traza de romanticismo y proyectando el material hacia un paradigma más minimalista, la Philarmonia y su director propusieron un Mahler que se mira a sí mismo a través de nosotros, un Mahler que recupera la consciencia de su transcendencia epocal en un condensado de tiempo de todos los tiempos.

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